Cuarto principio: «Felices los que tienen hambre y sed de la justicia, porque el Padre los saciará»: Por Horacio Bojorjes.

Cuarto principio: «Felices los que tienen hambre y sed de la justicia, porque el Padre los saciará»: Por Horacio Bojorjes.

No se trata de cualquier justicia sino de la «justicia de los hijos». Es la que «el Hijo», Jesús, le enseña a practicar a los hijos. En las Bienaventuranzas y en el Sermón del Monte, la justicia de que nos habla Jesús es la justicia que excede a la de los escribas y fariseos: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mateo 5, 20).

CUARTA BIENAVENTURANZA

«Felices los que tienen hambre y sed de la justicia, porque el Padre los saciará»

«Está escrito: No sólo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»
(Mateo 4, 4).
«Que el Reino de Dios no es comida ni bebida,
sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo»
(Romanos 14, 17).

1. ¿Qué hambre y qué sed?

1) No se trata de cualquier hambre ni de cualquier sed, si¬no del hambre y sed «de justicia». Vamos a ver a qué hambre y sed se refiere Jesús durante su vida. Jesús declaró que tenía hambre de hacer la voluntad del Padre, junto al pozo de Jacob le pidió de beber a la mujer samaritana y en la Cruz gimió: tengo sed.

2. ¿Qué justicia?

2) No se trata de cualquier justicia sino de la «justicia de los hijos». Es la que «el Hijo», Jesús, le enseña a practicar a los hijos. En las Bienaventuranzas y en el Sermón del Monte, la justicia de que nos habla Jesús es la justicia que excede a la de los escribas y fariseos: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mateo 5, 20).
3) Jesús se refiere pues a la justicia de los hijos, que da acceso al Reino del Padre. Esta justicia designa la vida en correcta relación filial respecto del Padre y fraterna respecto de los demás hijos del Padre, que son, por eso, hermanos. Se trata pues del hambre y la sed por esta justicia nueva, que Jesús viene a traer al mundo e inaugura con su vida y conducta. Se trata de un hambre de comunión filial de vida con el Padre y con el Hijo. De un hambre de caridad.
4) Acerca de esta justicia, refiriéndose a ella como la justi¬cia del Reino de Dios, enseña también Jesús en el Sermón del Monte, contrastando dos hambres y dos necesidades, una material y otra amorosa: «No andéis pues preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿qué vamos a beber?… que por todas esas cosas se afanan los paganos. Y ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad el Reino de Dios y su justi¬cia y todas esas cosas se os darán por añadidura» (Mateo 6, 33).

3. El hambre de Jesús

5) «Después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, Jesús sintió hambre. Entonces se le acercó el Tentador y le dijo: ‘Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes’. Mas Él respondió: ‘Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios'»
(Mateo 4, 3-4).
6) Con el episodio de la tentación en el desierto Jesús nos enseña que, si no miramos más allá del hambre física, no vemos las verdaderas y totales dimensiones de la necesidad del hombre para ser feliz. No basta el bienestar, la saciedad física para ser feliz. Bienestar y felicidad no son lo mismo.
7) «En otra ocasión, los discípulos le rogaban, diciendo: ‘Rabí, come’. Él les dijo: ‘Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis’. Entonces los discípulos se decían entre sí: ‘¿Le habrá traído alguien de comer?’ Jesús les dijo: ‘Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra'» (Juan 4, 31-35). Ésta es el hambre bienaventurada de los hijos a la que se le promete que el Padre la saciará.

8) Al comienzo de la última cena, que es el memorial de su amor, Jesús confiesa: «ardientemente he deseado (epithumía epit¬búmesa) comer esta pascua con vosotros antes de mi pasión». El deseo ardiente de comer con sus discípulos se refiere enseguida a un misterioso banquete celestial, que será la cita de encuentro del gran Nosotros divino-humano: «porque os digo que no lo co¬meré más hasta que se consume (plerotbe) en el Reino de Dios» (Lucas 22, 15). El hambre y la sed de Jesús remiten al misterio del pan y del cáliz que entrega en la última cena y que significan su cuerpo y su sangre entregados por nosotros. El misterio del hambre y la sed de Jesús se expresan en la confesión de Pablo: «me amó y se entregó por mí» (Gálatas 2, 20).

4. La sed de Jesús

9) El episodio de la Samaritana, junto al pozo de Jacob, contribuye a revelamos el misterio de la sed de Jesús. Fatigado del camino, Jesús comienza pidiéndole de beber a la mujer. Pero enseguida pasa a ofrecerle un agua que quita la sed para siempre. En el Verbo hecho carne se nos revela así el misterio de la sed de Dios: sed de dar de beber, sed de calmar la sed.
10) «Jesús, fatigado del camino, se sentó junto al pozo. Era como la hora sexta. Llegó una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: ‘Dame de beber’ (…) La mujer samaritana le dijo: ‘¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?’ porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí. Respondió Jesús y le dijo ‘Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le pedirías, y él te daría agua viva’ (…) Cualquiera que beba de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna» (Juan 4, 6-10. 13) La mujer, que no comprende las palabras de Jesús, responde: «Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed ni venga aquí a sacarla» (v. 15).

