El periódico Gaudium  de la Arquidiócesis de León

El periódico Gaudium de la Arquidiócesis de León

El periódico  el gaudium de la Arquidiócesis de  León publica un excelente articulo acerca del »¿Por qué el miércoles, y por qué ceniza? » Fundamental en la doctrina del católico, hoy en día  tiene necesidad el católico de que  sea instruido por nuestros sacerdotes para una solida formación de nuestro credo.» Articulo publicado por el mismo periódico el

Gaudium de la Arquidiócesis  de León

Dios llama a todos los hombres a entrar en comunión con Él. Pero se trata de hombres que son pecadores. Que dejándose llevar por su fragilidad aceptan  voluntariamente el yugo del pecado. La respuesta a la llamada de Dios exigirá de parte de ellos, como punto de partida una conversión, y luego, una actitud de penitencia. Por ello, la penitencia ocupa un lugar importante en la revelación bíblica. Sin embargo, el vocabulario que lo expresa ha adquirido su significado pleno solo poco a poco, a medida que se profundizaba la noción de pecado.

Desde la época antigua, se sabe que el vínculo de la unidad entre Dios y la comunidad  puede ser roto por culpa de los hombres, ya sea a causa de los pecados colectivos o de los pecados individuales, que envuelven de cualquier manera a toda la comunidad.  Para alcanzar el favor divino se implora su perdón mediante prácticas ascéticas y liturgias penitenciales: se ayuna (Jue 20,26; 1Re 21,8ss), se rasgan los vestidos y se cubren de sayal (1Re 20,31s; 2Re 6,30; 19,1s; Is 22,12; cfr. Jon 3,5-8), se acuestan  sobre ceniza (Is 58,5; cfr. 2Sam 12,16).

Las acciones simbólicas podían ser esparcirla en la cabeza, tenderse y revolcarse en ella o sencillamente sentarse sobre ella. Otros de los signos principales de la ceniza era el ayuno, para lo cual los judíos, en particular los fariseos, se cubrían, como signo principal, el rostro con cenizas (Cfr. Mt 6, 16-17). Se recurría también a la ceniza  para expresar el arrepentimiento y la penitencia (Job 42,6). En este contexto, la ceniza simboliza primero el pecado y la fragilidad del hombre. La Biblia compara entonces el corazón del pecador con la ceniza. Isaías describe al idólatra como alguien “que ama las cenizas” (Is 44,20). El sabio dice de él: “cenizas es su corazón, más vil que la tierra su esperanza, más insignificante que la arcilla su vida…” (San 15,10). Aquí, cenizas, arcilla, tierra son sinónimos. Su corazón es ceniza: es una cita textual de Is 44,20s, según la versión griega. El contexto de Isaías es el mismo que el de la Sabiduría: se habla del fabricante de ídolos. La ceniza o residuos del fuego ya apagado no sirve para nada; la mente o corazón del fabricante de ídolos, absorto en su innoble trabajo no tiene fruto.

Por todo esto, la Biblia insiste en que el salario del pecado no puede ser sino cenizas. Ezequiel en las palabras que lanza contra el rey de Tiro que ha dicho de sí, ser un dios y de ser más inteligente  y más rico que todos los otros seres humanos (Ez 28, 2-5), será arrojado y humillado: “Por la multitud de tus culpas, por la inmoralidad de tu comercio, has profanado tus santuarios. Y yo he sacado de ti mismo el fuego que te ha devorado; te he reducido a cenizas sobre la tierra” (Ez 28, 18).

Por otro lado, podemos captar también que la Biblia deja ver que el pecador, más que obstinarse en su orgullo propio ( “¿por qué se enorgullece el que es tierra y ceniza? ¡si ya en vida es su vientre podredumbre!”: Eclo 10,9), toma conciencia de su pecado, confiesa entonces que no es otra cosa sino  “polvo y ceniza” (Cfr. Gen 18,27; Eclo 17,32) y para demostrar a los demás y a sí mismo que está profundamente convencido de su miseria, se sienta en ceniza (Job 42,6; Jon 3,6; Mt 11,21) y se cubre de ella (Judt 4,11-15; 9,1; Ez 27,30).

