EL KERYGMA: QUE OBRA Y QUE ES: Por Card. Carlo María MARTINI

EL KERYGMA: QUE OBRA Y QUE ES: Por Card. Carlo María MARTINI

Card. Carlo María MARTINI

EL KERYGMA: QUE OBRA Y QUE ES

También hoy, antes de nuestra meditación sobre el Evangelio de Lucas, hagámonos una pregunta: ¿en mi vida qué es lo que más me obstaculiza para obtener lo que deseo?
Antes de seguir reflexionando sobre cómo se forma el evangelista para proclamar el kerygma, conviene hacer una meditación sobre el anuncio mismo. Suponiendo el contexto de Lucas en Hechos, quiero expresar las cosas en dos momentos: en un primer momento nos preguntamos qué obra el kerygma, y en segundo momento nos preguntaremos qué es el kerygma.

1- ¿Qué obra el kerygma? Obra todo aquello que sucedió al final del coloquio de Jesús con los discípu¬los de Emaús (Le 24, 13-35). Suceden cosas que cambian interiormente a la persona, y le presentan un nuevo horizonte, una nueva respiración.
Todo esto se describe de varias maneras: primero, se abren los ojos (v. 31); segundo, arde el corazón dentro del pecho (v.32); tercero, se van corriendo a anunciar a otros (v. 33) el mensaje que no se puede contener y que hay que comunicar; cuarto, encuen¬tran a los otros reunidos y a todos les comunican la palabra (v. 35).

Muchas otras cosas se podrían sacar de la Escritura, pero aquí hemos concretado algunas para mostrar el cambio que el anuncio de la Buena Nueva produce en el hombre. Apertura de los ojos, ardor del corazón, deseo de comunicar a otros, deseo de formar comunidad. Cada uno puede profundizar estas indicaciones sea con la propia experiencia, sea con la experiencia ile los demás.
En donde suceden estas cosas hay verdadero anuncio evangélico, en donde no suceden hay tristeza de los dos de Emaús; hay sentido de pesadez, de temor del futuro, de frustración; y entonces quiere decir que no hay anuncio evangélico, o también que no se expresa como tal.

Quiero subrayar la situación particular de esos dos discípulos porque presenta una realidad ejemplar de la vida cristiana; ellos tenían ya todo desde el momento en que estaban caminando: tenían la palabra del kerygma, tenían el objeto central del kerygma, es decir, Jesús vivo con ellos, pero no tenían ni los ojos abiertos, ni el corazón ardiente, y entonces vivían mal, sin ver nada, sin darse cuenta, sin comprender, porque el kerygma es esta apertura de los ojos, este reconocer que en la situación que estamos viviendo, Dios se ha manifestado y nos ha descubierto horizontes inesperados.

El kerygma produce una transformación interior que llena de alegría. Podemos imaginar toda la comunidad reunida con los Once mientras resuena el anuncio de que en realidad el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón. Nos parece ver esta comunidad que exulta, irradia serenidad, explota de alegría aún exteriormente.
Conocí un joven que venía de una experiencia del Evangelio muy lejana y que, después de haber reco¬rrido un camino y haber intuido qué significaba para él el Evangelio, me decía con gran sencillez: es como si comenzara a vivir ahora y todo me parece nuevo, todo me parece bello, todo me parece grande, ¡veo la vida con otra mirada!
Recuerdo también otra persona que había recorrido un camino importante de fe, después de una situa¬ción muy difícil, y que decía precisamente esta frase de los Hechos: es como si abriera los ojos y viera todo un mundo que no intuía y que no imaginaba. Son los efectos del kerygma.
El efecto del kerygma es precisamente esta explosión de alegría que se expresa aun exteriormente y que nosotros podemos constatar cuando encontra¬mos experiencias de personas que llegan a esta madurez.

