Moral Cristiana Especial: IV parte:EL AMOR A DIOS.

Moral Cristiana Especial: IV parte:EL AMOR A DIOS.

IV. EL AMOR A DIOS.

Observaciones preliminares.

El amor a Dios es el centro de la vida moral cristiana, pues con él el hombre responde de modo verdadero y propio al llamado de Dios. Es imposible comprender totalmente con la inteligencia el amor de Dios al hombre.

1. Sagrada Escritura.

A. Antiguo Testamento.

1. Respuesta al amor de Dios.

El amor del pueblo de la alianza es la respuesta al amor inmerecido y misericordioso de Dios. El amor es el fundamento mismo de la alianza.

2. Totalidad: Es un amor que abarca a todo el hombre, total en intensidad y extensión. Amar a Dios con todo el corazón, toda el alma, toda la mente, todas las fuerzas.

3. Analogía con el amor conyugal en los profetas.

4. Amor «colectivo», pero cuya dimensión individual se va haciendo progresivamente más clara.

B. Nuevo Testamento.

1. Sinópticos.

En Cristo, la autorevelación del amor de Dios llega a su plenitud. Dios ama a todos los hombres, también a los pecadores, con amor misericorsioso y condescendiente. El hombre está llamado a corresponder con un amor radical y total, libre de todo obstáculo.

2. San Pablo.

Pablo ha experimentado personalmente de modo particular el amor de Dios por los pecadores. Pone en el amor un marcado acento soteriológico: ve el amor de Dios al hombre y la respuesta del hombre a la luz de la obra redentora realizada por Cristo.

Dios es la fuente de todo amor y lo comunica por medio del Espíritu Santo. En la respuesta del hombre ocupan un lugar importante la fe y el amor al prójimo.

3. San Juan.

Punto culminante de la revelación neotestamentaria sobre el amor de Dios, que es tratado de manera temática, amplia y profundamente.

Dios es amor (1 Jn 4,8.16): de él parte toda iniciativa en la corriente del amor. El Padre ama al Hijo y el Hijo al Padre, y el hombre está llamado a participar, en Cristo, de este dinamismo de amor.

En Cristo se manifiesta el amor radical de Dios a los hombres; el amor del hombre a Dios no es sino una respuesta al mismo. Este amor del hombre a Dios debe permear toda la vida, y manifestarse en el cumplimiento de los mandamientos, sobre todo en el del amor al prójimo.

2. Reflexión teológica.

A. La cáritas revelada y el amor según la experiencia humana.

La palabra de Dios nos llega en lenguaje humano, pero supera dicho lenguaje dándole un nuevo contenido. Para referirse al amor de Dios, los escritores del N.T. prefieren el término agapan para subrayar que es diferente del amor humano, generalmente expresado con los términos eran y philein.

Hay que tener presente que el amor es una realidad análoga, ya en sus múltiples formas como amor humano, y más aún en relación con el amor divino. Por ello antes de una definición se hace necesaria un análisis fenomenológico.

1. Amor espiritual y amor sensible.

Amor espiritual (rationalis) es aquel en el que el hombre amante se vuelve con su voluntad a un objeto conocido.

Amor sensible (sensitivus) es aquel en el que el hombre amante se vuelve hacia el objeto con sus tendencias directamente relacionadas a los sentidos y a lo que complace a los mismos.

Amor natural (naturalis) se llama a la tendencia que orienta a las cosas inanimadas hacia aquello que corresponde a su naturaleza. También se llama así la tendencia inmanente hacia el propio fin.

El amor del hombre a Dios es la forma más alta de amor espiritual, pero no excluye el amor sensible. Aunque también existe la vía del amor a Dios a través de la oscuridad de la fe.

2. Eros, Philia, Agape.

Los griegos dividieron el amor humano en eros (amor sensible pasional, que tiende al disfrute de la creatura) y philia (amor altruísta espiritual).

El agape o caritas representa algo nuevo. Tiene su origen en Dios Trino y hacia el se vuelve como correspondencia a su amor. Se distingue de la philia sobre todo por su carácter sobrenatural.

Aunque son distintas formas de amor, no son opuestas, sino que están ordenadas la una a la otra en modos diversos. Más aún, se presuponen. La gracia no elimina la naturaleza sino que la perfecciona; el agape purifica, eleva y ordena el eros y la philia, las forma y vivifica. El modo como estas tres formas del amor se penetran mutuamente depende de la vocación de cada individuo.

