Construyendo sobre roca firme. Los valores: ¿Qué es el hombre?, significado de la vida y su orden: Por P. Thomas Williams

Construyendo sobre roca firme. Los valores: ¿Qué es el hombre?, significado de la vida y su orden: Por P. Thomas Williams

Costruyendo sobre roca firme: Los valores.
Mientras unos promueven lo contrario, el anti valor, el P. Thomas Williams, describe tres aspectos básicos, fundamentales para los hombres, viajemos por las lineas de construir sobre la palataforma de vida de los valores.

¿Quién es el hombre?

Si nos atenemos a estas dos fuentes -la experiencia y la revelación-, podemos distinguir cuatro características fundamentales de nuestra naturaleza humana. Éstas nos dan ya una imagen clara de lo que somos en el corazón mismo de nuestro ser: 1) Somos creaturas, 2) hechas a imagen y semejanza de Dios (racionales y libres), 3) compuestas de cuerpo y alma, 4) con una naturaleza herida por el pecado original.

Ante todo, somos creaturas. No imaginemos con este término ese repugnante lagarto verde que salía de una laguna negra para agredir a gente inocente. Una «creatura» es, simplemente, lo que ha sido creado. Tú y yo no hemos existido siempre; ni siquiera el género humano. No es éste el lugar para discutir sobre las teorías creacionistas o sobre la evolución. El modo en que Dios creó al primer hombre es mucho menos importante que el hecho mismo de que lo creó.

El hecho de que seamos creaturas lleva consigo algunas conclusiones muy interesantes. Para empezar, dependemos fundamental e intrínsecamente de Dios, nuestro Creador. A nosotros, hombres y mujeres de nuestro tiempo, nos gusta pensar con frecuencia que somos totalmente autónomos y suficientemente grandecitos para cuidarnos solos. Esto es verdad, pero hasta cierto punto, pues en el origen mismo de nuestro ser está el hecho de nuestra creación. Nuestra vida pende de Aquél que nos introdujo en la existencia y que nos mantiene en ella. Y esto lo compartimos con toda creatura: piedras, minerales, arbustos, peces, cometas y ángeles. No surgimos de nosotros mismos, sino de Dios.

En segundo lugar, el hombre es racional y libre. Hay aquí algo inédito en toda la creación: hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Somos, más que ninguna otra creatura, un reflejo de Dios. Dios nos creó a su imagen, «hombre y mujer los creó», según la expresión del Génesis (1, 27). Como escribió Chesterton: «El hombre no es simplemente una evolución sino una revolución». El hombre constituye una revolución porque es radicalmente diferente del resto de la creación; la única creatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma.

Es cierto que no siempre actuamos racionalmente, pero por naturaleza tenemos la capacidad para pensar y conocer. Somos seres racionales. Esta cualidad es, de hecho, la que nos asemeja a Dios y nos separa del mundo de los demás seres vivientes. Nos otorga, además, la dignidad de personas. Yo no soy un «algo», sino un «alguien».

Porque somos racionales, somos también libres. Esta cualidad, que nos abre un horizonte infinito de posibilidades y nos confiere una dignidad especial por encima de todas las creaturas no racionales, deriva de la dimensión espiritual de nuestra naturaleza. Reflexionamos, ponderamos, deliberamos y actuamos. Planeamos y programamos para el futuro.

La libertad no es sólo un valor en sí mismo, sino también la condición necesaria para entrar en el mundo de los valores. Si fuésemos seres «programados» y obligados a seguir nuestros instintos como los animales, la palabra «valor» no tendría ningún sentido. Porque somos libres, somos capaces de reconocer los valores y de luchar por ellos voluntariamente.

En tercer lugar, somos personas compuestas de cuerpo y alma. No se trata de dos partes distintas unidas artificialmente, sino de dos dimensiones inseparables de nuestra naturaleza unitaria. Somos una unidad. No somos un espíritu aprisionado o sepultado en un cuerpo, como creía Platón; ni una composición de dos sustancias diferentes, una material y otra inmaterial, como consideraba Descartes. Tú y yo no tenemos un cuerpo y un alma; sino que somos cuerpo y alma.

