II.- EL PROCESO DE MORIR Y DEL DUELAR EN LOS ENFERMOS TERMINALES Y FAMILIARES EN DUELO. Tanatología

II.- EL PROCESO DE MORIR Y DEL DUELAR EN LOS ENFERMOS TERMINALES Y FAMILIARES EN DUELO. Tanatología

II.- EL PROCESO DE MORIR Y DEL DUELAR EN LOS ENFERMOS TERMINALES Y FAMILIARES EN DUELO. Tanatología

“El cuerpo del hombre es como una vestidura: Cuando se ha gastado por la edad, el dolor o la enfermedad, el alma lo abandona»
(Bhagavad Gita)
Psicólogo Eduardo Sánchez Rodríguez.
DEL GOZO DE VIVIR AL GOZO DE PARTIR.




Como hemos visto, la forma de morir y la forma de realizar el duelo no han sido las mismas a lo largo de la historia de la humanidad en sus distintas épocas, en razón de ello, un segundo acercamiento o paso a dar en este estudio, es el ver y analizar cómo es el proceso del morir y del duelo para establecer una lógica de tratamiento clínico y espiritual del dolor y sufrimiento humano ante la enfermedad, la vejez y proximidad de la muerte, es decir, desde la mirada clínica (psicológica) y desde la óptica teológica (espiritual) responder a la pregunta ¿qué nos sucede como enfermos terminales y como personas en duelo?

El saber cómo se desarrolla la experiencia del morir en el Ser Humano, como Persona en sus dimensiones humana y espiritual, y las etapas de duelo que genera en el enfermo terminal y en sus familiares, nos lleva necesariamente a ubicarnos dentro de la escena del morir, dentro de la escena de la despedida mutua en la obra de la vida, pues no solo muere el enfermo, también algo muere dentro de los familiares en duelo o personas que le aman.

Cada pérdida y separación de los objetos significativos en la vida es como una escena donde dejamos de ser espectadores y pasamos a ser protagonistas de nuestra propia muerte, actores de nuestro destino con toda nuestra mismidad y espiritualidad que la Vida nos permite.

PARADIGMA CLÍNICO.

¿Qué sucede en la experiencia final de la vida de una persona como ser “bio-psico-social”?

De acuerdo con la Dra. Elizabeth Kübler Ross (2006), al proceso de morir y de duelar en el paciente de una enfermedad terminal y en sus familiares corresponde una dinámica de fases o etapas, de movimiento de fuerzas y mecanismos de afrontamiento propios, cada enfermo y familia afronta la situación del conflicto vida – muerte de manera diferente, con respuestas, actitudes y emociones con significados también diferentes según el grado de resiliencia (capacidad de resistir y superar la enfermedad y de salir fortalecido de ella, cfr. Tagle, 2003) y establecer sanas relaciones interpersonales que hayan logrado hasta ese momento.

Al enfrentarse, el paciente terminal a la muerte generalmente experimenta cinco etapas, descritas por la Dra. Elizabeth Kübler Ross (2007), que no se dan en forma “pura”, autónoma y lineal, sino que se entrelazan y traslapan en distintos niveles, en las que hay que apoyarlo a ir afrontando la ansiedad por su muerte inminente, estas fases son:

FASES DE LA EXPERIENCIA DE MUERTE Y DUELO

1.- Negación.
2.- Enojo depresión relativa.
3.- Negociación y pacto.
4.- Depresión preparatoria.
5.- Aceptación.

Periodo de Shock

INICIO………………………Ti e m p o de Vida………………….. MUERTE

Ahora bien, el anterior esquema de las etapas del proceso de morir y del duelar es un esquema teórico-conceptual que pretende iluminar desde un área de las ciencias de la salud al apoyo psicoterapéutico -y ser de ayuda en el acompañamiento humano- del paciente con una enfermedad terminal y a sus familiares afectados.

Es importante señalar que en la segunda y cuarta etapas de la experiencia de morir y de duelar en el enfermo terminal, -también en el duelo experimentado por sus familiares-, existe un ingrediente sintomático común que es la depresión.