Es la palabra de Dios, la vida de Cristo resucitado que, cuando entra dentro de nosotros, nos cambia la vida y nos permite ver las cosas, los horizontes, las situaciones en un orden distinto, un orden que ya existía antes, y uno se maravilla por qué antes no lograba verlo. Es algo así como ver las montañas y probar un sentido de pesantez, de temor, porque las vemos en la oscuridad de la noche; después, cuando el alba abre el horizonte, se descubre toda la belleza de los colores, de las luces, de las nieves, y uno se maravilla. Esto es lo que el kerygma produce en nuestra vida, es el efecto de la Buena Nueva que se ha recibido.

2- ¿Qué es el Kerygma? Los invito a releer las páginas de los Hechos de los Apóstoles y las del Evangelio que nos lo presentan. Lucas es el evangelista del kerygma, y todo el tercer Evangelio es, enteramente, kerygma, anuncio de salvación. Pero Lucas expresa el anuncio aun en formas sintéticas, más breves: son los llamados discursos misioneros de los Hechos (cf. Hch 2;3;10;13).
Se trata de cuatro grandes discursos que, junto con otros discursos menores, constituyen la exposición del anuncio evangélico de salvación. A más de estas exposiciones en forma sintética directa hay otras en forma indirecta como cuando los Hechos de los Apóstoles narran lo que acontece en una comunidad trans¬formada por la Palabra; entre estas, las más conocidas son las descripciones sobre la comunión y la comunidad, por ejemplo en Hch 2, 37-48 en donde se describe cómo cambia un grupo de personas cuando verdaderamente ha recibido en sí la Buena Nueva.

Subrayo aquellos que para mí son puntos determi¬nantes y cualitativos del anuncio sintético del kerygma, puntos que evidentemente pueden expresarse de muchísimas otras maneras. Ay de nosotros si fuéramos simples repetidores del kerygma, si no hiciéramos sino repetir, en los sermones a la gente, las palabras bíblicas tales cuales: puede ser que en ciertas situaciones, sobre todo para quien no está preparado, no suenen bien. Pero para nosotros es importante captar cuáles son los momentos estructurales del anuncio, los que siempre entran, de un modo o de otro, en la palabra que proclamamos o decimos o sugerimos discreta¬mente —según las circunstancias— cuando hacemos obra de iluminación evangélica de los corazones, cuando somos no solamente pastores de una comunidad, sino proclamadores evangélicos de una esperanza a quien no tiene esta esperanza y tiene mucha necesidad de ella.

El discurso de Pedro en Hch 2, 14-36 lo hizo «en pie con los Once, alzó su voz», es decir, es algo que uno proclama con toda el alma porque lo vive profundamente, cree en ello, no es una propuesta hipotética.

Partiendo del esquema de estos discursos (Leer Hch 2, 14-36), quiero enumerar cuatro elementos particularmente significativos por el hecho de que señalan las realidades sobre las que se basa esta comunicación de la Buena Nueva.

Los efectos del kerygma: El Dios para mi

El primer elemento es un pronombre que se encuentra en el v. 16. En griego es toutó estín: esto que ustedes ven es lo que dijo el profeta. Es un modo de expresarse que vuelve en los discursos: «lo que ustedes ven significa ‘esto’ «, ‘esto’ es el significado de la experiencia que están haciendo ustedes. En el capítulo 3 se dice: » ‘este’ cojo curado significa que Dios ha glorificado a su Hijo».