Gracias a esta dualidad presente en nuestra naturaleza, echamos raíces tanto en el mundo material como en el mundo espiritual. Tenemos algunas cosas en común con las plantas y con los animales; en otras cosas nos parecemos más bien a los ángeles. Esto es muy importante porque nos permite entender que el hombre es algo más que materia orgánica. Por lo mismo, nuestros valores tendrán que ir más allá de lo que es bueno para el cuerpo o placentero para nuestros sentidos.

Por último, nuestra naturaleza ha sido dañada, inclinada al mal por el pecado original. Por experiencia sabemos que hay una cierta división dentro de nosotros. Así se explica por qué a menudo nos resulta tan difícil hacer lo que debemos, aunque sepamos que es nuestro deber. Con frecuencia nuestro cuerpo nos sugiere algo, pero nuestra razón propone exactamente lo contrario. No resulta fácil hacer lo que se debe en cada momento; tenemos que luchar duro para vencer y dominar nuestras tendencias. «Dios y el diablo están luchando allí y el campo de batalla es el corazón del hombre», dice Dostoievski en Los Hermanos Karamazov.

Esta grieta interna en el núcleo más profundo de nuestro ser es otro aspecto clave de nuestra naturaleza, que arroja luz para comprender el origen de muchas de nuestras dificultades. Al entender esto descubrimos, además, que uno de los más grandes valores consiste en reconquistar la armonía de nuestro ser. Tenemos que señorear y organizar nuestras facultades según una recta jerarquía.

Estas cuatro características de la naturaleza humana nos ofrecen la llave para entender lo que nos conviene como personas creadas a imagen y semejanza de Dios, dotadas de inteligencia y de libre voluntad, de cuerpo y alma, y heridas en nuestra naturaleza por el pecado. Esta descripción, sin embargo, es aún parcial. Debemos todavía examinar la otra dimensión de nuestro ser: nuestra finalidad o destino.

El significado de la vida

La vida está llena de sentido. Los mil y un episodios que componen nuestra existencia encajan unos con otros en un cuadro más amplio. La vida no es una serie inconexa de experiencias y sensaciones, sino una trama; la vida no es un episodio estático, sino un viaje. ¿Por qué estamos aquí? ¿Hacia dónde vamos? Podemos ofrecer tres respuestas que están relacionadas entre sí.

Dios nos creó para conocerlo, amarlo y servirle en esta vida, y para que, de este modo, lleguemos a ser eternamente felices con Él en el cielo. De todas las creaturas visibles sobre la tierra sólo nosotros somos capaces de conocer y amar a nuestro Creador. Conocer y amar a Dios: para eso estamos aquí; éste es el sentido y la finalidad de nuestra vida sobre la tierra.

Es fácil perder la brújula y pensar que amar a Dios es sólo un aspecto más de la vida, que compite en el mismo plano con nuestro interés por el esquí acuático, el trabajo en la oficina y las películas. No debería ocurrir así. Todas nuestras actividades adquieren su auténtico significado solamente dentro de un esquema más amplio, que es el verdadero sentido de nuestra vida: conocer y amar a Dios. Esto no es una actividad más junto a otras, sino el marco y la motivación de fondo de todo lo que hacemos.

Una segunda respuesta complementaria acerca de nuestro destino lo encontramos en el hecho de que somos mortales. Todos y cada uno de nosotros morirá algún día. Sin incurrir en pensamientos obsesivos, como los que gustaban a Edgar Allan Poe y a Stephen King, hemos de reconocer que la muerte es algo real, importante y digno de consideración.

