Octavo principio:»Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos»: Por Horacio Bojorjes. Bienaventuranza

Octavo principio:»Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos»: Por Horacio Bojorjes. Bienaventuranza

Octava bienaventuranza
«Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos»

«Felices seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros» (Mt 5, 12).


1. El final del prólogo al Sermón de la Montaña

1) Algunos tratan este pasaje como dos bienaventuranzas, de modo que cuentan nueve bienaventuranzas en lugar de ocho. Parece mejor considerar que es una sola, pero que por tratarse de la última sufre una amplificación. Esta amplificación enseña que quienes viven de acuerdo a estas bienaventuranzas son los nuevos profetas, los profetas del Nuevo Testamento: los hijos de Dios.
2) Esta bienaventuranza anuncia lo mismo que la primera: «de ellos es el Reino de los cielos». Esta misma frase se repite en el versículo tercero y aquí en el versículo décimo. A este recurso de estilo o de redacción, consistente en repetir la misma palabra o frase a cierta distancia, los intérpretes bíblicos ’10 llaman inclu¬sión. La inclusión sirve para delimitar una sección o unidad del texto bíblico (= perícopa), anunciando su comienzo y su final. La frase «de ellos es el Reino de los cielos» anuncia pues, aquí, el fin de la primera parte o sección del Sermón de la Montaña que son «las Bienaventuranzas». Esta sección de las Bienaventuranzas es el prólogo a todo el Sermón de la Montaña.

3) Hay un contraste llamativo entre esta bienaventuranza y la anterior. Aquí se habla de los perseguidos y -en la anterior de los pacificadores, que por eso serán llamados hijos de Dios. Los pacificadores serán perseguidos por causa de la justicia de los hi¬jos de Dios, que excede todas las justicias anteriores, y es nueva dentro de la humanidad.

2. De ellos es el Reino de los Cielos

4) De ellos es. Ya es. Si las bienaventuranzas prometen co¬sas futuras, la primera y la última anuncian algo que ya es pre¬sente aunque culminará en el futuro. El Reino de los Cielos, ya es, desde ahora y para siempre, de los pobres de espíritu y de los perseguidos a causa de Jesús y de la justicia de los hijos del Pa¬dre. Los hijos de Dios ya tienen la vida eterna y todos los dones del Reino. Esta situación presente está abierta a los desarrollos fu-turos de la gracia, la comunión y la vida eterna. Porque el Padre engendra a sus hijos ya ahora en el tiempo y en la eternidad. Siempre están los hijos recibiendo la vida del Padre, y siempre está el Padre dándosela.

5) ¿Qué quiere decir el Reino de los Cielos? Ya lo dijimos comentando la primera bienaventuranza, pero conviene refrescar la memoria y explicarlo aún más. Reino de los Cielos, en los la¬bios de Jesús, es como decir: el Reino del Padre. Esto lo tenemos que tener presente siempre al-leer el Sermón de la Montaña y to¬do el evangelio de Mateo y el Nuevo Testamento, cada vez que nos encontremos la frase: Reino de los Cielos.

Entrar en el Reino de los Cielos vale tanto como entrar en la relación filial con el Padre, es decir, entrar en la condición filial: vivir como hijo, porque se tiene conciencia y corazón de hijo y por lo tanto se actúa imitando al Padre y obrando las obras que el Padre envía a obrar.

6) Esta frase: el Reino de los Cielos, hay que entenderla co¬mo un nombre de Dios, como un nombre del Padre. «Vuestro Padre que está en los Cielos», «Padre de los Cielos», «Padre celes¬tial», son calificativos que se aplican al Padre. El Reino de los Cie¬los es, pues, «el Reino de mi Padre que está en los Cielos»; o «de vuestro Padre que está en los Cielos», o del «Padre nuestro que estás en los Cielos». Es el Reino que el Padre entregó a su Hijo Jesús, como leímos en el himno de Filipenses, capítulo segundo.

7) Jesús, ya desde su vida mortal, proclama ante Pilatos que Él es Rey, pero que su reino no es como los de este mundo (Jn 18, 37). Como Hijo de Dios que rige su vida por la voluntad del Padre, está llamado a implantar por vía de la caridad el imperio del Padre en los corazones. Él es Rey a la manera del siervo su¬friente que implantará la justicia y el derecho en las islas lejanas (Mc 10, 42-45, ver ls 42, 4).