La diferencia de estas etapas radica en que la catéxis, [término del Psicoanálisis freudiano que explica el proceso dinámico de depositar la carga instintual y la fuerza del ego sobre un objeto libidinal, cfr. Laplanche y Pontalis, (2005)] de los sentimientos del enojo, ira, coraje y resentimiento de la segunda etapa está enfocado al exterior, o sea, depositado por parte del enfermo, en los otros, en los demás (familia, personas significativas, los doctores y enfermeras, Dios, alguna institución o grupo de pertenencia, etc.), por lo que se le reconoce como una depresión de tipo reactivo.

En la cuarta etapa, la culpa que engendra enojo, rabia, remordimiento son dirigidos por el paciente terminal hacia sí mismo, “catexiado” sobre sí mismo (su self, estima y concepto de sí mismo, su propia valía y destino), de manera que sufre una depresión preparatoria a base de culpabilizarse, auto castigarse y auto infringirse el sufrimiento por pérdidas recientes, tales como: el menoscabo de capacidades físicas, la disminución de habilidades de desempeño socio- afectivo, el tener que dejar el trabajo, la afectación de ingresos, postergar metas y proyectos futuros que llegan a ser abandonados por causa de la enfermedad terminal.

Los sentimientos y emociones de pérdida de ser latentes, sufridas a solas y calladas deben hacerse conscientes y manifestadas, al igual que aquéllas pérdidas del pasado en la historia de vida personal del paciente terminal (recuerdos y heridas emocionales en etapas anteriores del desarrollo humano, tales como las experiencias positivas y negativas con personas y objetos significativos en la infancia y adolescencia, juventud y madurez, pues al volver al pasado ven las oportunidades desperdiciadas y las cosas que no deberían haber hecho o dicho, que aún les lastiman y generan sufrimiento psicológico, (cfr. Kübler Ross, 2006).

PARADIGMA ESPIRITUAL
¿Qué acontece en persona humana como Ser Espiritual durante la experiencia final de la vida?

Como todo viviente, el ser humano tiene en principio y unidad de su Ser Persona, un alma que no se es posible sin el cuerpo, puesto que es constitutivo o sustancial, y no accidental, del ser viviente. El alma humana no es el conjunto de actos y potencias psíquicos, sino el yo permanente y substancial que es causa y sujeto de estos actos y potencias que a él se atribuyen y que le pertenecen. El alma es una sustancia intangible, distinta e independiente del cuerpo (sistema nervioso y cerebro) en su existir, aunque unida a él sustancialmente, y por lo mismo destinada a formar con el cuerpo una sustancia individual que es cada Persona Humana.

La naturaleza del alma humana es espiritual e inmortal a diferencia del alma sensitiva, material y mortal de las plantas y animales. Pero como el alma no la vemos, no la tocamos, en suma, con los sentidos no la percibimos, se sigue que directamente no la podemos conocer, sino sólo indirectamente mediante sus manifestaciones en la Persona, esa alma humana, por ser capaz, no sólo de vegetar y sentir, sino de entender y pensar, es necesariamente espiritual. Aunque es independiente de la materia, está de hecho en esta vida, unida al cuerpo.

La conciencia de tener pensamiento, afectividad y comportamiento propios de la Persona Humana son actos espirituales provocados por el alma, ella tiene necesidad de recibir de los sentidos y de la imaginación la materia de la cual abstrae el objeto de las propias ideas. Dentro de nosotros sentimos nobles impulsos al bien, a la virtud, a Dios… pero junto a esos nobles deseos, frecuentemente sentimos el peso de las pasiones que nos envilecen, degradan y empujan al pecado, el odio, etc., ¿cómo se explica? Si el ser humano fuera todo y sólo materia, esta lucha no se explicaría, para luchar se necesitan dos, en la persona humana, junto al cuerpo está el alma.

La lucha entre el espíritu, palabra de la que proviene alma, y el cuerpo que todo ser humano experimenta y que forma héroes y santos, o bien, viles y pecadores, según que venza el espíritu o venza la carne, es una clara confirmación de la espiritualidad, dimensión trascendente de la persona humana, razón por la que el ser humano no muere en su vida espiritual, aunque muera la vida del cuerpo, el alma que tiene principio no tiene fin, vivirá eternamente por un privilegio otorgado por Dios al género humano, por lo que el alma es indestructible, por tanto tiene una inmortalidad natural propia del ser finito.

