Sexto Principio:»Felices los puros de corazón, porque ellos verán al Padre»: Por Horacio Bojorges.

Sexto Principio:»Felices los puros de corazón, porque ellos verán al Padre»: Por Horacio Bojorges.

30) Jesús es el hombre de corazón puro. Jesús desafía a sus adversarios a que le prueben que ha pecado en algo: «¿Quién de vosotros me argüirá de pecado? (elénjei me peri bamartías)’ (Jn 8, 46). Pedro atestigua acerca de Jesús: «no cometió pecado alguno, y en su boca no se halló engaño» (1 Pe 2, 22). Si queremos entender lo que esto significa, debemos contemplar su corazón y sobre todo pedirle: Jesús limpio de corazón, dame un corazón semejante al tuyo».

7. El pecado impuro enceguece el espíritu

31) Todo pecado es impuro porque aparta de Dios. Pero el Señor revela en la Escritura que más que todos, el pecado de lujuria, 1 especialmente el adulterio, apartan al hombre de Él y lo hacen impuro a sus ojos de Padre.
Santo Tomás de Aquino dice: «de la lujuria proviene la ceguedad de la mente, la cual excluye casi totalmente el conoci¬miento de los bienes espirituales».2 Y en otro lugar, tratando de «las hijas de la lujuria» enumera los efectos siguientes: la ceguedad de la mente, la inconsideración, la precipitación, la incons¬tancia, el amor propio, el odio a Dios, el afecto al mundo presente y el horror al mundo futuro.3 De la lujuria proviene, en efecto, la ceguedad de la mente, la cual excluye casi totalmente el conocimiento de los bienes espirituales.4 Esto se debe, explica santo Tomás, a que, a causa de la vehemencia de la pasión y de la delectación, la lujuria, por aplicar al hombre vehementemente al deleite carnal, desordena sobre todo las potencias superiores, que son la razón y la voluntad.5

7.1. Fornicación e idolatría

32) El pecado de lujuria se llama impuro con especial propiedad porque:

1 Sobre lujuria y castidad véase las fichas correspondientes en El lazo se rompió y vola¬mos. Vicios capitales y virtudes, Lumen, Buenos Aires, 2001, pp. 26-46.
2 Summa tbeologiae, 2a-2ae, cuestión 15, De los vicios opuestos a la ciencia y al entendimiento, articulo 3. °: De si la ceguedad de la mente y el embotamiento del sentido provienen de los pecados carnales.
3 Santo Tomás, Summa tbeologlae, 2a-2ae, Cuestión 153, Art. 5.
4 Summa tbeologtae, 2a-2ae, Cuestión 15, art- 3. Santo Tomás muestra cómo la lujuria es el vicio que impide más el ejercicio de la virtud de la Prudencia, porque produce la inconsideración y precipitación en el juicio, la desatención a los consejos de los prudentes y más sabios, y la inconstancia en lo decidido o elegido. Esto tiene consecuencias no sólo en el plano religioso, sino en todas las elecciones de la vida, que son regidas por la virtud de la Prudencia. Así se producen las elecciones imprudentes en materia matrimonial cuando la lujuria enceguece a los jóvenes, apresura la decisión e impide oír el con¬sejo de los familiares, dando lugar a elecciones, que luego, a menudo se demuestran tan cambiantes como el viento de la misma pasión. Ver sobre estos mismos asuntos: Santo Tomás, Summa tbeologlae, 2a-2ae, Cuestión 53 De la Imprudencia, Artículo 1 «De si la Im-prudencia es pecado».