8) Los que creen en Jesús, y se rigen según la nueva justi¬cia de los hijos, reflejo de la justicia del Padre, son declarados re¬yes, o pueblo de reyes ciudadanos del Reino del Padre: «Vosotros sois un linaje elegido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo ele¬gido para anunciar las alabanzas de Aquel que os llamó de las ti¬nieblas a su admirable luz» C1 P 2, 9; ver Ex 19, 5-6). Es que Cris¬to, Rey Mesías, hace que pasen los elegidos de su Reino al Rei¬no de su Padre: «entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre» (Mt 13, 43),
9) El Reino mesiánico del Hijo apunta a introducimos en el Reino definitivo del Padre al que, por ser herencia, sólo tienen derecho a acceder los hijos. De ellos es, pues, el Reino de los Cie¬los. Jesús le entrega al Padre a los elegidos, salvados por Él: «ca¬da cual según su rango: Cristo como primicias, luego los que per¬tenecen a Cristo en su Venida. Luego, el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principa¬do, Dominación y Potestad [en su manifestación gloriosa]» (1 Co 15, 23-24).

10) Los paganos que hicieron misericordia con los hijos de Dios, con los hermanitos más pequeños de Jesús, también son te¬nidos por hijos y se los admite a la herencia del Reino de los hi¬jos: «venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25, 34). El juicio de Mateo 25, 31-46, hay que entenderlo a la luz de la siguiente enseñanza de Jesús y de la promesa que la acompa¬ña: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Quien recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta, y quien reciba a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su re¬compensa» (Mt 10, 40-42).
11) Mateo nos relata un episodio que ilustra la conciencia de que los hijos son ciudadanos del Reino de Dios, y como tales están exentos de los poderes de este mundo, pero que se some¬ten a ellos libremente, a ejemplo de Jesús, que siendo Rey, sin embargo, «pasó por un hombre cualquiera» (Flp 2, 7c): «Cuando entraron en Cafarnaúm, se acercaron a Pedro los que cobraban el impuesto de las dos dracmas [era un tributo anual, personal, para el sostenimiento del templo] y le dijeron: ¿no paga vuestro maestro el didracma? Respondió: ‘sí’. Y al llegar a casa, Jesús se le adelantó a decirle: ‘¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tie¬rra ¿de quién cobran tributos o impuestos, de sus hijos [es decir: de sus súbditos] o de los extranjeros?’ Y al contestar él: ‘de los ex¬traños’, Jesús le dijo: ‘Por lo tanto los hijos están libres. Sin em¬bargo, para que no los escandalicemos, vete al mar, echa el an¬zuelo y el primer pez que salga, tómalo, ábrele la boca y encon¬trarás un estater. Tómalo y dáselo por ti y por mí'» (Mt 17, 24-27).

3. Bienaventurados los perseguidos

12) La Iglesia nació en medio de las persecuciones, con los discípulos encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos (Jn 20, 19) Y desde entonces siempre la acompañaron las persecucio¬nes. Jesús se las había anunciado y les había enseñado que eran comunión en la suerte de su Maestro y Señor, por ser discípulos y servidores suyos, hijos del Padre.

13) Jesús pone esta persecución en relación y en continui¬dad con las persecuciones de que fueron objeto los profetas: «de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a voso¬tras». Haberlos perseguido, y perseguir ahora a los que Él les en¬vía, es un reproche que Jesús les hace a los que se le oponen, como lo muestra el texto siguiente:

14) «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumen¬tos de los justos, y decís: ‘Si hubiéramos vivido en los días de nuestros padres, no habríamos sido sus cómplices en la sangre de los profetas’. Con esto dais testimonio contra vosotros mismos de que sois hijos de aquéllos que mataron a los profetas. ¡Vosotros, pues, colmad la medida de vuestros padres! [la colman per¬siguiendo a Jesús y a los nuevos profetas, sus discípulos] ¡Ser¬pientes, generación de víboras!, ¿cómo escaparéis de la condena¬ción del infierno? Porque yo os envío profetas, sabios y escribas; de ellos, a unos mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas y perseguiréis de ciudad en ciudad. Así recae¬rá sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel, el justo, hasta la sangre de Za¬carías hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el Templo y el altar. En verdad, os digo que todo esto vendrá sobre esta gene¬ración. Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, pero no quisiste!» (Mt 23, 29-37),
15) Esta constante de perseguir a los enviados de Dios y a los que le pertenecen es como una misteriosa e inicua ley. Jesús la ilustra con la parábola de los viñadores homicidas, que matan a los enviados del dueño de la vid, porque se han adueñado de ella. «Los escribas y fariseos, al oír su parábola comprendieron que se estaba refiriendo a ellos. Y trataban de apresarlo, pero tu¬vieron miedo de la gente porque lo tenían por profeta» (Mt 21, 33-46; Lc 20, 9-19; Mc 12, 1-12).