Las diferentes costumbres religiosas y espirituales del ser humano como la de depositar dentro de los sepulcros alimentos, vestidos, armas, etc., o las oraciones dirigidas en el momento de la sepultura, atestiguan la creencia en una vida futura, en efecto, el ser humano es creado a imagen y semejanza de Dios y por lo que tiende a Dios. La humanidad, desde sus orígenes, guiada por la razón que la fe confirma, afirma la existencia de Dios y ha estado en búsqueda de Dios.

Una vez sentadas las bases de la espiritualidad de la Persona Humana, veamos qué sucede en el ser humano en su experiencia final de la vida.

Según los trabajos hospitalarios con pacientes terminales realizados por los sacerdotes jesuitas Linn & Linn (1983), sobre la curación espiritual de los recuerdos dolorosos y heridas de la vida que se termina, las cinco etapas del proceso de morir y duelar del paradigma clínico son las mismas que se atraviesan en la curación de las heridas emocionales y espirituales provocadas por el sufrimiento de una enfermedad degenerativa y la cercanía de esa experiencia de muerte inminente, y son también los espacios o momentos en que se manifiesta el Espíritu Santo.

Analicemos cómo estos autores describen los movimientos y disposiciones del espíritu humano con respecto al Encuentro final con Dios a la hora de la muerte, esencial en el acompañamiento espiritual de los enfermos terminales y familiares afectados:

FASES DEL PROCESO DE MORIR Y DEL DUELO EN PACIENTES TERMINALES Y FAMILIARES AFECTADOS.

SÍNTOMAS PSICOSOMÁTICOS

ETAPAS ANSIEDAD, TEMOR, ENOJO Y CORAJE, CULPA.*________
Negación:
La desolación y turbación de espíritu disminuyen al ir siendo
focalizados por la conciencia los temores y rechazos a la enfermedad,
los recuerdos dolorosos del pasado relacionados con la enfermedad y
ante la proximidad de la muerte.
Aislamiento_________________________________________________________
Enojo:
La desolación y turbación de espíritu disminuyen al ir aflorando y
trabajando el enojo, la ira, el coraje, la envidia (por la salud, logros,
dinero, órganos, etc.) hacia los demás, hacia sí mismo y hacia Dios,
el destino, la vida, el amor, alguna institución, etc.
Resentimiento________________________________________________________
Regateo:
La desolación y turbación de espíritu disminuyen al facilitar las
condiciones internas y externas del paciente para otorgar el perdón
sincero, honesto, genuino, congruente y de gratuidad (pleno) a los
Pacto demás, a sí mismo y a Dios.
Depresión La desolación y turbación de espíritu disminuyen al trabajarse las
“necesidades de duelo” y dificultades (resistencias) interiores que
tiene el paciente para aceptar y ocuparse de lo que le espera, más
que de lo que deja atrás, es decir, facilitar una catarsis de la culpa
auto infligida y del dolor por las pérdidas recientes en la etapa final
de su vida.
Preparatoria_________________________________________________________
ceptación:A
Las debilidades espirituales en la vida de fe se convierten en
fortalezas, lo que me llenó de ansiedad y turbación espiritual se
convierte gradualmente en un don. Me dispongo a perdonar y a ser
perdonado, me abandono conscientemente a vivir la última
experiencia de mi vida en manos de Dios, aprendiendo a encontrar
sentido cristiano a mis ansiedades, temores, enojos, resentimientos,
culpas, duelos y adversidades de mi vida y muerte, a la que me acojo
espero en paz.
Aprendizaje__________________________________________________________

Los estudios e investigaciones de Numeland, (2004) dentro del ámbito de la tanatología y psicopatología de la vida cotidiana, han identificado cuatro estados emocionales básicos presentes en la experiencia de morir y duelo en pacientes con enfermedades terminales y familiares en duelo, que son: 1) la ansiedad, 2) el miedo y temor, 3) la ira, enojo o resentimiento y 4) la culpa, raíces de todas las demás emociones sintomáticas, además de provocar las 10 enfermedades psicosomáticas en el hombre post-moderno.

