Hijo, si emprendes en serio el camino de Dios,
Prepara tu alma para las pruebas que vendrán;
Siéntate pacientemente ante el lumbral de su puerta
Aceptando con paz los silencios,
Ausencias y tardanzas a las que Él quiera someterte,
Porque es en el crisol del fuego
Donde se purifica el oro.
Señor Jesús, desde que pasaste por este mundo
Teniendo la paciencia como vestidura y distintivo,
Es ella la reina de las virtudes
Y la perla más preciosa de tu corona.
Dame la gracia de aceptar con paz
Todas las pruebas que vengan con gratitud
El camino desconcertante de la Gracia
Y las emergencias imprevisibles de la naturaleza.
Acepto con paz
La marcha lenta y zigzagueante de la oración
Y el hecho de que el camino para la santidad
Sea tan largo y difícil.
Acepto con paz las contrariedades de la vida
Y las incomprensiones de mis hermanos,
Las enfermedades y la misma muerte,
Y la ley de la insignificancia humana, es decir,
Que, después de mi muerte,
Todo seguirá igual como si nada hubiese sucedido.
Acepto con paz
El hecho de querer tanto y poder tan poco,
Y que, con grandes esfuerzos,
He de conseguir pequeños resultados.
Acepto con paz la ley del pecado, pues,
Hago lo que no quiero
Y dejo de hacer aquello que me gustaría hacer.
Dejo con paz en tus manos
Lo que debiera haber sido y no fui
Lo que debiera haber hecho y no hice.
Acepto con paz las leyes de la precariedad
Y de la transitoriedad,
La ley de la mediocridad y del fracaso,
La ley de la soledad y de la muerte.
A cambio de toda esta entrega, dame la paz, Señor.







