Longitud de la eucaristía para un enamorado. Pedro Peredo.

Longitud de la eucaristía para un enamorado. Pedro Peredo.

Longitud de la eucaristía para un enamorado. Pedro Peredo.


franciscoeucar
Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, y os llenéis de toda la plenitud de Dios. Ef 3 17-19.

¿Quién podrá sondear el amor de Cristo, sí es un abismo?, ¿quién lo podrá medir sí es la verdad, inmenso? Hay sin embargo, entre las obras del amor divino, una en la que, sin dejar de ser misterio, aparece ese amor más a nuestro alcance y se baja a nuestra limitada inteligencia: es la eucaristía. Contemplemos sus proporciones divinas, está primera será la longitud.

Cuál es la longitud de su duración.- ¿Cuándo nació? ¿Habrá de extinguirse la vida eucarística de Cristo?

Nació en la noche de la traición, en la noche de la agonía y abandono. Todos los siglos, con todo lo que han contenido, con todo lo que guardan todavía de olvido y de ingratitud, de blasfemia y de odio para el Cristo del cenáculo, oprimieron cruelmente aquel corazón divino, le abrieron ancha herida.
Nació la noche en que sus amigos lo vendieron y renegaron de Él y lo abandonaron cobardemente. Pero no, digo mal; no nació esa noche, esa fue la hora de la realización. Pero en su corazón y en silencio de Belén y Nazaret palpitaba esa locura de amor.

Más sí Cristo tiene un corazón humano que empezó a latir en el tiempo, tiene también un corazón divino, es decir, un amor que no ha tenido principio, que es eterno porque es la ausencia misma de la divinidad: dado que la Eucaristía es la obra del amor de Cristo, antes que de su amor humano, la Eucaristía tiene su origen en el seno de Dios y se pierde en la eternidad.

¿Y cuánto durará la eucaristía de Cristo? Hasta la consumación de los siglos (cfr. Mt 28, 20).Mientras haya una lágrima que enjugar, mientras exista un amor que compartir, mientras viva sobre la tierra un pecador por quien ofrecerse en expiación, ¡la Eucaristía continuará palpitando en el silencio de nuestros sagrarios abandonados…!

¡Ah!, cuando mis ojos moribundos contemplen por última vez la hostia de mi viatico quisiera sellar mis labios con estas palabras: Yo muero; pero Él, ¡Él no morirá jamás!, se apagará la lumbre de mis ojos que tantas veces se han bañado en la luz de ese sol divino, quedarán yertos mis labios que tantas veces le han dicho palabras de amor; mis miembros rígidos no me permitirán arrastrarme siquiera hasta el píe de su sagrario, donde de día y de noche pase las mejores horas de mi vida, dejará de latir este corazón que tanto lo ha amado… moriré, sí; pero, ¿qué importa? ¡Él no muere! Ese astro divino seguirá iluminando a las nuevas generaciones que continuarán ofreciéndole su adoración y amor; esa hostia santa, inmaculada y pura seguirá brillando en el ocaso porque es ¡de ayer, de hoy, y de todos los siglos y su reinado no tendrá fin! (cfr. Heb 13, 8).

Tal es la longitud de la Eucaristía.

Reflexión inspirada sobre el libro del Padre José Guadalupe Treviño: «La eucaristía».

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