San Pío X “La lucha contra el Modernismo”

San Pío X “La lucha contra el Modernismo”

San Pío X

“La lucha contra el Modernismo”

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“la lucha contra el Modernismo, a la que Pío X se lanzo con todo ardor, hizo de él un apóstol de las reivindicaciones de lo sobrenatural.”

El Modernismo

Se ha testimoniado con verídicas palabras que si Pío X no hubiera tenido  otro merito que el de haber eliminado del místico campo de la  Iglesia el modernismo, ello solo bastaría para colocarlo en la gloriosa vanguardia de aquellos Sumos Pontífices que fueron los más intrépidos paladines de la fe de Cristo.

 

Pero, ¿qué es el Modernismo?

En las postrimerías del siglo XIX un grupo de estudiosos de los problemas religiosos, pero escasamente preparados por su total ignorancia de una sana filosofía, identificándose con una cultura que desbocaba en la más radical incredulidad, en la turbulenta locura de sus mentes soberbias y rebeldes, se habían hecho la ilusión de renovar el Cristianismo y de modernizar la Iglesia, porque esta –así lo proclamaban aquellos ilusos- no respondía ya a la mentalidad ni a las exigencias de la vida moderna, al mismo tiempo que, con inaudita hipocresía y asombrosa audacia, proclamaban a los cuatro vientos su propósito de querer “permanecer siempre fieles a la Iglesia y a la fe de Cristo.”

 

Después de veinte siglos de Cristianismo, el mundo –según el pensamiento modernista- necesitaba nuevas Tablas de la Ley.

 

Las palabras de ciencia, de progreso, de libertad y de independencia, de viejas ideas y viejos sistemas, ahora declarados fuera del tiempo por un nuevo método de crítica, exaltaban con una inquietud alarmante las inteligencias, mientras un sentimiento de novedad de fisonomía incierta y vagos contornos que por doquier se advertía, encantaba a los incautos; mientras tanto, en una atmosfera pesada e inquietante que parecía oprimir a las almas, se delineaba y precisaba cada vez más sus contornos, ensanchando diariamente su radio de acción, un fatal “movimiento doctrinal que intentaba minar los fundamentos del dogma católico bajo el pretexto de modernizarlos.”

 

No se trataba –como tantas veces ha acaecido en el curso de la historia de la Iglesia –de un grupo de hombres que se declaraba abiertamente contrario de un determinado dogma o de una verdad determinada, sino de hombres que, bajo la máscara de “cristianos y católicos que Vivian en armonía con el espíritu de la época” intentaban, con audacia inconcebible, el más rotundo aniquilamiento del Cristianismo, que se obstinaban en permanecer dentro de la Iglesia para hacer aun un más cruel escarnio de la verdad.

 

No era ya un cisma, un error, una herejía o una secta, sino la más monstruosa complicación de todos los errores pasados y todas las antiguas herejías que cubiertos con el nuevo nombre de “modernismo” obscura e insidiosamente, se agitaban en una negación universal, atentando contra la vida de toda idea sobrenatural.

 

Bien pocos –y resulta penoso tenerlo que decir- habían advertido el veneno que escondían aquellas doctrinas del modernismo, revestidas exteriormente de ciencia y de cultura.

 

El 25 de noviembre de 1895, una carta pastoral del Episcopado piamontés dio  la voz de alarma.

 

El momento era grave.

 

Pero sobre la montaña santa de Dios estaba el Vicario de Cristo, que escrutaba las aberraciones del pensamiento moderno y contemplaba impávido los amenazadores nubarrones que se formaban bajo el cielo de la Iglesia.

 

Se llamaba Pío X.

 

Ya antes de escalar la Cátedra de Pedro, siguiendo de cerca las distintas directrices de la ciencia moderna, había descubierto la poderosa tendencia hacia un “nuevo cristianismo” que, como una calamidad, sacaba de quicio todas las fuerzas que desde siglos gravitaban en torno de la órbita eterna e inmutable de la verdad revelada. Como obispo de Mantua y patriarca de Venecia, lo había ya denunciado con vigorosas cartas pastorales, sin cesar de robustecer la obediencia del papa y de recomendar más sincera  fidelidad a las queridas e inviolables tradiciones de la iglesia.