Vale la pena detenernos a analizar un caso clásico que viene espontáneamente a nuestra mente y que representa un modelo que nos ayudaría a profundizar en el significado de la ceniza: la historia de Jonás y la conversión de los ninivitas. En la primera parte del libro de Jonás, al encargo de predicar sigue la fuga de Jonás en una barca que corre el peligro de naufragar, cosa que, conduce a los marineros a reconocer a Yahvé como Dios (1,3-16). Paralelamente en la segunda parte del libro, se narra que Jonás realiza el encargo que Yahvé le da y los habitantes de Nínive acogen positivamente su anuncio (3,3-10). Y entonces sucede lo inesperado: la gente de Nínive cree en el mensaje de Jonás y se arrepiente: “los ninivitas creyeron en Dios: ordenaron un ayuno y se vistieron de sayal desde el mayor hasta el menor” (3,5). Es muy conmovedora la descripción de cómo la entera ciudad de Nínive  se cubre con vestidos penitenciales y de cómo todos, incluidos los animales, ayunan. Se puede percibir inmediatamente que su conversión y lo que ella conlleva es auténtica. No organizan una evacuación en masa, no recurren a “ídolos vacíos” ni a sus templos ni a sus sacerdotes. Organizan un acto de penitencia colectiva, creyendo que merecen el castigo y que aún es posible apartarlo, y que para eso les dan un determinado plazo; pero de momento, la penitencia muestra sólo un aspecto externo, ritual. Tocará al rey el paso siguiente.

El rey proclama la conversión: “que cada uno  se convierta de su mala conducta y de la violencia que hay en sus manos”: (3,8b). Y añade: “Quizá Dios se vuelva y se arrepienta, se vuelva del ardor de su cólera y no perezcamos” (3,9). Es muy interesante y sorprendente las palabras del rey que invitan a la conversión, un aspecto central en el libro de Jonás que tiene como intención mostrar que la conversión es  siempre posible.  Ya no se trata del profeta que habla, sino del rey que publica un decreto oficial al estilo persa, del rey de la “gran ciudad”, llena de maldad y de violencia que quiere atraer el perdón misericordioso de Dios. El rey mismo da ejemplo de conversión con una acción profundamente penitencial. Es una escena de penitencia ejemplar el v.6: “Se levantó de su trono, se quitó su manto”. El rey se levanta ahora para abajarse, para humillarse, iniciar una actitud penitencial y conseguir el perdón divino por el pecado cometido (3,9).

La ceniza, al mismo tiempo que es símbolo de penitencia, quiere expresar también la tristeza del hombre anonadado por la desgracia, indudablemente porque supone una relación estrecha entre la desgracia y el pecado. Recordemos el ejemplo de Tamar que despreciada se cubre de cenizas (2Sam 13, 19). Lo mismo sucede a los judíos amenazados de muerte por el ejército sirio (1Mac 3,47; 4,39). El hombre trata así de poner en evidencia la condición a la cual ha sido reducido (Job 30, 19) y llega hasta alimentarse de cenizas (Sal 102 10). Pero, cuando el luto lo azota, es cuando experimenta con intensidad su propia nada, y lo expresa cubriéndose la cabeza de ceniza (Jer 6,26).  La actitud de vestirse de sayal y sentarse sobre ceniza de parte del rey de Nínive manifiesta el deseo de ponerse en actitud de confesión pública. Y en este personaje vemos el ejemplo del hombre que se reconoce pecador y frágil, tratando de conseguir la misericordia divina.

En el Nuevo Testamento, como ya habíamos indicado más arriba, se habla del “vestirse de sayal y sentarse en ceniza” como símbolos de una antigua forma de penitencia o de duelo. Tenemos por ejemplo a Lc 10,13. Consideremos uno de ellos:

¡Ay de ti, Corazaín! ¡Ay de ti, Betsaida!  porque si en Tiro y Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ustedes hace tiempo que, en saco y ceniza, se habrían   convertido.

