Cuarto principio: “Felices los que tienen hambre y sed de la justicia, porque el Padre los saciará”: Por Horacio Bojorjes.

Cuarto principio: “Felices los que tienen hambre y sed de la justicia, porque el Padre los saciará”: Por Horacio Bojorjes.

8. La “compasión” inoperante de los apóstoles

23) Por otra parte, no se comprende bien que los discípu¬los se adelanten a representar la necesidad de la muchedumbre. La muchedumbre no le hubiera pedido permiso a Jesús para retirarse a comer, si la enseñanza de Jesús no la hubiese tenido cautivada y en vilo hasta el punto de hacerle olvidar la hora de la comida. Solitos se hubieran ido yendo, corridos por la necesidad.
24) A los apóstoles, presas de una compasión inoperante por un mal que no saben ni pueden, ni entienden que deban remediar, el hambre de la muchedumbre los preocupa, por lo visto, más que a la misma muchedumbre. Y ciertamente más que a Jesús, quien los desafía: “denles ustedes de comer”. Jesús se ha vuelto loco: ¿Vamos nosotros a comprar doscientos den arios de pan para darles de comer? No los habríamos gastado en eso ni aunque los hubiéramos tenido.
25) Es llamativo que los mismos apóstoles, en ocasión de la segunda multiplicación de los panes, opten por no mencionar las necesidades- de la muchedumbre a pesar de que transcurran nada menos que ¡tres días!: “En aquellos días, como había una gran multitud y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: ‘Tengo compasión de la gente, porque- ya hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer; y si los envío en ayunas a sus casas, se desmayarán en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos’ Sus discípulos le respondieron: ‘¿De dónde podrá alguien saciar de pan a estos aquí en el desierto?’ Él les preguntó: ‘¿Cuántos panes tenéis?’ Ellos dijeron: ‘Siete’ (Mar¬cos 8, 1-5).

26) Tuvieron que ponerlos sobre la mesa, aunque quizás de mala gana, y el Señor les dejó una lección que, como tantas otras, tardaron muchos años y necesitaron la ayuda del Espíritu Santo para comprender: “Comieron y se saciaron; y recogieron, de los pedazos que habían sobrado, siete canastas. Los que co¬mieron eran como cuatro mil; Y los despidió” (Marcos 8, 8-9).
27) Jesús les reprocha su incomprensión en estas materias: “Se habían olvidado de llevar pan, y no tenían ni un pan consigo en la barca. Y Él les mandó, diciendo: ‘Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.’ Discutían entre sí diciendo que no tenían panes. Jesús, comprendiéndolo, les dijo: ‘¿Por qué discutís diciendo que no tenéis panes? ¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón? ¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís? ¿No recordáis? Cuando partí los cinco panes entre cinco mil, ¿cuántas cestas lle¬nas de los pedazos recogisteis? Y ellos dijeron: ‘Doce.’ ‘Y cuando repartí los siete panes entre cuatro mil, ¿cuántas canastas llenas de los pedazos recogisteis?’ Y ellos dijeron: ‘Siete.’ Y les dijo: ‘¿Cómo es que aún no entendéis?'” (Mc 8, 14. 21).
28) A no dudarlo: los gestos y palabras de Jesús acerca del pan, del hambre y la comida, no son fáciles de entender y requieren una sabiduría de Hijos.
29) Sólo los Hijos pueden entender las palabras de Jesús cuando los tranquiliza: “No os angustiéis, pues, diciendo: ‘¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?’, porque los gentiles se angustian por todas estas cosas, pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas ellas. Buscad prime¬ramente el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6, 33).

9. Una comida de alianza de amistad

30) El hambre de la muchedumbre, que para los apóstoles hubiera sido motivo para desentenderse de ella y despedida, es para Jesús ocasión de hacerse cargo de ellos y atárselos con un gesto hospitalario, con una alianza de pan y pescado salado.
31) Los Apóstoles no alcanzan a comprender el sentido de este gesto. Tampoco la muchedumbre beneficiada, que después lo busca para hacerla rey y solamente porque les mató el hambre: “aquellos hombres, al ver la señal que Jesús había hecho, di¬jeron: ‘Verdaderamente éste es el Profeta que había de venir al mundo’. Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderar¬se de Él y hacerla rey, volvió a retirarse al monte él solo” (Juan 6, 14-15).
32) No hay que extrañarse de que haya todavía quien no entiende, como es el caso de algunos exegetas y predicadores tocados de racionalismo almidonado, que quieren explicar este pasaje sin milagro, y sacan de la galera de su imaginación ingeniosas explicaciones, inequívocamente marcadas por su origen moralizante y puritano. Al estilo de “seamos solidarios y repartamos, que así alcanzará para todos”.
33) Ninguna de estas clases de incomprensión le importa ni lo inhibe a Jesús. Abundan en sus parábolas sobre el banquete del Rey las alusiones y referencias a los invitados que no eran dignos. Eso no quita que, para Jesús, toda comida, cualquier co¬mida, sea algo más que consumir ración, porque está referida a una comunión de amor, divino-humana. El hombre es un peregrino a quien Dios da de comer de sus bienes terrenos, en su peregrinación hacia la patria celestial.
34) Jesús en cambio ha visto, en esa circunstancia de la des provisión de la muchedumbre, la ocasión de sellar con ellos una alianza de hospedaje, dándoles de comer de lo poco que tienen.

