Curso historia de la salvación: V parte: por P . Jorge Alberto Limón Cerecero.

Curso historia de la salvación: V parte: por P . Jorge Alberto Limón Cerecero.

V parte del curso «historia de la salvación, que hoy trata: el decálogo, anuncio y presencia de Jesús de Nazareth, el pueblo peregrino por el desierto, teología del desierto, historia de la conquista, el rey david  según su corazón es esperado.

El Decálogo o los diez mandamientos

(Explicación breve)

El Señor ha pronunciado las siguientes palabras: Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de Egipto, el que te liberó de la esclavitud.

Amarás a Dios sobre todas las cosas; por tanto, no debes tener como dios a ninguna de las cosas de este mundo. «Escrito está: adorarás al Señor Dios tuyo» (Lucas 4, 8). Solo el Señor es Dios propio <<nuestro Dios>>. Nuestro Dios es un Dios celoso.

No tomarás el nombre de Dios en vano o en falso. Porque el nombre de dos es sagrado y no debe ser profanado. «No juren, ni por el cielo, ni por la tierra, ni con ningún tipo de juramento. Que su sí, sea sí, y el no, no». (Santiago 5,12). En falso, es decir para probar algo falso, para querer dar consistencia con el nombre de Dios a algo que no la tiene, porque no es. El nombre de Dios es para la bendición, para autorizar la verdad y nunca usado para la mentira.

Santificarás las fiestas (el Domingo). La santificación no es una acción de culto simplemente, sino de descanso y dedicado al Señor tu Dios. Es para que te santifiques en comunión con tu familia y en común unión con Dios a través de su Eucaristía (Lucas 22, 18-20).

Honrarás a tu padre y a tu madre. Honrar incluye también sustentar, mantener, si es necesario. Dios quiere que, después de honrarlo a él, honremos a nuestros padres, a los que Dios reviste de autoridad para nuestro bien. Los hijos deben a sus padres respeto, gratitud, justa obediencia y ayuda. El respeto filial favorece la armonía de toda la vida familiar. «Hijos, obedezcan en todo a sus padres…» (Colosenses 3, 20). «Padres, no irriten a sus hijos con cargas tan pesadas…» (Efesios 6, 4).

No matarás o no cometerás asesinato. Ni con la mirada de desprecio, ni con la palabra ofensiva y menos con el aborto, porque toda vida humana desde el momento de la concepción hasta la muerte, es sagrada. «El que dice: Yo amo a Dios, y odia a su hermano, es un mentiroso» (1Juan 4, 20).

No cometerás adulterio. La fidelidad es una respuesta de un sincero y autentico amor. Respetar la dignidad de la esposa y del esposo, la castidad dentro de la pareja es un valor que es necesario rescatar. «La voluntad de Dios es hacerse santos» (1 Tesalonisenses 4, 3-4).

No robarás. Este mandamiento ordena práctica de la justicia y de la caridad en el uso de los bienes terrenos y de los frutos del trabajo. «No se engañen: ni los ladrones, ni los avarientos…ni los que viven de rapiña han de poseer el reino de Dios» (1Corintios 6, 10).

No darás falso testimonio contra tu prójimo, ni mentirás. La veracidad es la virtud que consiste en mostrarse verdadero en sus actos y en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía (CIC 2505). Una falta cometida en contra de la verdad exige una reparación (CIC 2509). Los principales pecados contra este mandamiento son: la mentira, la maledicencia, la calumnia y el juicio temerario (CIC 2477). «No se mientan unos a otros» (Colosenses 3, 9).

No desearás la mujer de tu prójimo. Esto es válido a su vez para el varón. Este mandamiento da como referencia al no deseo de poseer a varón o mujer casados, a no ver al hombre o a la mujer con malos ojos. «Quien mira con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio en su corazón» (Mateo 5,27-28).

No codiciarás los bienes ajenos. Codiciar como una actitud interna, apasionada y activa. El décimo mandamiento nos prohibe el deseo desordenado, nacido de la pasión inmoderada, de las riquezas y del poder (CIC 2552). «No amen al mundo ni lo que hay en él. Si alguno ama al mundo, en ese no está mi Padre» (1Juan 2, 15-16).

«Graba estos mandamientos o preceptos en tu memoria, enséñalos a tus hijos y a tus vecinos; recítalos cuando te levantes o cuando te acuestes, escríbelos en las paredes de tu casa, o llévalos como un collar, pulsera o anillo. Así serás feliz y el Señor tu Dios te dará muchos bienes» (Deuteronomio 11, 18-21).

Se resumen en: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo (Mateo 22, 37-40). Los tres Primeros mandamientos son con relación a Dios, los restantes regulan la relación con el prójimo.

Los diez mandamientos son el centro y el culmen de la alianza del Sinaí, son el eje para llegar a la alianza de todas las alianzas que se dará en Cristo crucificado y glorificado.