Como ya hemos aceptado la unidad Cuerpo – Alma o Espíritu, al trabajar con estas emociones centrales en el sufrimiento psicológico de pacientes terminales y en el cierre de duelos podemos establecer bases para el tratamiento espiritual del sufrimiento del enfermo moribundo y la sanación espiritual y psicológica o emocional del duelo que deja la muerte en sus familiares, pues el hombre no es sólo un ser formado de “corpus et ratio”, no es sólo un ente de “materia” y “psiqué”, es ante todo un Hijo del Dios Vivo, Hijo de Hombre, una persona íntegra y completa que después de la muerte, algún día resucitará tal cual para el juicio final de Dios.

Lo sabemos bien, lo hemos comprobado en nuestra práctica profesional de brindar apoyo psicológico a los pacientes con una enfermedad terminal y familiares en duelo, que NO HAY MAYOR AYUDA QUE LA DE FACILITAR UNA VERDADERA Y PROFUNDA EXPERIENCIA DE ENCUENTRO CON DIOS en los enfermos terminales y familiares afectados, aún en medio del laicismo y secularismo de los ambientes hospitalarios y cuerpos médicos, y a pesar de la falta de vida de fe en el enfermo y sus familiares, pero sin imponer, obligar, condicionar, forzar, intimidar, etc., siempre en apego al respeto irrestricto de la libertad de creencia, voluntad y dignidad de la persona humana.

En cualquiera de las etapas que tenemos que atravesar hacia la aceptación de la enfermedad y de la muerte, está la promesa y presencia de Dios, no importa que haya o no una religión y actos litúrgicos o eclesiales de determinado credo, lo que importa en es la respuesta de Fe del hombre en umbral de su muerte, su conversión auténtica, libre y voluntaria, su Encuentro con el Padre, no importa que se hayan o no trabajado estas cinco etapas.

La muerte y el duelo son asumidos y vividos según cada sociedad va construyendo acerca del morir y duelar, (la forma de hacer un duelo), lo que antes se prescribía como normal ahora ha cambiado (la forma personal de manifestar el luto y el dolor). Nuestra sociedad tiene una forma instrumentada de morir, pero el duelo está condicionado por nuestra actitud y posición ante la muerte, ya en nuestros días parece que nadie quiere estar lo suficientemente maduro para morir, para ser parido por la muerte.

A morir -no sólo como el hecho de llegar al límite biológico de la vida, sino en el sentido de vivir conscientemente una pérdida- y a duelar —en el sentido de posicionarnos como duelistas o enlutados— lo podemos aprender sólo a partir de nuestra experiencia, hasta que nos sucede. El morir y el duelar como el sufrimiento y el amor van de la mano, el morir y el duelo como la muerte y la vida son las dos caras de una misma vivencia del Sí mismo, son el Eros y el Thanatos, son los hilos con los que el Espíritu teje la red de su historia en su condición humana.

Nuestra vida es como un tejido de encuentros y despedidas, de soledad y compañía, de desgarramientos y conciliaciones y solo es posible negar alguno de estos dos aspectos al precio de sentirnos mutilados, de morir en vida o de sufrir su sentido más humano y espiritual. Este precio se llama duelo y el duelo exige ser transitado para salir de él.

La palabra duelo proviene de la voz latina “dolium” que significa “el que se duele” “el doliente” “el dolorido” y se define como la vivencia de la muerte o pérdida en la propia conciencia. Una pérdida significativa es cuando sentimos el dolor humano como sinónimo de sufrimiento interior de nuestro Yo o Ser Interior -que puede llegar a somatizarse, generalmente es la base de la formación de los síntomas de enfermedades psicosomáticas- al perder aquello que es valioso, importante y significa mucho para uno.

El duelo no acontece solamente ante una pérdida significativa por la muerte, el duelo también se da en relación a lo que uno fue, lo que nos pasó, lo que no hemos logrado y que siempre deseamos, el dejar una época y entrar a otra etapa de la vida, los cambios en la figura corporal y vitalidad de nuestro sexo, etc. La vida tiene momentos de quiebre que el hombre denomina duelos.