35) Estaba muy extendida en Oriente la costumbre y el deber sagrado de la hospitalidad. Era una verdadera institución religiosa, por la cual se pactaba con el huésped al que se le daba albergue, una alianza de amistad, una alianza fraterna. Esta alian¬za solía llamarse “de pan y sal”, aunque pudiera ponerse en la mesa carnes, verduras y frutas para agasajar al peregrino desconocido y sellar con él un pacto de amistad. Tenemos un ejemplo de esa alianza de hospedaje en el episodio de la vida de Abraham cuando agasajó en su casa a los tres misteriosos visitantes (Génesis 18, 1-15, en especial vv. 3-5).

10. La Promesa: Ellos serán saciados. El Banquete de Bodas del Hijo

36) El comer y el dar de comer se pueden vivir en forma puramente biológica y profana o, por el contrario, en forma más humana, es decir: espiritual, religiosa y hasta mística. Esta bienaventuranza nos permite ubicar estos actos cotidianos en dimen¬siones de comunión: solidaridad humana, comunión religiosa y eucaristía cósmica.

37) Dios da de comer a todas sus creaturas. Dios es anfitrión desde el principio. Cuando ya al tercer día de la creación hace brotar las plantas de semilla y los árboles frutales con su fruto y su semilla adentro, ya está pensando en el alimento de los seres que aún no ha creado. Y ya está pensando en el trigo y el vino de la Última Cena.

38) La obra creadora de Dios se presenta como la prepara¬ción de un gran banquete: prepara los alimentos, ilumina el salón, llama a la existencia a los invitados, les asigna sus lugares, al sexto día les da de comer y el séptimo se reposa en su compañía (Gn 1, 11-13. 29. 31). La creación es un proyecto eucarístico y apunta al banquete de la sabiduría, a la Última Cena y al banquete de bodas del Hijo y al banquete eterno en la casa del Padre. No hay comida profana. Toda comida es santa, porque es recibida del amor del Padre y es anticipo del banquete celestial.

39) Dios se muestra también nutricio en la Alianza con Noé, después del diluvio: le dispensa el alimento al hombre y los animales (Génesis 9, 1-3). También en las promesas a Abraham y a los patriarcas, a quienes les promete hijos y una tierra para ali¬mentarlos (Gn 15, 5-7). Envía a José a Egipto para que, en su momento, acoja a sus hermanos empujados por el hambre (Gn 37¬47). Da de comer a su pueblo en el desierto y lo abreva de modo milagroso (Ex 16-17). Lo introduce en una tierra que mana leche y miel y le entrega plantíos, viñedos y olivares; riega esa tie¬rra con rocíos y lluvias y la fecunda con su bendición (Ex 3, 8; Nm 13, 27-28; Dt 6, 10-12; 8, 10-16; 11, 9-15; 32, 13-15).
40) El alimento es un don de Dios creador, y es una promesa y una bendición del Dios salvador. Así lo celebran especial¬mente los salmos: “De los manantiales sacas los ríos, para que flu¬yan entre los montes; en ellos beben las fieras de los campos, el asno salvaje apaga su sed c…). Desde tu morada riegas los montes, y la tierra se sacia de tu acción fecundante; haces brotar la hierba para los ganados, y forraje para los que sirven al hombre. Él saca pan de los campos, y vino que le alegra el corazón y acei¬te que da brillo a su rostro y alimento que le da fuerzas… los leoncillos rugen por la presa, reclamando a Dios su comida… todos aguardan que les eches comida a su tiempo, se la echas, y la atrapan; abres tu mano, y se sacian de bienes” (Sal 103, 10-15. 21. 27-28). Él “hace brotar hierba en los montes para los que sirven al hombre; da su alimento al ganado y a las crías de cuervo que graznan” (Sal 146, 8-9). “Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano y sacias de bienes a todo viviente” (Sal 144, 15-16).
41) El profeta Isaías anuncia el banquete mesiánico: “Y el Señor de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos banquete de manjares suculentos, banquete de vinos refinados, de sustanciosos tuétanos y vinos generosos” (Isaías 25, 6). Dios da de comer a todos, sacia a los pobres: “¡Venid, todos los sedientos, venid a las aguas! Aunque no tengáis dinero, ¡venid, comprad y comed! ¡Venid, comprad sin dinero y sin pagar, vino y leche! ¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan y vuestro trabajo en lo que no sacia? ¡Oídme atentamente: comed de lo mejor y se deleitará vuestra alma con manjares! Inclinad vuestro oído y venid a mí; escuchad y vivirá vuestra alma” (Isaías 55, 1-2).
42) También los sapienciales celebran el banquete de Dios:

