María, Madre de Dios: Por Ricardo Sada Fernández

María, Madre de Dios: Por Ricardo Sada Fernández

María, Madre de Dios

Por Ricardo Sada Fernández

Nueve meses antes de la Navidad, el 25 de marzo de cada año, la Iglesia celebra el gran acontecimiento que llama “la Encarnación”, recordando el anuncio que el Arcángel Gabriel hizo a una doncella israelita, de que sería la Madre del Redentor.

Ese día, Dios cubrió el insalvable abismo que entre Él y nosotros estaba abierto. Haciendo uso de omnipotencia, Dios llevó a efecto algo que parece imposible: unió a su propia naturaleza divina una naturaleza humana. Y, lo que nos deja aún más asombrados, de esta unión no resultó un ser “doble”, como si se tratara de dos personas unidas, al modo de los siameses. Al contrario, las dos naturalezas se unieron en una sola Persona, la de Jesucristo, Dios y hombre.

Es tan singular esta unión de lo divino y lo humano en una Persona, que no admite comparación con otras experiencias terrenas y, por tanto, está fuera de nuestra capacidad de comprensión. Es un Misterio. Como el de la Santísima Trinidad, el Misterio de la Encarnación es otro de los grandes ~ misterios de nuestra fe.

Cuando el Evangelio de San Juan dice Verbum caro factum est, que el Verbo se hizo carne, enseña que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios Hijo, se encarnó, se hizo hombre. Esta unión de dos naturalezas en una sola persona recibe un nombre especial, y se llama Unión Hipostática (del griego hipóstasis, que significa persona). El dogma de la Unión Hipostática enseña que las dos naturalezas están unidas en una sola Persona: la divina, la del Verbo eterno de Dios.

Muchas herejías han sido condenadas por explicar indebidamente lo anterior. Por ejemplo, los gnósticos del siglo II afirmaban que Cristo es Dios pero diciendo que el cuerpo que se veía no era real sino sólo aparente. Negaban, pues, que el Redentor tomara verdadera carne humana, y con ello que tuviera nuestro mismo linaje. Pero nosotros afirmamos–por la Revelación que tomó carne verdadera, de una doncella judía de quince años,

A Ella Dios la preparó desde el mismo momento en que fue concebida en el seno de su madre Ana. La eximió de la ley universal del pecado original y, desde el inicio de su ser, María estuvo unida a Dios. Ni por un solo instante se encontró bajo el dominio de Satanás, aquella cuyo Hijo le aplastaría la cabeza.

María, bajo el impulso de la gracia, había ofrecido a Dios su virginidad. Como entonces no había “mujeres independientes” en un mundo estrictamente masculino, cualquier muchacha honrada necesitaba un hombre que la tutelara y protegiera. Ella estaba prometida a un artesano de nombre José, que conocía y respetaba su voto de castidad. Así Dios, actuando sencillamente por medio de su gracia, procuró que María tuviera un esposo.

Este hombre que Dios eligió es descrito en el Evangelio con el más alto calificativo: “era un varón justo”. En su connotación hebrea este vocablo significa un hombre lleno de toda virtud. Equivale a nuestra palabra actual “santo”. José, escogido por Dios para esposo de María y guardián de Jesús era, de por sí, un santo.

Resulta pues, muy razonable, que un hombre así aceptara gozosamente ser el esposo legal y verdadero de María, aun conociendo su promesa de virginidad y que el matrimonio nunca sería consumado. María permaneció virgen no sólo al dar a luz a Jesús, sino durante toda su vida. Cuando el Evangelio menciona “los hermanos y hermanas” de Jesús, tenemos que recordar que es una traducción al castellano de la traducción griega del original hebreo, y que en la pobreza de este lenguaje no se distingue entre hermano, tío, primo, sobrino: “hermano” equivale a pariente consanguíneo.

El anuncio del ángel ocurrió en Nazaret, cuando María permanecía con sus padres, antes de irse a vivir con José. Como el pecado vino al mundo por la acción libre de Adán, Dios quiso que la acción libre de María trajera al mundo la salvación. Y el Dios de ciclos y tierra aguardaba el consentimiento de una muchacha apenas salida de la infancia.

Ante el mensaje angélico María no sólo dijo “sí”, sino mucho más; dijo: “Hágase”. No le bases consentir pasivamente a la propuesta, sino que gozosamente se adhirió al plan de Dios: “Hágase en mí según tu palabra”. Y fue entonces cuando el Espíritu Santo (a quien se atribuyen las obras de amor) concibió un cuerpo en el seno de María, le infundió un alma humana y -todo en el mismo instante- unió esa naturaleza humana completa a la Segunda Persona divina, el Verbo Eterno de Dios.

Los no-católicos se sienten a veces incómodos ante lo que les parece una excesiva glorificación de María. Por ejemplo, los principales teólogos protestantes no tienen inconveniente en llamarla “Madre de Cristo”; pero antes morirían que llamarla Madre de Dios. Son herederos de una antigua herejía del s. V, la de Nestorio, condenada en el Concilio de Efeso del año 431. María es, dijo la Iglesia entonces y lo ha enseñado sin interrupción verdaderamente Madre de Dios.

Quizá los católicos estemos tan acostumbrados a darle ese título que casi no reparamos en el maravilloso elogio que supone. No decimos “Madre del hombre” sino “Madre de Dios”. Una de nuestro linaje, una sencilla mujer, a partir de entonces y por toda la eternidad, es la Madre de Dios. Una mujer (mucho más que cualquier varón, y esto para las descabelladas feministas) ha sido honrada y exaltada de manera absolutamente incomprensible para nuestras cotas de razonamiento.

El título de Madre de Dios se fundamenta en que Jesucristo es uno, no hay en Él dos personas. Y cuando nace un niño no decimos: “nació una naturaleza humana”, sino en todo caso una persona que tiene una naturaleza humana. La Persona concebida en María es Jesucristo, que posee dos naturalezas, la divina y la humana, inseparablemente unidas en la Persona divina. Pero, no debemos olvidarlo, la Persona es única, y es la que nace. Por eso nos llenamos de gozo al rezar: “Santa María, Madre de Dios”.

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