4. Los profetas anteriores a vosotros

16) Jesús declara que sus discípulos, los que aprenden de él a vivir como hijos de cara la Padre, son los nuevos profetas. Ellos son la luz del mundo y la sal de la tierra. Ellos llevan a su plenitud el cumplimiento de la ley, ellos reflejan en su compor¬tamiento la conducta del Padre. Véase Mt 10, 40-42 que citamos arriba en el número 10.

5. Ungido contra ungido

17) Jesús resucitado les explica esta misteriosa e inicua ley a los discípulos de Emaús, a la luz de las Sagradas Escrituras: «Era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar así en su glo¬ria» (Lc 24, 26). «Esto» es la persecución a manos de los hombres guías espirituales del Pueblo elegido, elegidos ellos también. Es la ley misteriosa e inicua ley del Ungido contra ungido, o de un elegido contra otro.1 Pablo se la enuncia a Timoteo: «los que quieran vivir piadosamente, padecerán persecución» (2 Tm 3, 12).
18) Los santos Padres la explican así: «Él -Jesucristo- es quien sufría tantas penalidades en la persona de muchos otros: Él es quien fue muerto en la persona de Abel y atado en la perso¬na de Isaac, Él anduvo peregrino en la persona de Jacob y fue vendido en la persona de José, Él fue expósito en la persona de Moisés, degollado en el cordero pascual, perseguido en la perso¬na de David y vilipendiado en la persona de los profetas». 2
19) En los sufrimientos de Cristo se ha manifestado, por lo tanto, un Misterio que estaba sucediendo y preparándose desde siglos y generaciones en los sufrimientos de los justos anteriores
a El; Y que se sigue manifestando ahora en las persecuciones a los santos (Col1,26) ;es decir: a la Iglesia. Ese mismo inicuo mis¬terio, manifestado en Cristo, ilumina ahora el sentido de los pa¬decimientos de los creyentes y las persecuciones a los católicos.

(1 Véase un tratamiento más amplio de este hecho en nuestro libro Mujer, ¿por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia, Lumen, Buenos Aires, 1999, pp. 105-128.
2 Melitón de Sardes, Homilía sobre la Pascua, Oficio Divino, segunda lectura del oficio del Jueves Santo (T. 2, pp. 432-433).

20) Es Cristo quien padece en ellos: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9, 4-5). Es Cristo quien sigue sufriendo en nosotros, que somos su cuerpo, como antes sufría en la .persona de los justos del Antiguo Testamento. La comunión de los santos es también una comunión en los padecimientos (Flp 3, 10). Los de Cristo son de todos; los de los discípulos son de Cristo: «El que a vosotros desprecia a mí me desprecia» (Lc 6, 16); «lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25. 40. 45).
21) Cuando Pedro hace tropezar (escandaliza) a Jesús, opo¬niéndose a la cruz, nos hace tropezar a todos, y por eso Jesús lo corrige mirando a los discípulos (Mt 16, 23). El que hace trope¬zar (escandaliza) en el camino del seguimiento a un pequeño, es como quien hace tropezar a Cristo mismo (Mt 18, 6; Mc 9, 42). Pedro se hace merecedor del terrible castigo anunciado a los que escandalizan: ser arrojado al mar con una piedra del molino ata¬da al cuello (Mc 9, 42).

6. Por causa de la justicia filial = por mi causa

22) Persecución «por la justicia» (en griego: dikaiosyne). ¿De qué justicia se trata? No se trata de la justicia en sentido pro¬fano. Tampoco de la justicia de la Antigua Ley según la entendían y vivían los escribas y fariseos. Se trata de la justicia que viene de la fe en Jesús. Es la nueva justicia filial que supera la de los es¬cribas y fariseos (Mt 5, 20).
23) Jesús, por lo tanto, podría haber dicho: «bienaventura¬dos los perseguidos a causa de la fe en mí». Eso es lo que afirma más abajo, diciendo: «por mi causa».