 

Estaba el papa, pues, desde hacia tiempo, presto a blandir la lanza y a clavarla con mano firme en las raíces de la nueva herejía que, con el silbido de la serpiente y con la máscara del primer traidor a Cristo, intentaba, con los más diversos procedimientos, el aniquilamiento de la verdad y la destrucción de la vida de las almas y de la misma vida de la Iglesia.

 

Pero antes  de comenzar la dura y gigantesca batalla, alzo en varias ocasiones su voz, en tono de represión paternal, para que los paladines de la “nueva doctrina” dominados por las pasiones de su corazón, imitasen el arrepentimiento del hijo prodigo de la parábola evangélica y encontrasen la fuerza y el valor necesarios para repetir con ánimo sincero: Surgant et ibo ad patrem.

 

Las primeras advertencias

 

Por ello, firme y decidido a custodiar y defender el campo de la Iglesia, que le había sido confiado por Dios, apenas transcurridos cuatro meses desde su elección al Pontificado, rompe todo miramiento y, sin admitir atenuantes o soluciones intermedias, ordena que no se demore por más tiempo el hacer pública la sentencia – preparada ya en los últimos meses del Pontificado de León XIII – que condenaba las obras del sacerdote Alfredo Loisy, el cual, propugnando una revisión fundamental del Cristianismo, había terminado por negar todas las doctrinas de la Iglesia y todo el dogma católico.

 

Tres meses después, el 21 de marzo de 1904, dirigía Pío X al mundo católico, en conmemoración del XIII Centenario de la muerte de San Gregorio el magno, una encíclica en la cual, tras haber evocado con vigoroso trazo la figura de este gran Pontífice, “verdadero consuelo de Dios” en medio de la barbarie de las devastaciones de su época, reclamaba contra la negación del orden sobrenatural aplicada a la ciencia y a la cultura del modernismo, al que denominaba “hodiernus error idemque maximus”.

 

“Por otra parte se viene alborotando –así escribía- que en el tiempo de la Iglesia ha terminado, que  sus doctrinas han pasado para siempre y que, dentro de poco, tendrá que decidirse a aceptar los dictámenes de la ciencia y de la civilización.”   

 

Una ciencia solo de nombre,  una ciencia falsa que niega todos los principios sobrenaturales, trae consigo el postulado de una crítica histórica igualmente falsa. Todo lo que se refiere al orden sobrenatural queda, sin más razones, excluido de las páginas de la historia: así, la divinidad de Jesucristo, su Encarnación, su Resurrección, todo solo dogmas de la fe.

 

Manchando la ciencia de este modo por un falso camino, no hay ya leyes críticas que la retengan y a su capricho quita de los Libros Santos todo lo que no es de su agrado o reputa contrario a las tesis preestablecidas que quieren demostrar. Así, quitado de en medio el orden sobrenatural, la historia de los orígenes de la Iglesia debe necesariamente concebirse no como la entendieron los autores de los documentos, sino de la manera que más les agrade a ellos.

 

Y, considerando las gravísimas consecuencias de los errores modernos divulgados por todos los medios y valiéndose de todas las astucias, con palabras que casi se traducían en llanto, añadía:

“Muchos quedan tan prendidos por el extraordinario aparato de erudición de que hacen alarde o por la fuerza aparentemente convincente de las pruebas que aducen, que, o pierden por completo la fe, o quedan gravemente malheridos.