Jesús se presenta como portavoz de Dios, que no duda en lanzar una requisitoria profética contra las ciudades que han sido testigos de su predicación y de sus portentos. Jesús compara esas ciudades favorecidas por sus milagros y muestras de poder con las malditas Tiro y Sidón, ciudades paganas  y blanco de la predicación de los grandes profetas de la antigüedad. En este texto, en el cual Lucas conserva las invectivas contra las ciudades evangelizadas por Jesús durante el periodo histórico de su ministerio, hay también un mensaje para los lectores cristianos del evangelio y para las generaciones subsiguientes. Su palabra, por tanto, insiste en la responsabilidad que incumbe a todo destinatario de su mensaje. Cerrarse al reto de la palabra es rechazar al portavoz del propio Dios. Es necesario abrirse a la salvación con una actitud sincera de conversión y arrepentimiento. En este sentido, “vestirse de sayal y sentarse en ceniza” se refiere al arrepentimiento. 

El carácter y significado penitencial de la ceniza estuvo presente en la Iglesia desde sus orígenes. Ya el Papa Ceferino (198? -217) es descrito vestido con traje de saco y empolvado de ceniza. Tal sería el vestido tradicional de la penitencia. La imposición de la ceniza es, por tanto, un sacramental que hace referencia a una actitud profunda de penitencia.  El día de la ceniza señaló, desde el siglo VIII, el comienzo de los ayunos cuaresmales. En sus principios, la imposición de la ceniza formó parte del ceremonial de la penitencia de los pecadores públicos. Éstos, que necesitaban expiar sus culpas y recibir el sacramento de la penitencia como un segundo bautismo, se presentaban, al inicio de la Cuaresma, recubiertos de ceniza y vestidos de cilicios. Cuando terminaba el tiempo señalado para la penitencia, el Jueves Santo, eran reconciliados por medio de la absolución, que recibían después de haber expiado suficientemente sus propias culpas. Esta ceremonia comprendía la recitación de los salmos penitenciales y de las letanías de los santos.

Los fieles, para expresar su arrepentimiento y para obtener de Dios el perdón de sus culpas con la confesión pascual, muy pronto se asociaron a esta penitencia, observando lo que pedía el tiempo de Cuaresma y recibiendo la ceniza el miércoles anterior al primer domingo de la misma. Por este motivo, fue llamado, miércoles de ceniza. Cuando en el siglo X y XI la penitencia pública decayó de su rigor y pasó  a ser una ceremonia  o rito sagrado, la imposición de la ceniza se prescribió para todos los fieles como lo mandó el Papa Urbano II (1088 – 1099) en el concilio de Benevento de 1091. Las cenizas, desde entonces, de las hojas de palma y ramos secos guardados del último domingo de ramos. Esta norma sigue vigente en el actual misal romano que lo indica en las rúbricas del Domingo de Palmas.

La liturgia del miércoles de ceniza en la liturgia de bendición de ésta recuerda muy bien su significado primigenio: “Bendice esta ceniza, que vamos a imponer sobre nuestra cabeza, en reconocimiento de que somos polvo y al polvo hemos de volver ….” . Este mismo significado se hace saber a los fieles con las fórmulas ya conocidas que recuerdan al mismo tiempo, la fragilidad del hombre (Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris: Gn 3,19) y el arrepentimiento que debe traer consigo la imposición de la ceniza.

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1 Comentario

  1. Egle Lara

    Soy una joven catolica que esta en la busqueda de una relacion seria con fines matrimoniales, pero con un caballero con los valores cristianos. Que pertenezca algun movimiento, ( Pastoral, ESCOGE, catecumeno, carismatico…) Tel. Cel. 4611691135 tengo 34 años, sin hijos, soy totalmente libre.

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