Espero la resurrección de los muertos: Rodrigo Aguilar Martínez Obispo de Tehuacán

Espero la resurrección de los muertos: Rodrigo Aguilar Martínez Obispo de Tehuacán

Espero la resurrección de los muertos

Acabamos de celebrar, el día 2 de Noviembre, la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos o, más sencillamente, el “Día de muertos” y que en cierto modo se prolonga su espíritu a lo largo del mes de noviembre.

La muerte es el final de la vida terrena. Para muchos ir al cementerio significa estar cerca de donde fue sepultado el cuerpo del ser querido, como queriendo acompañarle pero sin poder volver a tener ese encuentro físico que tantas veces alimentó la relación con dicha persona.

Mientras más vivimos, más vamos experimentando la partida definitiva de seres queridos. Y un día también nosotros moriremos, no cabe duda.

Para quien no tiene fe, la muerte es una puerta que se cierra tras la pérdida de la persona amada, quedando sólo su recuerdo y sus obras; la muerte puede ser una desgracia.

Para quien tiene fe, la muerte es positiva. Así decimos en el prefacio de difuntos: “La vida de los que creemos en ti, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.”

En la participación de la Misa dominical, nos unimos expresando nuestra fe con la oración que llamamos “Credo”. En una de las últimas frases decimos “espero la resurrección de los muertos”. En otra fórmula de dicha oración, decimos “creo en la resurrección de la carne”. Las dos frases significan lo mismo y están muy bien explicadas en el Catecismo de la Iglesia Católica especialmente a partir del número 988.

Podemos preguntarnos: ¿En qué consiste la muerte? ¿En qué consiste la resurrección?

La muerte es la separación del cuerpo y del alma. El cuerpo se corrompe y el alma va al encuentro con Dios, en la espera de reunirse después con su cuerpo glorificado. Cristo Jesús murió verdaderamente, pero su cuerpo no se corrompió, sólo fue sepultado y al tercer día resucitó, con el mismo cuerpo marcado, por ejemplo, con los agujeros de los clavos y de la lanza; pero con un cuerpo glorificado, que podía atravesar muros y puertas cerradas. Ahora vive para siempre, sin poder volver a morir, pues ha entrado en una vida nueva, glorificado y deseando acoger en su glorificación a todos sus discípulos; pero no se impone, sino que ofrece su gracia y respeta el uso libre de la responsabilidad de cada uno.

Nuestra resurrección significará que se vuelve a unir el cuerpo y el alma, pero un cuerpo glorificado, ya incorruptible. Todo esto por la resurrección de Jesús. “Si hemos muerto con Cristo, viviremos también con Él” (2 Timoteo 2, 11). “Los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Juan 5, 29).

Nuestra oración y el acompañamiento que hacemos de nuestros difuntos, es con la petición esperanzada de que ellos resuciten para la vida, no para la condenación. Y así queremos nosotros asumir esta vida terrena, preparándonos para resucitar a la vida de gozo eterno con Dios. Por eso, “gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo” (Catecismo, número 1010). San Pablo dice: “Para mí, la vida es Cristo y la muerte una ganancia” (Filipenses 1, 21). Nos preguntamos ¿De qué manera la muerte puede ser una ganancia? Porque nos concede el encuentro definitivo con Cristo, quien es nuestra vida. De hecho san Pablo dice: “Me hacen fuerza dos cosas: por una parte, morir y estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; por otra, seguir viviendo en este mundo porque es necesario para ustedes” (Filipenses 1, 23-24). Y él mismo concluye con la segunda opción, intuyendo que Dios quiere que siga en esta vida, para bien de los que pueda ayudar.

De modo que esperemos en la resurrección para la vida eterna con Dios, por parte de quienes ya han muerto; y, por parte nuestra, continuemos esta vida terrena haciendo el bien, para conseguir luego esa meta definitiva del gozo eterno con Dios.

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