Existen diferentes clases o niveles de duelo de acuerdo al objeto perdido:

• el duelo por la muerte de un ser querido al que amamos, por ejemplo un hijo, un padre;
• el duelo por la separación o pérdida de un ser que nos ama, por ejemplo, una pareja, un amigo, la mamá o papá;
• el duelo por la terminación de algo gratificante, como por ejemplo, la salud o la vida, la infancia o juventud, la fortuna o el empleo;
• el duelo por una necesidad o deseo frustrado de algo que quisimos Ser, tener o hacer y que no logramos, por ejemplo, tener éxito económico y profesional, hacer un viaje, engendrar un hijo, ser sacerdote, etc.

El proceso de duelo es la manifestación o exteriorización de mis sentimientos de pérdida de alguien o algo significativo para mí, este proceso comienza en el momento de la pérdida significativa y termina cuando conquisto una nueva integración de mí mismo.

En el proceso del duelo se trata de hacer que, de mis entrañas desgarradas, con el coraje vital del amor auténtico, distinto del apego infantil, y la valoración de mí mismo, congruencia y honestidad, pueda dar a luz una nueva identidad de mi Yo, en el cual quede integrado lo perdido como una experiencia que fue necesaria para crecer, para ser yo, más yo mismo, en la finitud de la vida.

Para logar el desarrollo personal es necesario enfrentar y superar la muerte de los seres queridos o la terminación de algo significativo para mí. A este proceso de superar la pérdida se le llama proceso de duelo o proceso del doliente y es semejante al proceso de un nuevo parto, como tal requiere de quien lo padece trabajo de parto, es decir trabajo de duelo.

Ante el duelo por la muerte de un ser querido y por la separación o pérdida de un ser que amamos podemos convertirnos en duelistas o enlutados. Esta característica depende del lugar que demos al enfermo cuando muera. También el enfermo terminal, ante la terminación de la vida o pérdida de la vida vive su duelo, su proceso de duelo y trabajo de duelo, según la postura que tome ante su propia muerte podrá ser duelista de sí mismo o enlutado de sí mismo.

El duelo del enfermo como de los familiares afectados, ya sean duelistas o enlutados, exige por si mismo ser transformado en gozo por las entrañas cariñosas del amor, esto es vivir el proceso de duelo. La terapia y trabajo de duelo consiste en darle la mano a otra persona que sufre una pérdida para que logre vivir, es decir, amar, aún en el lecho de su muerte… y aquí, en estas circunstancias es donde tenemos que aprender la manera de amar de Cristo, hasta “la locura de la cruz”, que veremos más adelante.

Todos llegamos a ser duelistas cuando vivimos la pena y el dolor por la muerte o pérdida del ser amado en la aceptación real y aprendizaje de la última experiencia de la vida, través de una serie de etapas, cuando nos arriesgamos a enterrar al difunto y con ello a la parte de nosotros que muere, que se lleva la muerte o pérdida del ser amado, nos quedamos duelistas, solos, en un gran vacío, también hay los enlutados.

El final del duelo en el duelista es cuando éste logra deslibidinazar al objeto perdido, es decir, depositar la energía y afectos no en un objeto sustituto sino cuando conquista una nueva identidad e integración de sí mismo, en la que la experiencia de pérdida lo fortalece y hace mejor persona, aprende a amar mejor.

En cambio, el enlutado no acepta ni física ni psicológicamente la realidad de muerte o pérdida del ser amado, es como si el enfermo no terminara de morir nunca. El enlutado da la vida por su difunto a quien mantiene con vida en la existencia psíquica, delirante, fantasmal.

En la clínica o terapéutica del duelo, en los consultorios y visitas a familias en duelo, estos familiares enlutados por la muerte o pérdida no dejan de hablar de sus muertos. Están habitados interiormente por sus muertos, los llevan a donde quiera que vayan, ya en la tonalidad de la voz, en el gesto de una mirada, en una forma de caminar, en cada esquina o lugar de la casa, el enlutado descubre a su objeto amado perdido, al difunto, lo siente, lo presiente en algunos lugares y hechos. Cuando muere un ser que nos ama, algo de nosotros muere con él, el que nos ama al morir muere dentro de nosotros. Uno no sólo es enlutado o duelista porque el que se murió se llevó algo de mí, sino también porque yo pierdo existencia, morimos, aunque que sea en parte, con el ser que amamos.