24) Esta justicia es también lo mismo que «el Reino de mi Padre» o «de vuestro Padre». Veamos un par de ejemplos del uso de esa expresión: «os aseguro que ya no beberé del fruto de la vid hasta el día aquél en que lo beba con vosotros en el Reino de mi Padre» (Mt 26, 29). «Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre» (Mt 13, 43).
25) Estos textos apuntan a la consumación final y definiti¬va (esjatológica) de la comunión filial con el Padre en la vida eterna, donde «el Reino de los Cielos» cobra su sentido pleno co¬mo comunión eterna de vida. Pero esa vida ha comenzado aho¬ra por la comunión con Jesús y el Padre y por eso «de ellos es ya el Reino de los Cielos». Lo que les pertenece en herencia ya es de los herederos desde ahora.
26) Por mi causa: por causa de Jesús. Como Él mismo nos explica: «no está el discípulo por encima de su maestro, ni el ser¬vidor por encima de su señor. Ya le basta a su discípulo ser co¬mo su maestro y al servidor ser como su señor, si al dueño de la casa lo han llamado Belcebú ¡cuánto más a los de su casa!» (Mt 10, 24); «No es más el siervo que su amo ni el enviado más que el que lo envía» (Jn 13, 16) «Acordaos de las palabras que os he dicho: el siervo no es más que su señor. Si a mí me han perse¬guido, también a vosotros os perseguirán. Pero todo eso lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha en¬viado» (Jn 15, 20-21).

7.1. Comunión en el rechazo

27) Veamos ahora algunos textos en que Jesús nos va revelando progresivamente cuál es la razón última de una persecución que aparece como irracional e inexplicable, tanto por sus motivos como por la intensidad del odio que manifiesta. Jesús nos ense¬ña, en los textos que siguen, que la persecución es bienaventu¬ranza porque es consecuencia directa de la comunión con el Pa¬dre, el Hijo y sus demás discípulos. Ellos son los rechazados y no¬sotros también, porque les pertenecemos, somos rechazados por los que rechazan esa pertenencia. La persecución que Jesús anuncia a los suyos es, por lo tanto, una consecuencia, pero también como un signo visible, de la comunión y de la pertenencia biena¬venturadas. Es como un sello de autenticidad de la comunidad de destino con el Padre, el Hijo y el Espíritu, rechazado por la raza de víboras, por la generación de la serpiente, que tiene por pa¬dre a Satanás. Veamos pues algunos de esos textos:
28) «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado an¬tes que a vosotros. Si pertenecierais al mundo el mundo amaría 10 suyo; pero como no le pertenecéis, porque yo, al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia al mundo» (Jn 15, 18-19).
29) A continuación Jesús explica que los discípulos serán perseguidos porque le pertenecen: «si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15, 20b).
30) y prosigue explicando que la raíz última del odio y la persecución es la aversión al Padre: «todo esto (el odio y la per¬secución a Jesús y sus discípulos) 10 harán porque no conocen al que me ha enviado (…). El que me odia, odia también a mi Pa¬dre, (…) nos odian a mí y a mi Padre. Pero así se cumple 10 que está escrito en la Ley: ‘me han odiado sin motivo’ [Sal 35, 19; 69, 5]» (Jn 15, 21. 23. 24-25).
31) La pertenencia a Jesús y al Padre, que es la causa de la persecución, la expresa bellamente san Pablo: «¿No sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en voso¬tros y habéis recibido de Dios [Padre] y que no os pertenecéis? ¡Habéis sido comprados y a qué precio! [la sangre de Cristo]» (1 Co 6, 19-20a). «Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios» (1 Co 3, 23). «Ninguno de vosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vi¬vimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor mori¬mos. Así que, ya sea que vivamos, ya sea que muramos, somos del Señor» (Rm 14, 7-8).

7.2. Pondré enemistad entre tu linaje y el suyo

32) Jesús enseña también que la persecución tiene su ori¬gen en la rivalidad de la raza de hijos de Satanás contra la raza de hijos de Dios. Esa vieja enemistad había sido ya anunciada por el Señor: «Yo pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu lina¬je y el suyo; él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón» (Gn 3, 15).
33) Jesús enseña que hay como dos familias, dos sistemas de solidaridad, dos procedencias por generación: Hijos de Dios Padre o hijos de Satanás. Y el linaje de Satanás persigue al linaje de los Hijos de Dios, como Caín a Abel. «Vosotros no me cono¬céis a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí conoceríais tam¬bién a mi Padre» (Jn 8, 19b). «Si Dios fuera vuestro Padre, me amarías a mí; (…) vuestro padre es el Diablo y vosotros queréis cumplir la voluntad de vuestro padre. Éste fue homicida desde el principio» (Jn 8, 42b. 44). «En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del Diablo: todo el que no obra la justicia [de los hi¬jos] no es [hijo] de Dios, ni tampoco el que no ama a su herma¬no» (1 Jn 3, 10).