El primer elemento del anuncio es la referencia a una situación vivida, presente. El kerygma parte de una experiencia que el hombre está haciendo, se refiere a una situación que, tanto yo que hablo como la persona que me escucha, estamos viviendo. Quiere decir que esta palabra evangélica no es nunca una palabra que se dice en abstracto: Cristo resucitó, de acuerdo: ¿qué quiere decir, qué me dice a mí? Cristo nos liberó de nuestros pecados: ¿qué tiene que ver esto con mi vida? Se parte de una situación que la persona está viviendo y en la cual se puede ver un signo de la potencia de Dios.
El signo será diverso: en el discurso de Pentecostés es el hablar entusiasta de los Apóstoles en lenguas; en el discurso de Hechos 3 es la curación del cojo; en el discurso de Hechos 10 es la misión providencial de Pedro a la casa de Cornelio; en el discurso de Hechos 13 es el mismo anuncio de Pablo que llega a Pisidia. Entonces, aun la fe del anunciador, la certeza, que tiene el anunciador, que la situación que está viviendo una persona es susceptible de diversa interpretación que muestra el aspecto salvífico, que manifiesta en ella la gloria de Dios; siempre hay algo unido a la persona que está escuchando. Hay para ti una buena noticia, tu vida puede ser distinta, se puede ver tu problema con otros ojos, te equivocaste al juzgar así tu situación, hay una vía de salida para ti; lo que tú esperas, lo que tú deseas, lo que tú quisieras que fuera así, es así, yo te lo puedo anunciar y proclamar.
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A menudo la situación de unión con la vida de quien escucha es, concretamente, una comunidad cristiana viva, una experiencia viva de cristianismo, una experiencia de acogida a los pobres, de servicio de la justicia, de amor, de perdón fraterno, de alegría vivida en una comunidad. Una de las impresiones que tuve en la visita a África fue que esas comunidades cristianas evidencian la alegría comunitaria hasta en las liturgias, que duran horas y horas, llenas de cantos, fiesta, sentido de exultación; y así se convierten en un punto de atracción para los que todavía no son cristianos y que van igualmente a Misa, porque los atrae este modo de vivir, esta experiencia diversa, esta atmósfera de serenidad que invade la vida e, instintivamente, preguntan por su significado.

El segundo elemento es la presencia de Dios en acción. «El Dios de nuestros Padres, el Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob ha glorificado a su Hijo Jesús» (Hch 3, 13). Reflexionemos un momento sobre la importancia de este recurso a la acción de Dios, sujeto activo del kerygma. ¿Qué significa para la vida de la persona que escucha? Dios tiene en mano tu vida, no te ha abandonado, Dios te tiene presente, tú eres importante ante él: es decir, debemos actualizar esta expresión del kerygma para nosotros, para mí.

El Dios de nuestros Padres, de Abrahán, de Isaac, de Jacob, el Dios de Jesucristo, el Dios de las personas que me han educado en la fe, de mis padres, de mis sacerdotes, el Dios que desde siempre en la historia de mi tradición, de mi vida, está cerca de mí, ahora, aquí, se manifiesta a mí. Se trata, pues de reencontrar —aun uniéndose a la tradición anterior— la confianza de que ese Dios que ha obrado en la historia, que resucitó a Jesús, que ha suscitado los santos y las personas que nos han educado en la fe es «nuestro» Dios, Aquel que ahora está presente en mi vida para esta acción de salvación.

El tercer elemento: este Dios trastorna las apariencias. Releamos algunas de las frases del capítu¬lo 2: «Ustedes … lo mataron clavándolo en el patíbulo. Pero Dios lo resucitó liberándolo de las ligaduras de la muerte». El rechazado ha sido glorificado, el que parecía rechazado por los hombres ha sido elevado. Dios ha trastornado las apariencias humanas, ha transtornado el modo de ver de los hombres, glorificando a Jesús. Reflexionemos sobre la importancia de esta sencilla anotación: «Dios ha trastornado las apariencias humanas, las ha revolcado», porque precisamente aquí es donde cada uno de nosotros espera un mensaje.
Las cosas parecen salir de un modo que causa desconfianza, derrotismo, desaliento, sentido de inutilidad: no hay que detenerse aquí, Dios es capaz de trastornar la situación de tu vida, así como cambió la situación, el juicio humano de la vida de Jesús. Noten la importancia de este principio si lo aplicamos a tantas páginas del Evangelio de Lucas: «Bienaventurados los pobres . . . bienaventurados ustedes los perseguidos . . . bienaventurados ustedes que lloran . . .».
El Señor viene para cambiar las apariencias humanas, para cambiar las realidades de injusticia, de sufrimiento, y para crear una nueva posibilidad de existencia en las cosas que aparentemente nos aplastan. Viene para dar el espacio de un mundo nuevo en estas realidades cuya consideración nos parecería sofocante y repugnante; viene para crear en mi interior, partiendo de mí, de mi comunidad, un vuelco de valores que da una nueva esperanza de existencia. Todo esto se puede expresar de muchas formas: tengo la conciencia de estar muy lejos de la realidad del kerygma diciendo lo que digo, pero sólo quiero invitarlos a entrar en esta realidad para poderla luego volver a expresar de modo propio. La intervención desconcertante de la potencia de Dios, que resucitó a Jesús, nos da una nueva esperanza para configurar la vida del hombre de diversa manera: precisamente en lo que ahora te parece más duro se puede revelar inmediatamente, por la potencia de Dios, tu resurrección, tu paso a modos de experiencia de vida inesperados.