El enlutado tiene conductas raras, poco comunes, anormales, pero no las puede explicar, el hombre se vuelve un poco loco cuando pierde a alguien que ama, el “amor” ata a la locura al enlutado, la realidad de la muerte lo envuelve, se queda en la negación, en el “No lo puedo creer… no es posible que tu hayas muerto…” camina y vive con el difunto a cuestas, con su presencia fantasmagórica, en la alucinación obsesiva de ver a su ser querido donde no está, en la resistencia a no quererse despegar del ser amado, (del cual es necesario despegar al enlutado para transitar las etapas del duelo) a no querer “deslibidinazar” ese objeto perdido aún cuando el objeto sustituto se asoma, aún cuando está ahí el reemplazo del objeto perdido, lo cual hay que favorecer mediante el “trabajo de duelo”, la palabra deslibidinazar es un concepto psicoanalítico que aplicado aquí significa el desanudar al sujeto enlutado del mundo subjetivo que lo ata al difunto (Laplanche y Pontalis, 2005).

La realidad del enlutado, su realidad, es sometida a prueba y es difícil convencerle de lo contrario, al enlutado, el difunto se le presenta como una presencia que produce una vivencia de que “está ahí”, esta presencia no es sino el deseo del otro, del que murió. El enlutado no acepta la realidad de la muerte de su ser querido sino que reconstruye su realidad a su forma y de esta forma constata la realidad sobre la base de que cuando uno muere no se está más en la realidad, sin embargo, para el enlutado no es así, el sigue ahí, caminando a lado suyo y le cuesta comprobar la muerte de quien ya no está, del que ya no es.

El “trabajo de duelo” debe poner a prueba la realidad del enlutado en que el difunto está presente. La realidad del enlutado usurpa a la verdad, esta realidad se vuelve una creencia en la que no puede haber cambios sino se destruye esa creencia. La realidad no son las cosas objetivamente hablando sino simbolización imaginaria de esos objetos, el objeto esta mediatizado por tales representaciones, de tal suerte que para el enlutado el muerto está en algún lado, no podemos decir que no está por más que busquemos por todos lados la manera de convencer de lo contrario.

La muerte pone a prueba la realidad del mundo, de ese mundo construido en el duelo desde el Yo del enlutado, nos peleamos y negamos la realidad cuando las cosas no son como yo quiero, nos frustramos entonces nos neurotizamos, al grado de desarrollar una psicosis alucinatoria.

Para ilustrar esta psicosis alucinatoria del enlutado quiero contar una historia que sucedió en un Hospital Psiquiátrico: Un paciente creía ser un grano de trigo, después de un largo proceso de terapia acepta su delirio y empieza a decir: “No, ya no más seré un grano de trigo, ahora seré una persona”. El psiquiatra da de alta al paciente que ya no más será un grano de trigo sino una persona, inmejorable evolución! Después de pocos días, el paciente regresa al consultorio, golpeando la puerta. Abre el psiquiatra, y dice al paciente: “¿Qué le pasa?” El recién curado contesta: “Es que afuera hay una gallina”. Y, ¿Cuál es su problema, si Usted ya no es un grano de trigo?, le dice el médico. En tono muy seguro, el paciente replica: “Bueno, por supuesto que ya lo sé, Doctor, Yo ya no soy un grano de trigo, pero, ¿Y la gallina lo sabrá?” (Bucay, 1999).

La verdad del enlutado quien no cree en la realidad se ha quedado en la expresión de la fase de negación, la oración verbal “No puede ser que yo tenga esta enfermedad y haya de morir” o “No puedo aceptar este dolor de que mi madre o mi hijo haya muerto” es la mejor prueba para saber si alguien que haya perdido un ser querido es un enlutado.