34) La oposición de ambos linajes y la persecución a los cristianos estaba prefigurada por la historia de Caín y Abel: «Pues éste es el mensaje que habéis oído desde el principio [es decir, del Padre, principio de todo] que nos amemos los unos a los otros. No como Caín, que siendo del Maligno, mató a su herma¬no. Y ¿por qué lo mató? Porque sus obras eran malas mientras que las de su hermano eran justas. No os extrañéis, hermanos, si el mundo os aborrece» (1 Jn 3, 10-13). No hay que extrañarse. Se trata del mismo odio.

7.3. Jesús anuncia persecuciones

35) Jesús anunció a sus discípulos estas persecuciones que derivan como por estricta lógica sobrenatural del misterio que ve¬nimos contemplando:»Mirad que os envío como ovejas en medio de lobos. Sed pues prudentes como las serpientes y sencillos co¬mo las palomas. Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa os llevarán ante tribunales y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles» (Mt 10, 16-18); «seréis perseguidos de ciudad en ciudad» (Mt 23, 34).

8. Qué hacer en las persecuciones

36) Pero a los nuevos justos, a los hijos del Padre, Jesús les enseña, con su ejemplo y con su doctrina qué es lo que deben hacer en medio de las persecuciones:

a) Ante todo: amar a los enemigos, para ser hijos del Padre

37) «Pero yo os digo, amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen y calumnian, para que seáis hechos hijos de vuestro Padre celestial» (Mt 5, 44-45).

b) Dar testimonio

38) ¿Cómo se ama a los enemigos? Como amó a los suyos Jesús, el Hijo. Dándoles testimonio del Padre. El supremo acto de amor que se da a los enemigos es «darles testimonio». Jesús nos enseña que la razón por la cual sus discípulos serán llevados a los tribunales, como lo fue Él, es «para dar testimonio». El Apocalipsis dice que Jesús es «el testigo fiel», es decir confiable, que no miente (Ap 1, 5). ¿De qué da testimonio? Jesús da testimonio del Padre y del Espíritu. Y ellos dan testimonio de Jesús.

39) El testimonio apostólico repite el testimonio de Jesús acerca de las Personas divinas: «lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de Vida (…) os lo anunciamos para que también voso¬tros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en co¬munión con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1, 1. 3). As¬cendiendo al cielo, Jesús los envía con estas palabras: «vosotros seréis mis testigos… hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8).

40) De Juan Bautista se dice que: «vino como testigo de la luz, para que todos creyeran en él. No era él la luz, sino quien diera testimonio de la luz» (In 1, 7-8). Pero el testimonio del más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que el suyo (Mt 11, 11).

41) De los creyentes, dice la carta a los Hebreos que son «una nube de testigos» (Hb 12, 1). Pablo dirá: «Yo sé en quién he creído» (2 Tm 1, 12) Y hasta sus cadenas o los juicios los ve co¬mo ocasión de dar testimonio acerca de Jesús: «En mi primera de¬fensa nadie me asistió, antes bien todos me desampararon. (…) Pero el Señor me asistió y me dio fuerza para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gen¬tiles» (2 Tm 4, 17).

42) La persecución es el lugar privilegiado del testimonio, donde por amor a los enemigos el cristiano, hijo de Dios, da tes¬timonio del Padre y de su enviado Jesucristo, y del camino de sal¬vación que muestra su enviado. En la persecución se repite con la vida, y sobre todo con la muerte, el testimonio que rechazan. Así lo hizo Jesús. y así lo manda hacer a sus discípulos. Así lo practica y recomienda Pablo.