Evidentemente, esta realidad se puede mirar desde diversos ángulos. El filósofo alemán Martin Heidegger diría que el hombre es «un ser para la muerte». Los epicúreos que vivían en la época de Cristo seguían el lema: «Comamos, bebamos y disfrutemos, que mañana moriremos». Nuestra visión de la muerte condicionará mucho nuestra visión de la vida y, por consiguiente, nuestra visión sobre el verdadero bien del hombre. Si la muerte fuese el fin absoluto de nuestra existencia, la vida sería un absurdo.

Por fortuna, la muerte no tiene la última palabra; sólo abre la compuerta que lleva a la nueva vida. Fuimos creados para una felicidad eterna, inalcanzable en esta vida; junto a ella, la dicha terrena no es más que un reflejo, un entremés, un parpadeo. Desde esta perspectiva podemos comprender esa máxima plurisecular que nos brinda la medida para sopesar todas las cosas: Quid hoc ad æternitatem? -«¿Qué relación tiene esto con la eternidad?»-. Lo que permanece para siempre no tiene comparación con lo que es caduco.

La realidad del juicio final es la última característica de nuestro destino humano. La muerte no es la última palabra, pero tampoco es cierto que la vida terrenal y la vida eterna son dos hechos inconexos. Nuestra vida terrena afecta e incluso decide nuestro destino eterno.

Isaac Newton nos asegura que en la tierra no hay acción física que no produzca un efecto. Asimismo, cada uno de nuestros actos libres produce su efecto. Cada acto, cada buen o mal ejemplo, cada palabra tiene consecuencias eternas. Somos responsables de nuestras opciones, y un día rendiremos cuenta de ellas. Jesús asemeja el cielo a una recompensa, y el infierno a un castigo.

El hecho de considerar que después de la muerte nos aguarda el juicio final, nos ofrece todavía más material para desentrañar nuestro fin último. Un jugador de fútbol, cuando está en entrenamiento, valora ciertos ejercicios y rutinas que en sí mismos parecen de muy poca utilidad. En realidad esas rutinas forman parte de un contexto más amplio, y lo preparan para el momento de la verdad, cuando llegue el juego del domingo. Ese jugador valdrá lo que valga el domingo; por eso hizo lo que hizo de lunes a sábado. Nuestro verdadero bien, aquí y ahora, es aquello que podamos considerar como bueno en vista de la eternidad.

Mantener el orden

Además de examinar las características esenciales de nuestra naturaleza y de nuestro destino, conviene hacer un inventario de las herramientas que tenemos a mano para conseguir nuestras metas, es decir, nuestras cualidades, talentos y capacidades. Este inventario de nuestro mundo interior será una magnífica ayuda en nuestro proyecto de forjarnos como hombres y mujeres de sólidos valores.

¿Qué instrumentos tenemos a disposición para alcanzar nuestros objetivos? Nosotros, que estamos compuestos de cuerpo material y alma espiritual, poseemos ciertos poderes o facultades. Una facultad es simplemente una capacidad para llevar a cabo un determinado tipo de acción.

Si observamos un automóvil subiendo una cuesta podemos estar seguros de que cuenta con un motor dentro. Cada acción requiere una capacidad, un poder para llevarla a cabo. Si tú y yo podemos ver, necesariamente poseemos la facultad de la vista. Si pensamos y razonamos, es porque tenemos el poder para pensar y razonar. Este poder es la facultad de la inteligencia. Nos damos cuenta de nuestras facultades al observar nuestras acciones y las de los demás.

No todas las facultades están en el mismo nivel. La habilidad para olfatear no es, definitivamente, tan sublime como la habilidad para razonar. Puesto que somos una unidad, todas nuestras facultades trabajan juntas y todas son importantes, pero guardando cierto orden.

Supongamos, a modo de comparación, que cada uno de nosotros es un velero que cruza el océano. Los instrumentos, la tripulación, las condiciones de navegación, todo entra en juego en nuestra travesía por la vida. Todas las partes del bote tienen que trabajar juntas y armónicamente para que la nave funcione adecuadamente. Cada parte tiene un objetivo particular.

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