El anuncio se hace realidad y presencia en Jesús de Nazaret. Como Moisés, él es el que comunica la nueva ley al nuevo pueblo de Dios (Mateo 5 al 7), una ley que no viene a abolir la antigua sino a perfeccionarla, reduciéndola a lo esencial: el amor. Con él la presencia de Dios entre los hombres se hace persona. «El verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Juan 1, 14), y se interioriza en el corazón de los creyentes que, por su inserción en Cristo por el bautismo, se hacen templos de Dios (1Corintios 3, 16); él es el que asegura al nuevo pueblo de Dios un alimento imperecedero para su peregrinación por el desierto, el alimento que es él mismo, su propia carne.

Como Moisés, Jesús establece la alianza con Dios, no ya de un pueblo concreto, sino de muchos, de todos los hombres. Establece la alianza durante una comida ritual con sus discípulos en la última cena.

Esa alianza queda sellada con la muerte del mediador en la cruz, muerte que es ofrecimiento y sacrificio que Jesús hace de sí mismo al Padre… En virtud de esta voluntad somos nosotros santificados por la oblación del cuerpo de Cristo, hecha una sola vez (Hebreos 10, 5-7).

La nueva alianza supone y realiza, pues, aquello que la antigua anunciaba: la remisión del pecado que impide la comunión de vida con Dios. Por la sangre de Cristo, éste se ha adquirido un nuevo pueblo, con una nueva vida, que es la vida misma de Dios comunicada por su Espíritu y alimentada por la carne del mediador de la alianza.

Este pueblo se ha hecho creedor a una nueva y más sublime herencia, no de una tierra particular, sino del mismo Dios, coheredero de Cristo, una herencia eterna (Hebreos 9, 15). Esta nueva alianza lleva consigo una nueva y más perfecta ley, que es el mismo espíritu de Dios infundido en nuestro corazón, que desde dentro atrae e impulsa a responder, con el amor, al amor que Dios nos ha manifestado entregando a su hijo por nosotros.

Bibliografía

Rubio Luis. El Misterio de Cristo en la Historia de la Salvación, Sígueme, Salamanca 1991.

Varillon Francisco. Teología Dogmática como Historia de Salvación, Paulinas, Bogotá 1968.

Schökel Luis Alonso. Pentateuco I, Cristiandad, Madrid 1970.

Junco Garza Carlos. La Palabra nos Congrega, Paulinas, México 1989.

7)El pueblo peregrino por el desierto hacia el descanso en la tierra de las promesas

Objetivo

El participante llegará a concluir que el desierto es una etapa de purificación para el pueblo de Israel y a la vez podrá constatar que esta vida también es un desierto.

La teología del desierto

El pueblo de Israel ha tenido en el Sinaí una experiencia del amor de Yavé y ha aceptado el compromiso de una respuesta generosa del amor. Sin embargo pronto siente su propia debilidad cayendo en el pecado.

Moisés salvará a su pueblo de la ira de Yavé, pero el pecado exigirá una purificación.

Esta será en el desierto y dilatará cuarenta años.

El desierto además de ser un lugar para purificar al pueblo será el lugar privilegiado del encuentro con Dios. En él Israel ha visto cara a cara a Dios, ha hablado con él, ha sentido sobre sí su mano cariñosa que le guía y le alimenta, le defiende, le mima. (Dt 1, 30.32; cf. 4, 25-40).

El desierto es también el lugar de la tentación; Dios tienta al pueblo. El desierto es un lugar árido, difícil de privación, de renuncia, de incomodidades.

El pueblo por su parte, tienta a Dios y cae en sus tentaciones. (Ex 17, 2-3; cf. Nm 11, 13-14).

El desierto es una revelación de lo que es el corazón de Dios, y Dios que se mantiene fiel a pesar de que el pueblo no lo es.

Circunstancias históricas de la conquista

La larga permanencia en el desierto ocasionó la muerte de la generación que salió de Egipto, muerte que es interpretada repetidamente por las tradiciones como purificación de su continuo pecado (cf. Dt 1, 34-40)

En el momento de abordar la conquista de Canaán los imperios limítrofes estaban en plena decadencia, por lo tanto resultó relativamente fácil la conquista de la tierra prometida.

Estamos hablando aproximadamente del 1250 a. C.

Mucha parte de la tierra ocupada por Israel estaba despoblada y otra mucha habitada por elementos que hicieron causa común con él.

Con esto la estructura de Israel quedó constituida de forma rápida y definitiva.

Josué, o la continuidad de la historia de la salvación

Moisés muere de un modo misterioso, contemplando sólo de lejos la tierra por la que había suspirado, solidario en esto con la suerte de la generación del desierto (cf. Dt 1, 37).

La muerte de Moisés no impide la continuidad de la historia salvadora. Yavé es el que la lleva a cabo y cuando fallan los mediadores él se elige nuevos «enviados», sobre los que derrama su espíritu, para que en su nombre lleven a término una nueva tarea, la apropiada a la nueva etapa de la historia.

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