43) Pero precisamente por ser testigos es que serán perse¬guidos, como suele suceder en las causas criminales del mundo, donde los culpables tratan -de eliminar o intimidar a los testigos. Así el Príncipe de este mundo trata de intimidar o eliminar a los testigos del Padre. Pero ese intento es vano. Fracasó con el Hijo que dio su testimonio y que envió a sus discípulos a dar testimo¬nio del amor del Padre. Así por ejemplo, a muchísimos mártires del siglo XX el Espíritu Santo les inspiraba al morir el grito testi¬monial: ¡Viva Cristo Rey!

c) No tener miedo

44) «No les tengáis miedo c…) lo que yo os digo en la os¬curidad [en el secreto de la conciencia, en la oración] decidlo vo¬sotros a plena luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas.» «Y no temáis_ a los que matan el cuerpo pero no pue¬den matar el alma.» «Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. No temáis pues» (Mt 10, 26. 28. 30-31). «No les tengáis miedo ni os turbéis» (Mt 5, 10; citado por 1 P 3,14).

d) Confiar

45) Confiar en la asistencia y la fuerza del Espíritu y no en sí mismos: «Cuando os lleven para entregaros, no os preocupéis de qué vais a hablar; sino hablad lo que se os comunique en aquél momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, si¬no el Espíritu Santo» (Mc 13, 11). «No seréis vosotros los que ha¬blaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará por vo¬sotros» (Mt 10, 20). Pablo atestigua que cuando todos lo abando-naron, el Señor lo asistió ante el tribunal para dar testimonio (2 Tm 4, 16-17)

e) No avergonzarse

46) No avergonzarse (es decir, no apartarse de los mártires, ni alejarse, no negar la vinculación ni desentenderse, no negar por miedo, ni desertar o acobardarse) de los que son persegui¬dos.

47) No avergonzarse, en primer lugar de Jesús y en segun¬do lugar en la comunidad respecto de los que sufren por la fe: «Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta genera¬ción [raza] adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre [yo] se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con sus santos ángeles» (Mc 8, 38).

48) Pablo lo exhorta a Timoteo, que parece tentado por el temor de la persecución: «no te avergüences ni del testimonio que has de dar de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero, sino que, por el contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el evangelio, ayudado por la fuerza de Dios» (2 Tm 1, 8). «Por este motivo estoy soportando estos sufrimientos, pero no me aver¬güenzo, porque yo sé bien en quién he puesto mi confianza» (2 Tm 1, 12). «Tú pues, hijo mío, mantente fuerte en la gracia de Cristo Jesús» (2 Tm 2, 1).

49) La Carta a los Hebreos exhorta: «Traed a la memoria los días pasados, en que después de haber sido iluminados, tuvisteis que soportar un duro y doloroso combate, unas veces expuestos públicamente a ultrajes y tribulaciones; otras haciéndoos solida¬rios de los que así eran tratados. Pues compartisteis los sufrimien¬tos de los encarcelados, y os dejasteis despojar con alegría de vuestros bienes, conscientes de que poseíais una riqueza mejor y más duradera. No perdáis ahora vuestra confianza. Necesitáis pa-ciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios [Padre] y alcanzar lo prometido [el Reino]. Pues todavía ‘un poco de tiem¬po, muy poco tiempo y el que ha de venir vendrá sin tardanza’ [Is 26, 20]; ‘Mi justo vivirá por la fe. Pero si es cobarde, mi alma no se complacerá en él’ [Hab 2, 3-4]. Pero nosotros no somos co¬bardes para perdición, sino creyentes para salvación del alma» (Hebreos 10, 32-39).

f) Vivir como peregrinos

50) La patria del cristiano es el Padre: «Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra» (Mt 10, 23). «Pedro, Apóstol de Jesu¬cristo [escribe] a los que viven como extranjeros entre las nacio¬nes (parepídemoi) en la dispersión» (1 P 1, 1).

g) Alegrarse

51) Jesús nos lo enseña en esta Bienaventuranza y los Apóstoles lo repiten. Pedro motiva esta alegría: «Bella cosa es to¬lerar penas por consideración a Dios cuando se sufre injustamen¬te. ¿Pues qué gloria hay en soportar los golpes cuando habéis fal¬tado? Pero si obrando el bien soportáis el sufrimiento, esto es co¬sa bella ante Dios. Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros dejándoos ejemplo» (1 P 2, 19¬21). «¿Y quién os hará mal si os afanáis por el bien? Mas, aunque sufrierais a causa de la justicia, dichosos vosotros» (1 P 3, 13-14).