El cuarto elemento: es la persona misma de Jesús que te viene al encuentro y te hace arder el corazón con su modo de hablar, con su modo de acercarte, en formas humanamente conjeturables, y te cambia la mentalidad y la vida. Esta capacidad del hombre para percibir la presencia de Jesús cerca de sí es algo que debemos, ante todo, experimentar y vivir nosotros: este estar con él que nos permite, a un cierto momento, poder hacer sentir a otros la fuerza de la experiencia.

Los dones del Espíritu

Finalmente, quiero subrayar un aspecto más: la presencia de Jesús se realiza por medio de un don que es una nueva vitalidad desde el interior y es el don del Espíritu.
Por tanto, el kerygma, partiendo de la situación presente del hombre, poniendo en ella la acción poderosa de Dios, presenta a este Dios que cambia las situaciones humanas resucitando a Jesús, que es capaz de cambiar tu vida y pone dentro de ti una vitalidad, una nueva potencia para obrar, que es el don del Espíritu.
El kerygma termina siempre con la realidad del Espíritu que nos cambia desde el interior. Todo esto se expresa de muchas maneras: con las palabras «el Espíritu Santo que ha prometido el Padre», o también con el término «afesis amartión», es decir, la remisión de los pecados. Eso significa, precisamente, quitar de tu vida todo lo que te es de peso, lo que te aplasta, lo que no te permite expresar tu espontánea vitalidad tal como lo deseas. Quitar de la vida esos obstáculos, esos pesos, esos cierres que no te permiten ser tú mismo y te hacen descontento.
La potencia del Espíritu es esta nueva vida que transforma: no se puede decirlo simplemente con pa-labras: es la experiencia vivida del evangelista, de la comunidad cristiana viva, lugares en los cuales se palpan con mano las transformaciones de la fe, de la caridad, del desinterés, de la paciencia, de la atención al más pobre, del espíritu de responsabilidad, de la valentía contra la muerte. Realidades todas estas que manifiestan el Espíritu vivo y permiten decir que el Espíritu está presente.
Aquí basta poco, no es necesario mostrar obras clamorosas.
Seguramente hemos tenido varias veces la experiencia: un verdadero acto de caridad, de perdón, de desinterés, para abrir los ojos hacia este nuevo modo de vivir.
Existe otro modo de vivir, de pensar, de amar, de creer, de estar contentos, y este otro modo es para ti.

Es difícil expresar el kerygma de palabra, porque contiene toda la complejidad del hombre redimido, de la potencia de Dios que le viene al encuentro, de Cristo resucitado, del Espíritu que ha sido dado. Pero tratemos de preguntarnos en qué medida los aspectos más significativos del anuncio que hemos meditado están presentes ante todo en nuestra vida y no tanto en nuestras palabras: en qué medida nos deja¬mos transformar por esta potencia del Resucitado, del Espíritu de Dios que cambia las situaciones; cómo confiamos totalmente nuestra vida al Dios de los padres que interviene para no dejarnos solos en las pruebas presentes, en las situaciones de responsabilidad, sino para estar con nosotros, para vivificar y dar alegría.
Pidámosle, pues, al Señor que nos manifieste verdaderamente, en la lectura de la Escritura y en la adoración silenciosa, todo lo que él es para nosotros, para que podamos comprender y conocer hasta el fondo el kerygma, tal como se expresa en nuestra vida.

Tomado de: MARTINI, Carlo María, El Evangelizador en San Lucas, San Pablo, Madrid, 2008.

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