5 Summa tbeologiae, 2a 2ae, Cuestión 153, Art. 5.
a) Aparta el corazón del hombre del amor a Dios, como una especie de idolatría.
b) Porque atenta contra el cuerpo haciendo de él y de la pasión, un ídolo.
33) Por eso los profetas fustigan la prostitución como una idolatría y la idolatría como una prostitución. Esto se explica históricamente porque la idolatría y la fornicación ritual iban juntas en los ritos de la fecundidad de los dioses cananeos. Los israelitas se apartaban del Señor yéndose tras esos cultos sensuales. Los profetas, especialmente aseas, fustigan ese pecado considerando que ambos, tanto la idolatría como la lujuria, son impurezas del corazón que apartan de Dios y oponen a Él.
34) «Comerán y no se saciarán, se prostituirán, y no tendrán descendencia porque han abandonado al Señor para entregarse a la prostitución. La fornicación es vino y embriaguez que arrebata el corazón. Mi pueblo consulta a su ídolo de madera, y su leño lo adoctrina porque un espíritu de prostitución lo tiene extravia¬do y se prostituyen sacudiéndose de su Dios. En las cimas de los montes sacrifican, queman incienso en las colinas, bajo la encina, el álamo y el terebinto, cualquier sombra es buena. Por eso, cuando vuestras hijas y vuestras nueras cometan adulterio, no visitaré yo a vuestras hijas porque se prostituyan ni a vuestras nueras porque cometan adulterio, pues sus maridos también acuden a esas prostitutas y ofrecen sacrificios con las consagradas a la prostitución. ¡Así se pierde un pueblo insensato!» (Oseas 4, 10-14).
35) Esta manera de ver las cosas no cambia en el Nuevo Testamento. Al contrario. Jesús, como hemos visto, no sólo exige la pureza de vida exterior, sino la vigilancia sobre la pureza del corazón, del deseo y de las intenciones, donde mira y ve «el Pa¬dre que ve en lo secreto».
36) Veamos un ejemplo tomado de san Pablo. El Apóstol corrige un grave escándalo de impureza sexual existente en la comunidad de Corinto, ante el cual la comunidad se mostraba, sin embargo, tolerante y como insensible. Corinto era una ciudad licenciosa. Pero se trataba de un caso de incesto. Un cristiano, miembro de la comunidad, convivía con una concubina de su padre. La ley judía tipificaba esta acción entre los gravísimos pecados y las más graves ofensas al Señor. Amós condena que «padre e hijo se alleguen a la misma mujer» (Amós 2, 7) Y el Deutero¬nomio ordena bajo amenaza de maldición: «Nadie tomará a la mujer de su padre; (…) maldito aquel que se acueste con la mu¬jer de su padre» (Dt 23, 1; 27, 20).
37) Pablo, alarmado por la insensibilidad religiosa de los corintios, les advierte que si se tolera esta mala conducta en la comunidad, terminará por corromper el criterio de todos. Pablo les escribe usando la imagen de la levadura que termina por fermentar y corromper toda la masa.
38) «Se ha sabido que hay entre vosotros fornicación, y fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles; a tal extremo que alguno tiene a la mujer de su padre. Y vosotros estáis envanecidos. (…) No es buena vuestra jactancia. ¿Acaso no sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa? Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, como sois, sin leva-dura, porque nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin leva-dura, de sinceridad y de verdad» (1 Co 5, 1-2. 6-8).

7.2. Pureza individual y pureza eclesial

39) Al miembro de la comunidad que muestra, con su vi¬da, que la ofensa del Padre le resulta indiferente, no se lo puede seguir tratando como si no pasara nada. Porque si la comunidad actúa así, también ella se va haciendo indiferente a las ofensas al Padre y pierde su filialidad de corazón y de conciencia. Se instala así una perniciosa indulgencia con las ofensas al Padre, mientras que, por otra parte, no son capaces de perdonarse nada entre ellos y acuden a los tribunales paganos a ventilar sus pleitos.

40) Pablo les reprocha a los corintios que se jactan y se glorían en vano. Muy por el contrario, como cristianos, están siendo muy censurables. A quien le resulte indiferente la gloria del Padre, y lo dejen insensible las ofensas al Padre, éste no puede glo¬riarse de ser hijo ni tener corazón filial. Por eso Pablo les enseña a continuación:

41) «Os he escrito por carta que no os juntéis con los fornicarios. No me refiero en general a todos los fornicarios de este mundo, ni a todos los avaros, ladrones, o idólatras, pues en tal caso ‘os sería necesario salir del mundo. Más bien os escribí para que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con el tal ni aun comáis, porque ¿qué razón tendría yo para juzgar a los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro? A los que están fuera, Dios los juzgará. Quitad, pues, a ese perverso de en¬tre vosotros» (1 Co 5, 9-13).
42) San Pablo enumera los pecados que impiden entrar en el Reino del Padre, es decir, los pecados que son incompatibles con la condición de hijos de Dios: «¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios» (1 Co 6, 9-10). «Si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la Ley. Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, divisiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a éstas. En cuanto a esto, os advierto, como ya os he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios» (Gálatas 5, 18-21).