5. El Padre sediento de dar de beber a los sedientos

11) Para interpretar el sentido divino de esta escena hay que tener en cuenta que, en la Sagrada Escritura, los pozos son, proverbialmente, el lugar de memorables encuentros esponsales. El siervo que Abraham envía a traer esposa para Isaac, encuentra a Rebeca junto a un pozo (Génesis 24, 11-21); Jacob encuentra a Raquel junto a un pozo (Génesis 29, 2-14) Y Moisés encuentra junto a otro pozo a Séfora (Éxodo 2, 16. 22).
12) La Escritura compara también a la mujer amada con un pozo: «Bebe el agua de tu propia cisterna, los raudales de tu propio pozo. (..,) ¡Sea bendito tu manantial y alégrate con la mujer de tu juventud» (Proverbios 5, 15. 18). Y el cantar celebra a la amada como «fuente sellada» en un jardín cercado (Cantar 4, 12); «Fuente de los huertos, pozo de agua vivas, corrientes que del Líbano fluyen» (Cantar 4, 15).
13) Junto al pozo de Jacob, el Verbo eterno de Dios viene al encuentro de una humanidad que, sedienta de amor, no sabe amar, pero de cuyo amor Dios mismo está sediento y a la que quiere brindar en abundancia los torrentes del Espíritu Santo.
Que esa humanidad sea representada por una mujer, una samaritana y una samaritana segregada hasta de su propia gente, expresa la misericordia con que el Médico divino se inclina sobre los enfermos más necesitados: «No tienen necesidad de médico los sanos. No he venido a llamar a los justos sino a los pecado¬res» (Marcos 2, 17).

14) En la escena junto al pozo de Jacob -en efecto- Jesús se revela sediento del amor de una humanidad que no sabe amar. La mujer samaritana es representante de esa humanidad hosca, huraña y replegada sobre sí misma. Ella viene a buscar agua a la hora del rayo del sol para no encontrarse con las mu¬jeres del pueblo, que venían tempranito con la fresca de la mañana. Ella ha tenido cinco maridos y, o no ha sabido retenerlos y la han abandonado, o ella los ha abandonado uno tras otro. El que tiene actualmente se lo ha arrebatado a otra mujer, que sin duda la odia. No sólo representa a una humanidad que no sabe amar, sino que destruye amores y siembra odios y rivalidades. En asuntos de amor puede llamársela una fracasada y quizás una destructora. Es pues un digno símbolo de la humanidad herida por el pecado original, que no sabe amar y debe aprender ese ar¬te supremo de un Maestro divino.

15) Dios Padre es Caridad. Caridad que da a su Hijo. Y la Caridad es un amor de amistad: sediento de amar y de ser corres¬pondido. En el Padre, el deseo de ser correspondido no proviene de una necesidad, de algo que le falte a Él. Sino del mismo dadivoso deseo de damos el ser y de hacemos felices, pues nuestra felicidad consiste en amado y la suya en comunicamos su felicidad. El Padre es feliz engendrando hijos con los que quiere llenar su casa. Nos ama y por amor a nosotros quiere que 10 ame-mos. Es Sed deseosa de damos de beber, porque para saciar nuestra sed nos ha creado como creaturas sedientas de su amor. «Nos has creado para ti y nuestro corazón está sediento hasta que beba en tu fuente».

16) Ésta es la sed del Hijo, la que Él’ grita muriendo en la cruz para que se cumpliera la Escritura, o sea el designio del Pa¬dre: «Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliera: ‘¡Tengo sed!'»
(Juan 19, 28). Cumplía la voluntad del Padre de entregar a su Hijo para engendrar muchos hijos, nosotros; y éste era el cáliz que debía apurar: «Padre, si es posible pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya» (Mateo 26, 39), porque tengo sed de cumplir tu voluntad: «El cáliz que me ha destinado mi Pa¬dre ¿no lo vaya beber?» (Juan 18, 11) ¿Cómo podría despreciarle esta copa de gloria, aunque terrible?

17) Y haciéndose Él mismo Cáliz de salvación, para saciar la sed del mundo, derrama en la cruz, por su costado abierto, sangre y agua.

6. El hambre de las muchedumbres

18) En el episodio de la primera multiplicación de los panes, Jesús se compadece de la ignorancia de la muchedumbre y les enseña largamente, mientras que los discípulos, quizás algo cansados de la larga enseñanza, empiezan a preocuparse porque la gente no tiene qué comer y los quieren mandar a comprar pan. Son dos miradas, dos misericordias sobre dos aspectos de la ne¬cesidad de la muchedumbre y dos urgencias, dos prioridades:
19) «Salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas. Cuando ya era muy avanzada la hora, sus discípulos se acercaron a Él, y le dijeron: ‘El lugar es desierto y la hora ya muy avanzada. Despídelos para que vayan a los campos y aldeas de alrededor y compren pan, pues no tienen qué comer'» (Marcos 6, 34-36).

7. Jesús no es insensible al hambre física¬

20) No es que Jesús sea insensible al hambre física. Cuando, por ejemplo, alrededor de la recién resucitada doceañera hi¬ja de Jairo, a causa de la sorpresa y del alborozo, a nadie se le podía ocurrir pensar en eso, Jesús les llama la atención y se lo recuerda: «les dijo que le dieran a ella de comer» (Marcos 5, 43). Los invitó a bajar los decibeles del asombro y a volver a una, tan santa como sensata, normalidad del desayuno, almuerzo y cena. Necesaria, por otra parte, para la convalecencia de la consumida preadolescente.

21) Y ya resucitado, mientras los discípulos levantaban las redes tras una noche de pesca infructuosa, Jesús los aguarda con una comida preparada y se divierte con la sorpresa. Desde la orilla les grita: «m’ijitos (paidía) ¿tienen algo de comer? Le respondieron: ¡No!» -Un no seco. Quizás algo malhumorado-. Conocemos el episodio y cómo: «al descender a tierra, vieron brasas puestas y un pescado encima de ellas, y pan» (Juan 21, 5. 9).
22) No es, pues, que Jesús fuera insensible o ciego para el hambre. Con menos razón insensible para el hambre de una muchedumbre. Lo que pasa es que Jesús se muestra, en este episodio, más sensible al hambre espiritual.

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