3. Amor de concupiscencia y amor de benevolencia.

Según su objeto y el modo en que es deseado, el amor se subdivide en amor orientado al yo (de concupiscencia) y amor desinteresado y orientado al otro (amor de benevolencia). En el primer caso se ama algo porque procura felicidad. En el segundo caso, el que ama se da al amado, que es en sí mismo el verdadero objeto de su aspiración: busca su afirmación y su bien, quedando en el propio bien en segundo término. Cuando el amor de benevolencia es recíproco se llama «amor amicitiae».

Hay que evitar simplificaciones que lleven a concepciones erróneas del amor y a considerar malo todo amor de concupiscencia, incluso la lícita aspiración a la propia perfección.

El amor de benevolencia, como todo amor genuino, es una respuesta al bien que se presenta. Su forma más alta es el amor sobrenatural a Dios, suma bondad y santidad.

El amor de concupiscencia es también respuesta a un valor (no la simple satisfacción de una necesidad). Se busca el objeto como fuente de alegría, y no como puro medio de satisfacción.

No se oponen de modo inconciliable el amor de concupiscencia y el amor de benevolencia. El primero es parte del auténtico desarrollo del segundo, pues quien ama a alguien en sí mismo se alegra él por el bien del ser amado. Un amor frío, privado de calor y de gozo, no es un amor pleno y total. Pero conviene subrayar que la coexistencia de ambos tipos de amor sólo es genuina y posible cuando la persona amada es el tema principal de la dilección  y la felicidad que deriva para el amante es el tema secundario.

También en el amor a Dios coexisten ambos tipos de amor. A Dios corresponde el amor más desinteresado y absoluto, porque es la plenitud de toda bondad y todo valor, infinitamente amable en sí mismo. Pero la felicidad que deriva de la unión con Dios y el deseo de la plena comunión beatificante, forman parte de la totalidad del amor a Dios.

La Iglesia ha condenado a Fenelón (s.XVII), según el cual el cristiano debe buscar un estado habitual de amor totalmente desinteresado a Dios, rechazando toda aspiración a la propia felicidad y a la unión con El.

4. El amor a Dios como amistad.

Santo Tomás explica el amor a Dios como amor de amistad, significando con este término todo tipo de amor de benevolencia recíproco (esponsal, padre-hijo…). Hay en el amor a Dios rasgos análogos a los de estas formas de amor humano: la totalidad y exclusividad del amor esponsal, la gratuidad del amor filial, la comunión de destino y fidelidad de la amistad humana, etc.

B. Dios como objeto del amor a Dios.

1. Dios es el «super-objeto» del amor. No es un objeto de amor más entre los otros, sino el Bien Absoluto, del que participan todos los demás bienes. Dios da a todos los valores su auténtico sentido. Por ello sólo se ama auténticamente y en sí mismo un bien cuando se ama a la luz de Dios, respetando la dignidad según la cual ha sido creado.

2. El amor a Dios es pues la premisa y la base de todo otro amor ordenado, y todo amor ordenado incluye al menos implícitamente el amor a Dios. Siempre que un hombre ama ordenadamente un valor, está amando implícitamente a Dios. Sin embargo, en la medida en que se reconoce a Dios como fuente de todo valor, se le ha de amar también con un amor explícito, total, consciente, adorante.

3. El amor sobrenatural a Dios es posible tanto en quien le conoce explícitamente por la revelación como en quien sólo le conoce de modo implícito en el valor absoluto.

4. Dios amado «en sí mismo»: El amor a Dios es más perfecto mientras más se le ama por ser bondad absoluta y no tanto por ser bienhechor del hombre.

5. Dios es el objeto primero de la «caritas» (obiectum primarium).

Aunque el amor sobrenatural es uno en cuanto proviene de Dios, no se pueden identificar totalmente el amor de Dios y el amor al prójimo. El amor a Dios está en primer lugar (Mt 22, 37-39), tanto en dignidad (Dios, como objeto del amor, supera infinitamente al prójimo), en influjo (el amor al prójimo depende más del amor a Dios que éste del primero), y en la frecuencia de los actos.

6. Dependencia del amor a Dios del amor al prójimo:

Según algunos teólogos (Robinson) sólo se puede amar a Dios implícitamente en el amor al prójimo. Pasa por alto que Dios se ha revelado también como un tú divino personal que busca el diálogo directo y de amor con el hombre.

