San Pío X
Un luto doloroso
Pero el segundo año de su vida de Seminario habría de llorar lágrimas amargas.
El alguacil de Riese, a fines de abril de 1852 hubo de guardar cama, muriendo después de algunos días de enfermedad.
Aquella muerte hizo sangrar el corazón del joven seminarista, porque suponía para su madre una vida oscura de sufrimientos, dificultades y angustias que debían renovarse cada mañana y cada noche.
No se turbo.
Aceptó, como tomándola de las manos de Dios, tan amarga desventura y volvió a estudiar con más incansable energía. Concluyo un año escolástico con la nota “eminentemente distinguido.”
Las vacaciones
En los tres meses de estío que los alumnos de aquellos seminarios pasaban en casa, nuestro José volvía siempre a contemplar con emoción gozosa su casuca paterna. Durante aquellos tres meses sus delicias eran la Iglesia y la parroquia; sus ocupaciones, el estudio y la oración; su pasión, la música sacra.
Alguna tarde iba a casa de su hermana Teresa y de su cuñado Juan Bautista Parolin, y frecuentaba con el párroco y el capellán la quinta de la condesa Marina Loredán- Gradenigo, que había sido dama de la Corte de Napoleón I.
Pero, después, algo le oprimía el corazón.
Cuando las vacaciones tocaban a su término, le turbaba y angustiaba un pensamiento: su pobreza.
Y, entonces, antes de volver al Seminario, con humildad, con abatimiento, no sin ningún rubor en las mejillas, llamaba a la puerta de la buena gente de Riese para reunir aquel dinero que necesitaba para sus pequeños gastos.