8. La Promesa: ellos verán a Dios

43) El «verán a Dios» que promete la Bienaventuranza que estamos comentando es sinónimo de «conocer a Dios». También son equivalentes las expresiones «ver el Reino» o «entrar en el Reino» (Jn 3, 3. 5). También se dice: «ver la gloria de Dios» (1 Tes 2, 12: «que os llamó a su reino y a su gloria»). Es bueno te¬ner en cuenta estas equivalencias, para entender los textos bíbli¬cos que citamos a continuación para ilustrar el sentido de esta promesa.
44) Hay una íntima relación entre la filiación y la visión o conocimiento del Padre. El que ve al Padre no peca y el que peca no conoce al Padre. Por otra parte, vivir como hijos asegura una visión futura del Padre, en la vida eterna, que será mucho más perfecta y clara que el conocimiento que nos permite desde ahora vivir como hijos. Ésa es la doctrina contenida en el siguiente pasaje de la primera carta del apóstol Juan.
45) «Mirad qué caridad (agape) nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no lo conoció a Él. Amados, ahora somos hijos de Dios pero aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal como Él es. Y todo aquél que tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo, así como Él .es puro. Todo aquel que comete pecado, infringe también la Ley, pues el pecado es infracción de la Ley. Y sabéis que Él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en Él. Todo aquel que permanece en Él, no peca. Todo aquel que peca, no lo ha visto ni lo ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como Él es justo. El que practica el pecado es del diablo, porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en Él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios. En esto se manifiestan los hijos de Dios y los hijos del dia¬blo: todo aquel que no hace justicia y que no ama a su hermano, no es de Dios» (1 Jn 3, 1-10).

46) La misma relación entre el ser hijos o «ser nacidos de Dios» y la visión de Dios, o del Reino, encontramos en el diálo¬go de Jesús con Nicodemo: «Le respondió Jesús: ‘Amén, Amén, te aseguro que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios’. Nicodemo le preguntó: ‘¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer?’ Respondió Jesús: ‘Amén, amén, yo te aseguro que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne, carne es; y lo que nace del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo aquel que nace del Espíritu'» (Jn 3, 3-8).
47) Jesús considera que lo que viene a traer es la revelación del Padre y que en eso está la vida eterna, en conocer al Padre. Se nace como hijo de’ Dios, conociéndolo, oyendo su palabra y practicándola con gozo filial:
48) «En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíri¬tu, y dijo: ‘Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y entendidos y las has re¬velado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. Todas las co¬sas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo lo quiera revelar’. y volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: ‘Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis, pues os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron'» (Lc 10, 21-24. Ver Mt 11, 25-28).
49) Jesús promete a los que creen que verán la gloria de Dios: «Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: ‘Señor, hiede ya, porque lleva cuatro días.’ Jesús le dijo: ‘¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?'» (Jn 11, 39-40).
50) Pablo expresa la misma idea diciendo que: «ahora vemos en espejo, confusamente. Entones lo veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo imperfecto, pero entonces conoceré como soy conocido» C1 Corintios 13, 12). «Así pues, siempre llenos de buen ánimo, sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión» (2 Corintios 5, 7).

51) A la luz de estos textos, es posible afirmar que la fe es la pureza del corazón filial en esta vida, que asegura la visión plena en la vida futura.