Para Rahner el acto de amor explícito a Dios tiene prioridad por la dignidad de su objeto, pero no desde el punto de vista existencial: se acerca más a Dios quien lo ama implícitamente en el prójimo que quien busca amarlo explícitamente. Pasa por alto que, segú se desarrolla la vida espiritual, es el amor a Dios lo que motiva la mayor entrega al prójimo.

C. Las propiedades del amor.

1. Sobrenatural.

En el orden salvífico, el amor a Dios y al prójimo debe ser sobrenatural (superar las posibilidades naturales de amor del hombre). Sobrenatural en su origen porque sólo es posible si el hombre es insertado en la corriente del amor intratrinitario y sobrenatural por el principio inmediato del que emana, que es el hombre justificado y elevado sobrenaturalmente, hasta el punto de identificarse este amor con la santificación.

Todo acto de amor a Dios es salvífico, y por ende sobrenatural. También se incluyen en esta categoría los actos de quien no conoce categorialmente el Evangelio, y los actos imperfectos que tienden a producir actos perfectos.

Los protestantes no admiten un «habitus» sobrenatural de la caritas, pues consideran que esto humanizaría el amor quitándole su carácter sobrenatural y personal. No toman en cuenta que el amor de Dios penetra, eleva y vivifica al hombre sobrenaturalmente haciéndolo capaz de cumplir un acto sobrenatural.

2. Es el amor más grande.

Dios es amado «sobre todo» porque es la plenitud absoluta de valor, y todos los demás valores no so sino un reflejo y participación de Dios. Amar una creatura en lugar de Dios, contrariamente a su voluntad, es matar el amor a Dios.

Este amor sobre todas las cosas se da en el nivel superior de la inteligencia iluminada por la fe, la voluntad y el afecto espiritual (amor Dei appretiative o secundum aestimationem). No se da necesariamente en el nivel del sentimiento, pues Dios no es objeto de la experiencia sensible.

3. Interioridad y eficacia del amor a Dios.

El amor a Dios debe proceder del interior del hombre, de su corazón, y no quedarse en manifestaciones y actos exteriores. A la vez, mientras más intenso es el amor íntimo a Dios, más influye en la entera vida del hombre.

4. Fidelidad, tendencia constante al crecimiento, necesidad para la salvación.

3. Frutos o efectos del amor a Dios (y al prójimo).

Dichos frutos son a la vez «componentes» del amor.

1. Alegría como complacencia por la persona amada, por sus valores y bondad. La santidad y bondad de Dios se conocen por la fe; la alegría de su amor es alegría espiritual, aunque también puede ser sensible, por las manifestaciones visibles de su amor. A la vez se da la tisteza ante los obstáculos que impiden una mayor comunión con Dios.

2. La unión, pues el amor reclama y procura la presencia del amado y la comunión con él. En el amor al prójimo son distintas la unión real y física y la unión afectiva. En el amor a Dios se identifican, pues la «caritas» va unida a la gracia santificante, a través de la cual Dios habita en el hombre.

3. Salida de sí (éxtasis) y liquefacción del corazón (liquefactio).

El éxtasis es signo característico del amor genuino, pues consiste en un salir de los límites del propio yo, en darse totalmente al amado y vivir sólo para él. Sólo en la donación de sí el hombre desarrolla plenamente su propio yo, pues actúa según sus fuerzas más nobles e íntimas.

El verdadero amor hace que el hombre se abra más a todos los valores, se deshace toda dureza o frialdad de corazón.

4. Celo, que consiste en procurar todo lo que promueve el bien del amado y alejar de él cuanto pudiera dañarle. Del amor egoísta derivan los celos o el fanatismo. Del amor sincero la preocupación constante por la felicidad del amado. Quien ama a Dios detesta el pecado y procura la unión propia y de los demás con él.

5. La paz, pues el deseo se orienta hacia un solo fin, lo cual da como resultado el orden y la satisfacción, si bien es una paz que se mantiene a base de lucha contra las tendencias contrarias.

4. El amor a Dios como mandamiento.

1. Para la experiencia humana, un amor «mandado», obligado, no es real. Esto vale para el amor sensible, involuntario. Pero el amor sobrenatural surge no del impulso de la pasión sino de las fuerzas espirituales, depende de la libertad y de la voluntad y puede en consecuencia ser objeto de un mandamiento.

