San Pío X, Vida «Pío X y la paz universal»

San Pío X, Vida «Pío X y la paz universal»

San Pío X, Vida

«Pío X y la paz universal»

Cuando el 14 de octubre de 1903 Pío X, dirigía por primera vez su palabra al mundo católico, decía:

¿Quién hay que no sienta su ánimo consternado al contemplar la mayor parte de la humanidad combatir entre sí,  tan atrozmente que semeja una lucha de todos contra todos? No hay ninguno que no suspire y no invoque la paz; pero querer la paz sin Dios es un absurdo, porque de donde está ausente Dios, esta desterrada la justicia, y, si se quita de en medio la justicia, es en vano alimentar esperanzas de paz.

 

No pocos hay que, empujados por este anhelo de paz que es tranquilidad de orden, se agrupan  en sociedades y paridos que llaman partidos de orden. ¡Vanas esperanzas y fatigas perdidas! El partido del orden que puede traer de nuevo la paz en la perturbación de las cosas no es más que uno solo: el partido de Dios. Este es el que es necesario promover, y a este hay que conducir a los hombres si verdaderamente nos mueve el amor a la paz.”

Cuando el Papa santo había hecho para promover este partido de Dios, para la paz, para el orden y para la tranquilidad religiosa, civil y social de los pueblos y de las naciones, lo diría el historiador de su Pontificado.

Aquí  nos limitaremos a pocos y rápidas indicaciones, pero más que suficientes para concluir que a la causa de la paz de los pueblos Pío X ha dado; la mente vigorosa, el gran corazón, la vasta obra, el último anhelo de su vida.

Así, ardiente y solemne, resonó su voz de arbitro supremo, en los ásperos debates entre los Gobiernos del Brasil, Perú y Bolivia por la discutida delimitación de sus fronteras territoriales, conjurando el peligro de una guerra cruel; llamo a la concordia  y a la paz los ánimos de Polonia, sujeta a Rusia, exasperados por la violencia de las pasiones, tranquilizo las agitaciones religiosas de los pueblos esclavos, inquietos por la antigua cuestión del uso de lengua materna en la liturgia; devolvió a los austriacos la tranquilidad turbada por el funesto movimiento que al grito de “Los von Rom” amenazaba con hundir en el cisma un imperio que se  gloriaba del título de apostólico, mientras que, en la injustificada protesta del nacionalismo alemán contra la encíclica –mal entendida- sobre el centenario de san Carlos,  Borromeo y contra el juramento antimodernista, con una prudente aclaración, disipaba las dudas y los prejuicios que habían transformado las mentes y suscitando la rebelión.

Así, por la paz religiosa, fueron exhortados los españoles a entrar numerosos y compactos en la acción política en defensa de la religión y de la patria,  amenazadas por obscuras conspiraciones y sediciosas conjuras; asistidos  los pobres trabajadores, para que no se abandonasen a ideas subversivas para el orden social; defendidos los católicos de Abisinia, perseguidos por su fe; salvado, en nombre de la justicia y de la piedad humana, del estrago el pueblo mártir de Armenia y del exterminio la infelicísima estirpe de los indios de América latina. Al mismo tiempo, a un lado y otro de los océanos, daba eficaz incremento a la Acción católica definida por él: “la acción misma de Cristo en los individuos, en la familia y en la sociedad”; acción de orden, de concordia, de tranquilidad y de paz.

Y cuando “considerando –como el mismo expresaba- la importancia numérica de los ejércitos, la potencia de los preparativos guerreros y la ciencia militar de tal modo adelantada”, presintió la espantosa catástrofe que se escondía en la llamada “paz armada” llamo a todo el mundo católico al gran jubileo por la “paz concedida por el emperador Constantino” a la Iglesia con el famoso edicto de Milán en el 313, mientras, dos meses antes de morir, el 24 de junio de 1914, ratificaba con Serbia  un Concordato que a los católicos de la nación evangelizada por Cirilo y Metodio, concedía amplia libertad de religión y de culto:  un Concordato que abría una nueva era en los Concordatos de la Iglesia y que desde el punto de vista del derecho Canónico se podría definir “una perfecta e impecable obra maestra”.

Era el triunfo pleno y completo de su idea: la restauración de todas las cosas en Cristo la idea que a través de los tiempos y de los azares le había dominado con inmutable constancia, de la parroquia de Salzano a la fastuosa ciudad de Dux, del esplendor del trono Papal al umbral del sepulcro-, idea sobrenatural, realizada con la fiel e indisoluble colaboración de un incomparable cardenal secretario de estado: incomparable por la altura del ingenio, no menos que por la santidad de vida,  digno de la incontestable grandeza de un Pontificado que la historia ha grabado en los fastos de la Iglesia con grandes caracteres, porque conoció las grandes luces de Dios y las grandes tormentas de los hombres.

El cardenal R. Merry del Val murió el 26 de febrero de 1950, con gran fama de santidad de vida. Hoy están en curso los procesos informativos para la Causa de Beatificación y canonización. “Cardenal R. Merry del Val, Segretario di Stato de Pío X,”

  

 

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