Altura y profundidad del amor de Dios para un enamorado de la eucaristía. Pedro Peredo

Altura y profundidad del amor de Dios para un enamorado de la eucaristía.


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Todo mi ser es como nada delante de ti; y todas las naciones de la tierra son en tu presencia como si no fueran. Sal 139, 6; Is 40, 17.

Dios es la plenitud del poder, de la sabiduría, del amor; el hombre, un abismo de inteligencia, de ignorancia, de egoísmo. Ya por su naturaleza, Dios y el hombre, lo infinito y lo finito, se encuentran a una distancia inconmensurable.

Desde el seno del Padre, de lo íntimo de aquel santuario augusto de paz, de luz, de plenitud, entre los esplendores de la santidad y de las adoraciones del cielo, descendió el Verbo y se aniquiló a sí mismo tomando nuestra carne, haciéndose hombre… y bajó más todavía; tomó sobre sí todas nuestras debilidades y gustó la amargura de todos nuestros dolores (cfr. Is 53, 4). Pero ese descenso de Cristo no ha sido un hecho pasajero, se ha inmortalizado en la Eucaristía. La misión de Cristo, que se reduce a ser lazo de unión entre Dios y el hombre, a anular esa distancia infinita y a colmar ese abismo insondable, se ha perpetuado en la Eucaristía.
Tiene pues la eucaristía dos aspectos: uno que toca a Dios y se pierde en el seno del Padre; otro que toca al hombre bajando hasta el abismo de las miserias humanas.

Todos estos misterios no se verifican allá muy lejos y muy alto, en lo más cercano del cielo, no, esos misterios se realizan en la humilde pequeñez de la hostia santa…

Cuando el verbo, Esplendor del Padre, la hermosura de su sustancia, bajó al relicario más puro de la humanidad, al lugar más santo de la tierra: el seno de María, la Iglesia no vacila en exclamar: ¡no retrocediste ante el seno de la virgen! ¿Qué decir cuando se trata de bajar al corazón del hombre? ¡Cuántas veces la mano inocente del sacerdote colocará la hostia santa sobre labios manchados! Y la Eucaristía no se retira; ¡no retrocediste! Sigue adelante y baja… hasta el fondo de aquella inmunda cloaca, más asquerosa que el mismo infierno… ¡Dios mío! ¡Dios mío! La hostia inmaculada, la blancura divina en el fondo de esa letrina… comprendo el “vermis et no homo” de Isaías, no un hombre, ¡un gusano que se tuerce en el inmundo y asqueroso fango! ¿Cómo puede Dios permitir eso, eso que no tiene nombre? Cristo ha permitido la infamia del sacrilegio para poder elevar, desde el abismo de un corazón en pecado y en medio de las inmundicias de la culpa, ¡el gemido inenarrable de su divina adoración! ¡Oh, que hondo baja y que alto sube!

Ante estos misterios que deslumbran, que anonadan, no queda sino doblar las rodillas, inclinar la frente y en silencio adorar… Tantum ergo sacramentum, veneremur cernui…

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