2. Conviene sin embargo recordar que el amor a Dios es ante todo un don de la gracia, y después un mandamiento.

3. Del mandamiento del amor a Dios depende la salvación. La salvación consiste en la comunión con él, y sólo quien no lo ama se aleja de él y pierde esa comunión.

4. Este mandamiento es especial y, por su naturaleza, distinto de los demás: el mandamiento del amor a Dios no puede cumplirse en su sentido verdadero y propio en esta vida, mientras que los otros sí.

5. El crecimiento en el amor o la aspiración a la perfección como parte constitutiva del mandamiento del amor: Dios es infinitamente amable; quien le ama nunca llega a una meta, siempre puede amarle más. Por ello siempre debe tender hacia un amor más grande, hacia el perfeccionamiento de su amor. Dicho perfeccionamiento consiste en el distanciamiento del pecado, la escucha de la palabra de Dios, la recepción frecuente de los sacramentos, la oración, la caridad hacia el prójimo, etc. Preferir lo más perfecto a lo bueno.

6. Frecuencia de los actos conscientes de amor a Dios: Esto depende en parte de las inspiraciones del Espíritu Santo a cada in- dividuo. Sin embargo hay en la vida momentos y circunstancias decisivos que exigen que el hombre se vuelva a Dios de modo explícito (al final de la vida, el arrepentimiento del pecado…).

5. El amor a Dios y al prójimo como centro de la moralidad cristiana.

1. La Escritura: el amor a Dios y al prójimo constituye el núcleo de la vida moral. En la Antigua Alianza el compromiso del Pueblo elegido era ante todo un compromiso de amar a Dios, y los mandamientos no eran sino concretizaciones de ese amor.

Para Jesucristo, toda la ley y los profetas se resumen en el mandamiento del amor. También para Pablo el amor es la plenitud y el cumplimiento de la ley (Rm 13).

2. «Superactualidad del amor»: Según la filosofía, todo amor real y profundo está por encima de los actos particulares: es un «continuum» vital siempre presente, que orienta toda la vida y los actos concretos; no siempre es explícito, pero es algo consciente (no puede reducirse al subconsciente).

3. El primado de dignidad de la caridad:

El amor sobrenatural tiene un primado de dignidad sobre el amor humano:

– por su calidad moral: se trata de la más alta de las virtudes.

– por su objeto: es el más alto de todos, que posee todos los valores en perfección y plenitud.

4. Influjo de la caridad en la vida moral.

La caridad no sólo es superior a las otras virtudes, sino que las determina. Hay varias opiniones sobre el modo como influye en la vida moral:

– Según una teoría, la caridad actúa como causa eficiente y final de los actos de otras virtudes. El hombre que ama a Dios actúa por amor a él. Este amor lo mueve a hacer el bien. El amor no da la bondad objetiva al acto, pero sí le da una nueva cualidad moral desde el punto de vista subjetivo.

– Según otra teoría, la cariadad es la causa formal de las otras virtudes. El amor a Dios constituye objetivamente la cualidad moral buena de toda virtud y de todo acto virtuoso. Toda virtud, en cuanto dice relación al prójimo, es concretización del amor a él, y el amor al prójimo depende del amor a Dios, fuente de toda plenitud y de todo valor que se refleja en el prójimo.

5. Relación entre el amor a Dios y las otras virtudes.

Cuando el amor de Dios crece, crece también su influjo en las otras virtudes, y éstas se perfeccionan. Si amor, las virtudes quedan «informes», sin alma.

6. Indicaciones prácticas para actuar el primado del amor en la vida moral.

La frecuencia de los actos conscientes de donación a Dios aumenta el influjo del amor en la vida del hombre. Se requiere también un examen frecuente de las propias motivaciones, una purificación de las intenciones dobles o torcidas, oración, etc.

6. Pecados contra el amor a Dios.

Es distinto de la «falta de amor», que existe en todo pecado mortal. Se trata de una verdadera aversión y rechazo de Dios, que presupone un reconocimiento de Dios. No se puede hablar de odio contra Dios cuando se tiene una imagen equivocada de Dios (Dios tirano o indiferente…).

Existen dos tipos de odio contra Dios:

Odio de aversión (odium abominationis): el hombre aborrece y rechaza a Dios porque le hace ver el mal de su pecado y obstaculiza su falsa felicidad. Contrario al amor concupiscentiae.

Odio de enemistad (odium inimicitiae):  el hombre aborrece a Dios por ser Dios, por ser superior a él; odio demoniaco, es el pecado más grave de todos.

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