Al respecto de lo que sucede al enlutado semanas y meses después del entierro de su difunto y de quienes deben ser ayudados a modificar la realidad subjetiva mediante el trabajo de duelo, el Dr. Bucay (1999) tiene la siguiente experiencia: “Durante varios años atendí en el hospital a una paciente psicótica que llegó diciendo que su padre, muerto hace siete años, estaba vivo. Me rogaba que le dijera la verdad, ella esperaba que le dijera que la muerte del padre había sido una broma y que aparecería para reírse juntos de tal broma. No podía dejar de hablar de eso, estaba bajo un efecto de desencadenamiento maníaco, su realidad se había desrealizado, además de no poder diferenciar a los vivos de los muertos”, no olvidemos que la realidad se realiza, es puesta a prueba y depende de la voluntad del sujeto enlutado.

Todos en algún momento del proceso de duelo pasamos por esta experiencia, como el enlutado hacemos cosas raras, imaginamos la sombra del difunto en ciertos lugares, lloramos a solas y hablamos interiormente con el muerto vivo en nuestro recuerdo, corazón, mente, con razón se ha llegado a afirmar que nadie muere hasta que no es olvidado. El enlutado se identifica tanto con el difunto –el objeto perdido- que se vuelve una persona susceptible de accidentes y enfermedades psicosomáticas.

De la muerte se espera algo y muchas veces lo que el muerto da, lo toma el enlutado como identificación, sobre todo en el caso de los niños, algunos se empiezan a vestir como el difunto, se suben los pantalones así, caminan con esos zapatos así, se identifican con el rasgo de carácter, usan las mismas expresiones gestuales y verbales. Es como si copiaran al padre muerto, entonces llegan a ser tan buenos o tan malos, sanos o enfermos.

Al respecto, hay una historia que dice que una noche un padre volvía con su hijo después de sepultar a quien fue esposa y madre, iban a pie, el niño con sus ojos muy abiertos y sus oídos todavía llenos de cosas escuchadas en el rito funeral, preguntó a su padre: ¿Dónde está mamá? En el cielo, respondió el padre, señalando al firmamento. El niño levantó sus ojos al firmamento y lo contempló largamente en silencio. Su cabecita desconcertada lanzó a la noche esta pregunta; ¿La pueden atropellar los aviones? No hubo respuesta y las estrellas parecían lágrimas ardientes de aquella oscuridad ingenua”.

Algunos enlutados hacen reales las profecías y mandatos del difunto “…Como Mamá decía, no te cases con ese hombre porque vas a sufrir …” y en la vida real provocan ser mujeres maltratadas o hacen matrimonios infelices, e incluso desarrollan el mismo síntoma llegando a padecer la enfermedad del ser perdido, o por el contrario, encrudecen reacciones opuestas de rechazo y negación al objeto perdido proyectado en el otro, por ello, vemos cómo la madre que no tolera el alcohol asociado a un marido golpeador engendra predisposición en el hijo o hija lo que llamamos “reversión al rol” en tales hijos.

Como dice Jorge Bucay (1999), al contestarnos el porqué nos cuesta tanto trabajo separarnos de los seres que amamos, a los duelistas y enlutados tenemos que hacerlos responsables de su duelo, dice: “no es lo que haz hecho sino lo que no haz hecho lo que te causa dolor al caer el sol: … la tierna palabra olvidada, las flores no enviadas, la piedra que no apartaste del camino de tu hermano, ese consejo alentador que no te atreviste a dar, esa caricia afectuosa que no diste sumido en tu propia pena… son los fantasmas que te acongojan esta noche al caer el sol”.

La realidad subjetiva del duelo del enlutado termina cuando se logra la separación de aquel objeto sustituto, de aquéllos rasgos del carácter del difunto que introyecta el enlutado, cuando el enlutado sea capaz de enterrar en el olvido al difunto que se lleva dentro.

Una vez que ya hemos visto al proceso de morir y de duelo desde el paradigma
clínico (de las ciencias de la salud) y del paradigma espiritual (enfoque teológico), podemos comenzar hablar del tratamiento que el ser humano ha venido dando a este problema del sufrimiento y dolor humano ante una enfermedad que termina en la muerte. * * *

“Hermanos, no queremos que se queden sin saber lo que pasa a los muertos, para que ustedes no se entristezcan como los otros, los que no tienen esperanza. Así como creemos que Jesús murió y resucitó, así también creemos que Dios resucitará con Jesús a los que murieron creyendo en Él”.
(1 Tes. 4, 13 – 14)

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