“La Sabiduría edificó su casa, labró sus siete columnas, mató sus víctimas, mezcló su vino y puso su mesa. Envió a sus criadas, y sobre lo más alto de la ciudad clamó, diciendo a todo ignorante: ‘Ven acá’, y a los insensatos: ‘Venid, comed de mi pan y bebed del vino que he mezclado. Dejad vuestras ignorancias y viviréis; y andad por el camino de la inteligencia'” (Proverbios 9, 1-6).
43) Todo es imagen del banquete de Dios donde se saciarán de la alegría del Reino los que tienen hambre y sed de su justicia: “vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos” (Mateo 8, 11) “El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo una fiesta de boda a su hijo” (Mate o 22, 2). “Aleluya, el Señor, nuestro Dios Todopoderoso, reina. Gocémonos, alegrémonos démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero C (…). El ángel me dijo: ‘Escribe: Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero'” (Apoc 19, 7. 9).

Sugerencias para la oración con la cuarta Bienaventuranza
“Felices los que tienen hambre y sed de la justicia, porque el Padre los saciará”

Me pongo en oración y le pido a Jesús que me ilumine acerca de mi estado en relación con la cuarta Bienaventuranza. Le pido al Espíritu Santo que me ilumine para comprender cómo la vivió Jesús. Y le pido al Padre que me engendre a imagen y semejanza de su Hijo Jesús, para que pueda vivirla como Él la vivió y pueda entrar en el Reino de los Hijos. Pueden ayudarme al¬gunas preguntas como las que siguen. Pero recordaré que las Bienaventuranzas no son leyes o mandamientos, ni se trata de hacer un examen moral, sino de pedir conocimiento interno de mi estado espiritual de hijo.
¿Cultivo con dedicación la comunión con el Padre como hijo suyo, saciando el hambre de caridad que tiene Él, en bien de sus mismos hijos? ¿Estoy convencido de que el auténtico amor al hermano nace de la comunión con el Padre?
¿Considero que el hambre y la sed de justicia me pide un alma misionera, que no escatima entrega en bien de las almas, gastando gozosamente mi vida en ese santo servicio?
¿Comprendo que no es lo mismo felicidad que bienestar? ¿Estoy persuadido de que el bienestar es el objetivo de la carne y de una sociedad de consumo, hedonista, mientras que la felicidad brota de la caridad filial, de los que se acogen a las promesas del Padre en sus bienaventuranzas? ¿Enseño eso a mis hijos, mis amigos, hermanos de comunidad, grupo apostólico, etc.?
¿Abro mi corazón a experimentar ese deseo del Padre de tener su casa llena de hijos, comprados al precio de la sangre de su Unigénito, casa donde todo es pureza, alabanza, gratitud, comunión infinita y permanencia eterna en Él? ¿Comprendo por qué apremia mi espíritu misionero y, ante todo, mi propia santificación?

¿Me ocupo de los hambrientos y sedientos de Dios, que son más de lo que imagino? ¿Me ocupo también de la caridad? para con los necesitados que puedo socorrer en sus necesidades físi¬cas, existenciales?
¿Qué cuestiona miento me hace el Señor con esta bienaventuranza en lo que se relaciona con mis posesiones, muchas o pocas, valiosas o no? ¿Cómo aligerar la barca para que navegue más rápidamente al puerto donde me esperan los hambrientos de Dios? ¿Los hermanos más pequeños de Jesús? Por el contrario ¿cómo cuido o colaboro para que el culto a Dios, la Liturgia de la Iglesia sea digna de tal Padre, con el Hijo y el Espíritu Santo, contribuyendo a las necesidades de la Iglesia?
El Padre hizo de la Creación una espléndida Eucaristía. ¿Cómo la cuido, la mimo, la defiendo del deseo desenfrenado de do¬minio brutal de los comerciantes (Apocalipsis 18, 11), atentando o destruyendo la armonía del principio? ¿La contemplo como es¬pejo del Creador y me sirvo de ella con la gratitud y dignidad de un hijo que se acerca y participa en el banquete de su Padre? ¿Cómo trasciendo toda esta belleza, anuncio de la Eucaristía del Jueves Santo y de la Pascua eterna en el cielo? ¿Cómo nutro mi es¬píritu con estas verdades eternas y las enseño a los demás?

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