San Pío X,  “Padre de su Pueblo”

San Pío X, “Padre de su Pueblo”

San Pío X
“Padre de su Pueblo”

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Todos los testimonios enaltecen la caridad del patriarca de Venecia. Era una caridad ilimitada y realmente “proverbial”

“Para remediar la miseria de los pobres- que era tan grande entonces en la ciudad de Laguna- daba lo que podía y más” “sin preocuparse de sí mismo, seguro de que la Providencia divina no permitiría que le faltara lo necesario para el cumplimiento de sus deberes”.

Cada tres meses nuestro cardenal cobraba la asignación de la Mesa Patriarcal, pero a mitad del trimestre- así lo aseguran autorizados testigos venecianos- ya no tenía un céntimo, porque “todo el dinero se le iba en limosnas”.
Había momentos en que, “para proveer a los gastos de la casa, s veía obligado a pedir en préstamo algunos centenares de liras”.

Por tanto, no mentía cuando a un párroco de Mantua que recurría a él para pedir ayuda, le escribía:
“Me avergüenza responderos con esta mísera oferta; pero debo confesar que no puedo hacer absolutamente nada más, porque si en Mantua he sido siempre pobre, aquí he llegado a ser un mendigo”.

Y bien podía escribir así y llamarse mendigo, “porque llevaba su caridad hasta el extremo de privarse del último céntimo que aún le quedara en el bolsillo.”

Una vez, un familiar le pidió una limosna para un pobre. El patriarca no se lo hizo repetir: sacó su monedero, lo abrió, y, vaciándolo en las manos de su familiar, le dijo: “Ten; toma todo lo que me queda.”

“las exquisiteces de la mesa no han sido hechas para mí.” Decía un día a un canónigo de Treviso, huésped en el Palacio Patriarcal. Y añadía: “Piense que hoy una familia, y no de la más humilde categoría social, habría pasado hambre si no le hubiese enviado un auxilio- ¡Y son tantos – concluía con visible emoción- los que viven en tan extrema pobreza!…” al mismo tiempo, “con un sentimiento de profunda compasión, hablaba de cartas, de suplicas, de solicitudes que le llegaban de todas partes.”

Y el hombre de Dios – el hombre de fe que no pedía nunca nada para sí, el hombre de caridad que no pensaba en acumular dinero para la vejez o para entregarlo a sus parientes, daba continuamente, y se lamentaba de que las 22,000 liras de la Mesa Patriarcal fuesen insuficientes para los impulsos de su desmedida caridad. Y daba tan generosamente que cuando no tenía nada más que dar, no vacilaba en despojarse de sus propias vestiduras y de privarse de objetos muy queridos, aumentando así el merito de la limosna con el sacrificio de recuerdos dulcísimos.

“lo siento muchísimo – decía un día a un caballero arruinado, en extrema necesidad- pero no tengo un céntimo. Tómese este pequeño Crucifijo de marfil que perteneció al angélico Pío IX. Es un objeto de arte de mucho valor: podrá obtener por él una buena suma.”

Con tan elevado espíritu de caridad se comprende que el pueblo pudiera decir: “El primero de los pobres de Venecia es nuestro patriarca.” Y se comprende también que el santo pudiese repetir, con toda verdad, a su sobrino Juan Bautista Parolin, párroco de Possagno: “Bautista, no encontrarás nada cuando yo muera.”

Sus familiares hubieran querido limitar el número, siempre creciente, de los pobres que acudían solicitando sus limosnas. Pero él había dispuesto que todos pudiesen llegas hasta él y, más de una vez, reprendió severamente a su secretario Mons. Bressan o a su ayuda de cámara, Juan, porque habían despedido a algún pobre, diciéndoles:

“Acordaos de que los pobres deben ser los preferidos.”

Pero esto no le bastaba.

No satisfecho con tener abierta a todos los pobres la puerta del Palacio Patriarcal, era él mismo quien iba en busca de los seres más miserables y más desdichados.

Nadia ha podido contar sus pasos, tan hermosos, de misericordia, y tan luminosos, de confiado abandono en Dios, para llevar a los tugurios más desolados, donde más desesperado era el llanto y más atroz el sufrimiento, la sonrisa de su bendición acompañada de un gesto generoso nacido de la grandeza de su corazón de padre.

¿Qué pobre, perdido en la vida, avergonzado de su propia miseria, no sintió las vibraciones de su alma, el palpitar profundo de su caridad?

¿Cuántas angustias por un mañana dudoso encontraron en los pliegues de su purpura la calma deseada, el consuelo suspirado?

Pero, ¿Quién conocerá los sacrificios y las privaciones que se imponía para secar lágrimas arrancadas por la adversa fortuna o por el egoísmo de la vida, para consolar secretos dolores, para soportar las amarguras de cada día, no avergonzándose, cuando ya se había despojado de todo, de extender sus manos a los poderosos y a los ricos patricios para que se movieran a piedad de aquellos a quienes la vida reservaba las angustias de la miseria y las estrecheces de la indigencia?

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