52) «Queridos, no os extrañéis del fuego que ha prendido en medio de vosotros para probaros como si os sucediera algo extraño. Sino alegraos en la medida en que participáis en los su¬frimientos de Cristo, para que también os alegréis en la revela¬ción de su gloria. Dichosos vosotros si sois injuriados por el nom¬bre de Cristo, pues el Espíritu de gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros. (…) Que ninguno de vosotros tenga que sufrir ni por criminal ni por ladrón ni por malhechor ni por entrometido; pero si es por cristiano, que no se avergüence, que glorifique a Dios por llevar este nombre» (1 P 4, 13-16).

53) Pablo proclama: «Ahora me alegro por los sufrimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de. Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Igle¬sia» (Col 1, 24). «Quiero que sepáis, hermanos, que lo que me ha sucedido [el arresto y prisión] ha contribuido más bien [que obs¬taculizado] al progreso del Evangelio, de tal forma que se ha he¬cho público en todo el Pretorio, y entre los demás, que me hallo entre cadenas por Cristo. Y la mayor parte de los hermanos, alen¬tados en el Señor por mis cadenas, tienen mayor intrepidez en anunciar sin temor la palabra» (Flp 1, 12-14).

Sugerencias para la oración con la octava Bienaventuranza
Felices los que son perseguidos a causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos

Me pongo en oración y le pido a Jesús que me ilumine acerca de mi estado en relación con la octava Bienaventuranza. Le pido al Espíritu Santo que me ilumine para comprender cómo la vivió Jesús. Y le pido al Padre que me engendre a imagen y se¬mejanza de su Hijo Jesús, para que pueda vivirla como Él la vivió y pueda entrar en el Reino de sus Hijos sin temer las persecucio¬nes de los hombres. Que pueda recibir y tener la fortaleza de Co-razón que da el gozo de hacer la voluntad del Padre. Pueden ayu¬darme algunas preguntas como las que siguen. Pero recordaré que las Bienaventuranzas no son leyes o mandamientos, ni se tra¬ta de hacer un examen moral, sino de pedir conocimiento inter¬no de mi estado espiritual de hijo y de motivarme para pedir.
Cuando me toca sufrir a causa de mi estado de vida, sea cual fuere: ¿Creo que cuanto sobreviene es superior a mis fuer¬zas? ¿Caigo en la tentación de huir, de desistir, de desear la muer¬te, o más bien me abandono en las manos de mi Padre que no pone sobre nosotros una carga superior a nuestras fuerzas, como el amo no la pone tampoco sobre su asno? ¿La llevo con gozo porque contento a mi Padre Dios y sabiendo que «ningún sufri¬miento de la vida presente tiene comparación con la gloria que nos espera»? (Rm 8, 18)
Así, ¿soporto con paciencia y amor la persecución, en todas sus formas: vacíos, acusaciones, olvidos, burlas, descalificación de mí persona, etc.?
Por el contrario: ¿rezo por mis perseguidores? ¿Resisto en la persecución para que no se empañe la gloria del Padre?, ¿sobre¬llevo con gozo interior, y hasta exterior si se me da la gracia, esa persecución en vez de sentirme avergonzado ante los persegui¬dores?
Si soy casado o casada, ¿mantengo delante de los demás los gestos dignos que muestran mi fidelidad y amor matrimonial; de¬licadeza en las relaciones y hasta en la forma de vestir como res¬peto recíproco? Si soy sacerdote, consagrado o consagrada ¿llevo con honor mi distintivo de la vocación recibida? ¿Me avergüenzo de mis signos sacerdotal es, religiosos? ¿Me mimetizo para no ‘de¬sentonar’ o para ‘parecer normal, como todo el mundo’? En mi vocabulario, mi modo de vestir, espectáculos… ¿cedo a presiones de los hombres que no quieren verme diferente de ellos?

En la persecución, ¿me mantengo firme en el testimonio al nivel que corresponde o como Pedro en la Pasión, niego al Se¬ñor de mil maneras?

¿Pido al mismo tiempo al Señor, por mi propia conversión y la conversión de mis perseguidores?

Por último ¿amo a mis perseguidores como el Padre nos ha amado, perseguidores y autores de la muerte de Jesús, porque el pecado que entró en el mundo, también tiende a dominarme?

JESÚS,
PERFECTA IMAGEN Y SEMEJANZA DEL PADRE,
DAME UN CORAZÓN DE HIJO.

Acerca del autor

Temas relacionados

0 Comentarios

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: