DIFICULTAD EN LA COMPRENSIÓN DEL KERYGMA:CARD. CARLO M. MARTINI

DIFICULTAD EN LA COMPRENSIÓN DEL KERYGMA:CARD. CARLO M. MARTINI

DIFICULTAD EN LA COMPRENSIÓN DEL KERYGMA

CARD. CARLO M. MARTINI

EL CAMINO A EMAÚS (Lc 24, 13-35)

Para profundizar este tema examinaremos, trozo por trozo, el episodio de Emaús según algunos puntos sucesivos.

Ante todo dirigiremos la mirada hacia estos dos dis­cípulos: quiénes son, qué representan, qué experien­cia viven los dos que se alejan por el camino de Emaús.

Luego la dirigiremos hacia Jesús: qué hace Jesús respecto de ellos, cómo obra.

En un tercer momento nos preguntaremos cómo reaccionan los dos, cuál es su reacción al acercarse Je­sús.

Finalmente, en un cuarto momento, qué propone Jesús y cuál es el resultado de la propuesta. Toda pa­labra tiene un profundo significado, porque tiene tras de sí una experiencia de conversión y de acogida del kerygma por parte de la primitiva comunidad, expe­riencia que valdría la pena ponderar aún en su expre­sión filológica. Son esos casos en los cuales las pala­bras no son piedras, sino diamantes que tienen que ser brillados de modo que puedan realizar su obra ilu­minadora.

La crisis del evangelizador

Examinemos estos momentos sucesivos.

1- ¿Quiénes son los dos? «Aquel mismo día dos de ellos (por ahora no se dice el nombre) se dirigían a una aldea distante de Jerusalén sesenta estadios, lla­mada Emaús». Son, pues, dos de ellos, dos ex autón -nos dice el griego—, dos del grupo de los «privile­giados»; no son dos discípulos ocasionales: son aque­llos que llamaríamos propiamente de los «nuestros», es decir, de la gente que hemos cultivado, que hemos seguido, sobre la que hemos puesto algunas espéran­os, dos «super-cultivados» de la comunidad primiti­va. Y se van —como se verá luego— en un momento de crisis, de disgusto: pero qué estamos haciendo, qué esperamos todavía, fuimos unos ilusos, no sucede na­da, ya las palabras no nos bastan y los hechos no se ven. . . Están viviendo aquel momento de crisis que es una de las pruebas normales del evangelizador, y lo viven de una manera algo ejemplar para toda la comu­nidad; lo viven sin renegar de nada, sino yéndose por cuenta propia, a hacer algo más concreto, más inme­diato, a quehaceres tal vez cotidianos, como cultivar al campo, visitar amigos; en fin, a hacer algo que dé satisfacción. Lo que esperaban del kerygma es ya de­masiado vago y confuso. El texto especifica todavía mejor: «Conversaban de todo lo que había aconteci­do» (24, 14) y «discutían entre sí» (v. 15); más ade­lante «se detuvieron entristecidos» (v. 17).

Entonces, ¿cómo vemos estas personas? Son per­sonas a quienes la renuncia al kerygma no les ha cau­sado ninguna alegría, no se consolaron diciendo: pues bien, fue una experiencia que terminó mal. No, la experiencia es todavía amarga dentro de ellos; entonces discuten, litigan para entender de quién es la culpa, para reprocharse una cierta imprudencia. Como suce­de todas las veces que las cosas no salen bien y se busca a los culpables, se señala a quien se ha equivocado, porque quiere desahogarse el sentido de amargura y de descontento.

Aquel verbo syzetéin —discutían— vuelve todavía en Hechos 15, 7.10 en donde se habla de las discusiones violentas en la comunidad primitiva a propósito de la circuncisión. Se ve que aun entre ellos, aunque habían resuelto ir juntos, aun teniendo una cierta amistad, había sucedido algo que los había perturba­do y sobre lo cual no lograban ponerse de acuerdo y encontrar paz. Podríamos pensar nosotros en todas las veces en las cuales nosotros —que hemos puesto en la evangelización mucho de nosotros mismos, y en el fondo nos hemos jugado toda la vida sobre es­to— quedamos perturbados por algo que no sale bien y, aunque tal vez tratemos de pasar por encima y no pensar en ello, en realidad conservamos en el corazón amarguras y acusaciones porque nos sentimos heridos en los compromisos en los que más creíamos.

Ciertamente nos honra, como sacerdotes, el ser vulnerables a este sufrimiento. Quiere decir que en realidad hemos dado nuestras vidas al servicio del Se­ñor, de la Iglesia, de la evangelización: si fuéramos inconscientes o indiferentes, nos consolaríamos pron­to y, entonces, querría decir que no nos importaba mucho.

La falta de realización de lo que nos habíamos pro­puesto, las desilusiones respecto de lo que nos había­mos esperado, hace mal y nos crean situaciones de tristeza, discusión, tal vez mutuas acusaciones y las va­rias formas de división que se siguen. Pero todas estas cosas denotan que el anuncio evangélico en vez de darnos paz a nosotros mismos, nos causa turbación, fatiga, incomodidad; esto debe suscitar nuevas pre­guntas.

2- Segundo momento de la acción. ¿Qué hace Je­sús? Aquí verdaderamente comenzamos a conocer mejor al Señor que es el Evangelio, es el evangelizados

¿Cuál es la táctica de Jesús? Leamos atentamente: «Jesús se les acercó y caminaba con ellos». Es potente el simbolismo de estas brevísimas anotaciones. Mien­tras ellos se encontraban en situación de confusión y de amargura, Jesús se acerca; por tanto es él quien, como evangelizador, toma la iniciativa de salvación. Una vez más está en él Yavé misericordioso que se acerca al hombre desconcertado, al evangelizador per­dí rbado y que tiene necesidad, él mismo, de ser evangelizado. «Jesús se acerca y se pone a caminar ron ellos».

La anotación es maravillosa: se pone a caminar con dios por un buen rato sin decir nada. Así les hace la i ompañía, se hace aceptar como misterioso compañe-io de viaje, discreto, no invadiente, que no los obliga .1 bajar el tono, a hablar en voz baja. Siguen hablando porque Jesús parece amigable y, casi naturalmente, lo mlioducen en la conversación.

I’ero a un cierto punto Jesús hace una pregunta: ‘¿Qué conversación es la que llevan en el camino?», llulm-ra podido intervenir partiendo de la gloria de Dios, describiendo la gloria de Dios venido entre los hombres, y de esa manera iluminarlos en un instante y curarlos.

En cambio, el método es otro: es el método protrosivo del estímulo, de la pregunta, de hacer salir a flote el problema gradualmente. He aquí a Jesús, sa­no pedagogo, evangelizador, que ayuda a los dos a ayudarse; no los turba con su intuición profética, diciéndoles que estaban equivocados, sino más bien obra de manera que ellos mismos pongan en claro lo que tienen dentro, que tomen conciencia de lo que están haciendo y viviendo, que desaten los nudos interiores            objetivándolos.

Jesús hace la pregunta justa; a menudo sucede, en estos casos, que uno precipita la situación tal vez iluulo tratando de distraer, cambiando argumentos. Pero haciendo así, a menudo se cierra el discurso y, si algunas veces puede salir bien por la trivialidad del argumento, otras veces es ciertamente equivocado. En nuestro caso Jesús comprende que el argumento es profundo y les pregunta sea sobre el objeto de la con­versación, sea sobre su estado de ánimo: «¿por qué están tristes?», o —según otras traducciones— «se de­tuvieron tristes». La palabra produce inmediatamente el emerger de la situación de fondo que es la tristeza, y los dos discípulos ya no se pueden sustraer a la pre­gunta sencilla y humana de Jesús.

¿Cuál es la respuesta? La respuesta tiene dos mo­mentos. En un primer momento es un poco imperti­nente, casi como para alejar: «Eres tú el único foras­tero en Jerusalén que no sabes lo que ha sucedido». Y Jesús, como si nada hubiera pasado, no tiene en cuen­ta esta primera brusquedad, sabiendo que las primeras respuestas a menudo no son las verdaderas, son las del erizo que se cierra, para no revelar inmediatamente el misterio de la persona. Jesús recibe la descortesía y la neutraliza con su paciencia, con su bondad y le da cuerda a la conversación.

El kerygma a mitad

Y he aquí el segundo momento de los «dos melan­cólicos«: es una respuesta verdaderamente sorpren­dente (Lucas la redacta con finísimo humorismo). En efecto, si examinamos todas las palabras de esta res­puesta, hasta en su estructura filológica, nos damos cuenta de que los dos están recitando el kerygma, es­tán recitando las palabras del Credo, son todas las pa­labras con las que se anuncia a Jesús de Nazaret.

Comparándolas con los discursos kerygmáticos de Pedro (Hch 2; 3; 10) y de Pablo (Hch 13), vemos que resuenan las mismas expresiones: «Jesús de Nazaret, profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de los hombres» —es lo que Pedro anunciará solem­nemente en Jerusalén, es el anuncio de salvación—, «y a este profeta poderoso en obras y palabras lo traicio naron los sumos sacerdotes, y nuestros príncipes lo entregaron a la muerte y lo mataron». Son las pala­bras del kerygma que serán pronunciadas con un tono salvífico, proclamatorio en la Iglesia primitiva.

Son el mensaje. He aquí la situación «cómica» que describe Lucas: estos hombres anuncian el mensaje como si fuera una desgracia, anuncian el mensaje de salvación con palabras tristes. Este skythropói (v. 17) que describe sus caras es un término que se encuentra también en Mt. 6, 16 en donde Jesús dice: «cuando ayunen no pongan cara triste», y la cara de los dos discípulos era una cara de funeral.

Lucas juega finamente con estos contrastes paradó­jicos: esos hombres tienen en la boca el kerygma, pe­ro no lo entienden como tal, y por eso lo anuncian ca­si como si fuera una desgracia terrible, irreparable. Y luego continúan: «Nosotros esperábamos que sería él quien libertara a Israel; pero, a todo esto, ya es el ter­cer día desde que acaecieron estas cosas. Por cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han dejado asombrados; fueron muy temprano al sepulcro y, no habiendo encontrado su cuerpo volvieron hablando de una aparición de ángeles que dicen que vive» (vv. 21-23). Aquí el kerygma, aunque en una forma más dubitativa —no es el oútos egérthe — verdaderamente irsucitado—, contiene todo el material: los tres días, las mujeres en el sepulcro, los ángeles, el anuncio de que vive. Sin embargo, se dice una cosa de la que no so entiende nada, una cosa que no tenía que suceder y que es una tragedia para todos los que esperaban en él.

Es lo que llamamos el kerygma a mitad, es el anuncio con palabras pero sin corazón; antes bien, hay un corazón de tristeza, de resignación, de desilusión, que causa amargura en los que lo dicen y no convence a los que lo escuchan.

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