 

Es doloroso tener que aplicar a ciertos hombres, a los que no les falta la agudeza dl ingenio, ni la constancia en las investigaciones, el reproche que San Pablo hacia a aquellos que no saben ascender desde las cosas terrenas hasta aquellas que están escondidas a nuestras miradas: “Se envanecieron en sus pensamientos, se entenebreció su corazón y diciendo que eran sabios se convirtieron en necios.” (Rom 1, 21-22)

 

Pero la verdad –concluía, con la incisiva advertencia del maestro Juez supremo- es una sola y no puede partirse en dos: dura eternamente y no se halla sujeta a las vicisitudes del tiempo. “Jesucristo existe ayer, hoy y a lo largo de los siglos” (Hebreos XIII, 8)

 

El 28 de julio de 1906, en una encíclica llena de amargura, ponía en guardia a los obispos de Italia contra la funesta propaganda de “nuevas y reprensibles teorías” que, más o menos ocultamente, se infiltraban entre las filas de los clérigos jóvenes, “a fin de conquistar – son sus propias palabras- nuevos reclutas para la naciente multitud de rebeldes.” Les exhortaba cálidamente para que “depuesta toda duda, con ánimo vigoroso y constancia ejemplar” quitaran  de en medio “toda mala semilla, fecunda en perniciosísimas consecuencias” mientras “previniendo a distancia la multiplicación de las rencillas” y “poniendo un dique eficaz a este hervidero de ideas y a esta enorme dilatación del espíritu de independencia” decretada enérgicas medidas y severas disposiciones, exigiendo que estas tuvieran “una plena y rápida ejecución”.

 

El 15 de abril de 1907, en una grave alocución consistorial en la cual palpita el eco de sus pastorales de Mantua y de Venecia, denunciaba de nuevo, con palabras salidas del corazón, la impiedad de los intentos de los modernistas y su astucia al divulgar teorías y doctrinas que el definía como “el compendio y el veneno de todas las herejías conjuradas para socavar los fundamentos de la fe y para aniquilar el Cristianismo.”

 

La guerra tremenda que hace brotar amarguísimas lágrimas –decía – es la que procede de la aberración de las mentes y por la cual resuena en el mundo el grito de rebelión por el cual fueron arrojados los rebeldes del Paraíso.

 

Y los rebeldes, sin duda, son los que profesan y difunden bajo formas fraudulentas los errores monstruosos sobre la “evolución de los dogmas, sobre el ‘retorno del Evangelio puro’ expurgado, como dicen ellos, de las explicaciones de la teología, de las definiciones de los concilios, de las máximas de la ascética; “sobre la emancipación de la Iglesia” pero de un modo nuevo, sin rebelarse, para no ser arrojados de ella, pero menos aun someterse a ella para no faltar a sus propias convicciones; y, finalmente, “sobre la adaptación a nuevos tiempos de todas las cosas, en el hablar, en el escribir,  en el predicar una caridad sin fe” lo bastante tibia para los incrédulos y que abre a todos el camino de la eterna ruina.

 

Bien veis –añadía con vigor- que no Nos falta razón al estar angustiados ante este ataque que no es una herejía, sino el compendio y el veneno de todas las herejías que tiende a socavar los fundamentos de la fe y a aniquilar el Cristianismo.

 

¡Si! A aniquilar el cristianismo porque las Sagradas Escrituras, para estos herejes modernos, no son ya la fuente segura de todas las verdades, que pertenecen a la fe, sino un libro común; la inspiración de los Libros santos se reduce para ellos a las doctrinas dogmaticas, entendidas empero a su manera, y apenas se diferencia de la inspiración poética de Esquilo y Homero. Legitima interprete de la Biblia  es la Iglesia, pero sujeta a las reglas de la llamada “ciencia critica” que se impone a la Teología y sujeto a mutaciones y, por lo tanto, queda reducida a la nada la autoridad de los Santos Padres. Y todos estos y otros mil errores los propagan en opúsculos, en revistas, en libros acéticos e incluso en novelas y los envuelven en ciertos términos ambiguos, en ciertas formas nebulosas, para dejar siempre abierto un recurso a fin de no incurrir en una abierta condena, haciendo en sus lazos a los incautos.

 

Era su última llamada.

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