«Santo, santo, santo» Canto expresado en la eucaristía y proclamado por los predicadores.

«Santo, santo, santo» Canto expresado en la eucaristía y proclamado por los predicadores.

la Comunidad que celebra en la Eucaristía “santo, santo, santo”.

Santo. Bendito el que viene. Hosanna.

El Santo es el canto más importante en boca de la comunidad cristiana en la segunda parte de la celebración eucarística. Como lo era el estribillo del salmo responsorial en la celebración de la Palabra.

Normalmente debería cantarse y no recitarlo. Las primeras músicas, cuando se introdujo el Santo en la misa, parece que eran muy sencillas, casi de recitación silábicas, para que pudiera participar en él todo el pueblo, juntamente con el clero. Más tarde se complicaron las melodías sobre todo con la polifonía. Es un canto que tiene carácter de rito de pos sí, no de acompañamiento de ninguna acción. Lo canta todo el pueblo, junto con el presidente y los otros ministros (IGMR 55b).

Es un canto más largo que una mera aclamación antes o después del evangelio, y debería ser cantado, no tanto a modo litánico, como el Kyrie o del Agnus Dei, o a base de estructura responsorial, como el salmo, sino cantando todos, a ser posible. El coro puede ayudar y adornar el canto de la asamblea, sobre todo en la exclamación gozosa del Hosanna, que puede ser más florida.

Lo que debería desterrarse es la idea de querer “sustituir” este canto del Santo, que un canto heredado tanto de la Biblia como de las generaciones cristianas anteriores que nos hace expresar como comunidad la alabanza y la adoración de Dios Santo, Creador y Salvador.

Un poco de historia.

Al principio la Plegaria Eucarística de la Misa no tenía este canto. En el S. IV empezamos a encontrar el Santo en las plegarias que nos vienen del oriente. Tal vez la introducción del Santo en la misa haya que atribuirla a Egipto.

No es nada extraño que estas palabras de alabanza a la santidad de Dios, que ya se encontraban en Isaías, y que los judíos iban repitiendo en su oración de la sinagoga los sábados por la mañana, pasaran con espontaneidad a la oración cristiana. En Roma probablemente se introdujo en el S. V, tal vez con san León.

La segunda parte, el Benedictus, es todavía posterior en cuanto a su entrada en la Plegaria Eucarística: en Roma tal vez en el S. VII, y en Oriente, en el VIII (menos en Egipto, en que no ha entrado nunca).

Nuestro canto está tomado, en su primera parte, directamente de la visión de Isaías, y en la segunda, del evangelio de Mateo:

Is 6,3 Santo- Bendito

“Santo, Santo, Santo,                                    “Santo, Santo, Santo

Yhahvé Sebaoth                                            es el Señor Dios del universo,

(Dios de los ejército).

Llena está toda la tierra                                 llenos están el cielo y la tierra

de su gloria”                                                  de tu gloria”.

Mt 21,9

“Hosanna al Hijo de David”                         “Hosanna en el cielo.

Bendito el que viene                                      Bendito el que viene

en nombre del Señor.                                     en nombre del Señor.

Hosanna en las alturas”.                                Hosanna en el cielo”.

Se comprenden fácilmente los cambios textuales.

Actualmente su primera parte, el Santo, va dirigido a Dios Padre, creador y Señor del Universo. Y la segunda, el Bendito, a Cristo Jesús, el enviado de Dios.

Este canto nos hace ejercitar la actitud fundamental del cristiano: la alabanza y la adoración a Dios. También ejercitamos de un modo sencillo y profundo esta alabanza adorante del Dios Trino, en el corazón mismo de la Eucaristía, siguiendo con ello la mejor herencia del pueblo judío y la actitud más entrañable de las generaciones cristianas de todos los tiempos, del oriente y del occidente. Además nuestra alabanza a la grandeza de Dios tiene un modo de especial alegría por la cercanía que El ha mostrado, enviándonos a Cristo.

La palabra “Hosanna

En hebreo esta palabra, “hosi-ah-nna”, significa “da la salvación, por favor”, “salva, pues”, “salva, por favor”, con un tono de urgencia y de confianza en el poder de Dios. Con el correr del tiempo este tono de súplica se convirtió en alegría y entusiasmo. En la escena evangélica de Jerusalén, el grito de “hosanna” es equivalente al de “viva”. Y así ha pasado a nuestro canto del “Benedictus” en la Eucaristía. Lo que los habitantes de Jerusalén dijeron de David nosotros lo hemos cristianizado, entendiendo la salvación que Dios nos ha concedido, encarnada en Cristo Jesús.

fuente:

COMUNIDAD ECLESÍAL  DE sAN fRANCISCO DE ASIS

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