Sugerencias para la oración con la sexta Bienaventuranza
«Felices los puros de corazón porque ellos verán al Padre»

Me pongo en oración y le pido a Jesús que me ilumine acerca de mi estado en relación con la sexta Bienaventuranza. Le pido al Espíritu Santo que me ilumine para comprender cómo la vivió Jesús. Y le pido al Padre que me engendre a imagen y se¬mejanza de su Hijo Jesús, para que pueda vivirla como Él la vi¬vió y pueda entrar en el Reino de los Hijos. Que pueda recibir y tener la pureza de corazón que imprime el Espíritu puro y santo que viene del Padre y permite conocerlo y verlo con una visión pura y espiritual. Pueden ayudarme algunas preguntas como las que siguen. Pero recordaré que las Bienaventuranzas no son leyes o mandamientos, ni se trata de hacer un examen moral, sino de pedir conocimiento interno de mi estado espiritual de hijo y de motivarme para pedir.
¿Creo en la promesa del Señor que cambiará mi corazón, dándome un Espíritu nuevo? ¿O bien, incrédulo ante su poder y amor, miro mis tendencias, vicios y pecados, confesándome más o menos ocultamente que «sí, Dios es misericordioso, pero mi pecado…»?

¿Sigo o resisto a las inspiraciones de este Santo Espíritu en mi interior que quiere formar en mí la imagen de Jesús, sumo agrado del Padre o las dejo pasar por carnal, por negligente, por déficit de conciencia de hijo, y corazón desamorado?
¿Vivo con un corazón dividido por rencores, vicios, pecados, faltas advertidas y constantes, afectos desordenados a personas, cosas o circunstancias, recuerdos, etc.? ¿Quiero que la gracia me disponga a padecer por amor al Padre, sabiendo que el sufri¬miento lo glorifica y purifica mi alma como el oro en el crisol?
¿Soy transparente a los ojos del Padre solamente o caigo en la hipocresía, pretendiendo ser otro ante los hombres?

¿Deseo ser visto solamente por mi Padre que ve en lo secreto y en lo secreto premia, o más bien publico las buenas obras, sacrificio, caridad, dolor físico o moral soportado, etc.? ¿Tengo hábito de entrar «a mi cuarto y cerrar la puerta» o me gus¬ta vivir en vidriera? ¿Por qué? ¿Para qué?
Como laico, sacerdote, consagrado ¿cómo vivo la pureza en el culto que celebro al Padre? ¿Me preparo para los oficios sagra¬dos, pensando adónde voy y con quién vaya tratar, como dicen san Ignacio y santa Teresa de Jesús? ¿O entro en el recinto sagrado con mis acedias, enojos, heridas de amor propio, desvirtuando el poder de la alabanza? En todo caso, al advertido y aún en presencia del Señor sacramentado ¿le pido gracia para serenar, limpiar, suavizar el alma para alabado? «Dios mío, ven en mi au¬xilio» ¿Para qué se lo digo?

La pureza que más agrada a Dios es la virginidad de espíritu, la castidad guardada en todos los estados según nuestras promesas.

¿Cómo cuido esta forma de limpieza del corazón donde ha¬bita la Trinidad; recinto de encuentro con Él en la oración; instrumento de comunicación humana y divina con los demás? ¿Qué lugar ocupan en mi vida las revistas frívolas, pornográficas o cercanas, la TV con todos los programas nocivos a este fin; justifi¬cando la contemplación de filmes, propagandas, programas pe-caminosos con el pretexto de que tengo que estar al día para poder evangelizar, sabiendo en el fondo de mi corazón que estoy dando gusto a mis pasiones, engañándome y sabiendo que a Dios no se le engaña?

Repaso mi vida, de la mano de mi Padre bondadoso y de Jesús misericordioso y, con humildad, recojo mi lista de pecados y faltas y los vuelvo a confesar si Dios me da la gracia, para ob-tener mayor pureza y fuerza contra el Demonio, autor de toda oscuridad e impureza.

¿Entendí que el remedio contra el pecado en todas sus for¬mas es vivir gozosamente como hijo de Dios?

Al confesarme y antes de recibir la absolución, pediré humildemente al sacerdote que con la gracia sacramental me confirme en este deseo: vivir gozosa mente como hijo o hija del Padre. ¡Amén!

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