SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO: Doctor de la Iglesia: Vida y obra.

SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO: Doctor de la Iglesia: Vida y obra.

SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO

(I696-I787)

VIDA

Nacido en Marianello, cerca de Nápoles, en l996, Alfonso era el mayor de siete hijos, de una familia de alta nobleza, aunque no rica.

Siendo capitán de galeras su padre, el niño fue educado sobre todo por su madre, que supo inculcarle una piedad tierna e ilustrada, aunque con una ligera tendencia al escrúpulo. Ella lo ayudó también a dominar un temperamento ardiente, a disciplinarse hasta cambiar en dulzura adquirida su nativa impetuosidad.

Notablemente dotado, el joven Alfonso abordó las ciencias más diversas: letras, matemáticas, filosofía. Aun agregaba él las artes, por gusto: música, pintura; y poseía a fondo la lengua francesa. Destinado al foro, desde la edad de l6 años, Alfonso era Doctor in utroque Jure, derechi civil y derecho canónico. Un incidente sin importancia, muy explicable aun en un abogado de experiencia, y con mayor razón en un debutante, tuvo a los ojos del escrupuloso joven las proporciones de un drama que le rompió muy pronto su carrera: pleiteando en un proceso, de absoluta buena fe, de repente se dio cuenta de que un error en la interpretación de un documento capital había falseado todoel problema. No contento con humillarse públicamente por este error, el joven abogado dejó para siempre el foro. Dios lo esperaba en ese momento. A pesar de la oposición de su padre, Alfonso, a los 27 años, se dirige hacia el estado eclesiástico (l723), y es ordenado sacerdote en l725. Atraído primeramente hacia la orden de los Teatinos, luego hacia el Oratorio, “misiona” con los Lazaristas bajo la dirección del P. Cutica; luego, soñando en lejanas misines, ¿llamó quizá a la puerta del Colegio de los chinos, instituído para la formación del clero indígena? Mientras tanto, sin embargo, funda la obra de las Capillas que junta a las gentes del bajo pueblo: obreros, empleados, cargadores, etc. . . Esto viene siendo para él una doble revelación: por una parte, la ignorancia religiosa que reina en estos medios; por otra parte; la buena voluntad y a menudo las virtudes naturales que los predisponen para los misterios de la Fe. El encuentro con el P. Falcoia, de la Orden de los piadosos-obreros, acaba de ilustrarlos sobre el estado de esas gentes, y de descubrirle al mismo tiempo su verdavero camino: el apostolado del mundo más desheredado espiritualmente, el del campo.

En una Congragación que él tenía el cargo de reformar y de la que había hecho la Orden de las Redentoristas, una religiosa dio parte de una revelación con la que había sido favorecida. San Francisco de Asísse le había aparecido, designando a Alfonso de Ligorio con estos términos: :He aquí al fundador de una nueva Orden de misioneros en la Iglesia”. Pero justamente desconfiado respecto de la visionaria, Alfonso opuso su repugnancia al papel de fundador. Pero ¿la que lo empujaba no era un signo más auténtico de la Providencia? El P. Falcoia, convertido en Obispo de Castellamare,y el P. Pagano, confesor de Alfonso, fueron de este parecer. Varios sacersotes piadosos y celosos se mostraron enamorados del mismo ideal; y el nueve de noviembre de l732 se inauguró, bajo la dirección de Alfonso de Ligorio, la Congregación del Santísimo Redentor o de los Redentoristas, para la evangelización de las campiñas. El nuevo instituto fue solemnemente aprobado por Benedicto XlV en l749.

Sin embargo, a pesar de la unanimidad de los primeros días, no tardaron en aparecer divergencias de puntos de vista. ¿Acaso era necesario concentrar todos los esfuerzos el el solo apostolado por la predicación, o bien habría que agregarle la enseñanza? Los partidarios de esta innovación, numerosos influyentes, hicieron la escisión. Abandonado de sus mejores compañeros, inflexible a pesar de todo ensu resolución, pronto dominada una tención de desaliento, Alfonso hizo el voto heroico de consagrar toda su vida a las misiones populares, aun cuando siguiera él solo. Otras vocaciones surgieron entonces para llenar los vacíos abiertos por las deserciones; y los reciénvenidos, en plena armonía con su jefe, a los tres votos simples de religión agregaron el juramento de perseverar en el Instituro consagrado al apostolado de las misiones.

Durante 30 años el infatigable misionero predicó el puro Evangelio y “las grandes verdades de la salvación”. Los frutos inmediatos de esta enseñanza los cosecha en su confesionario, del que no se levantava. Aparte de los prodigios de conversiones, su camino apostólico estaba sembrado de frecuentes milagros que Dios se digna obras por sus manos.

Nuevo giro, muy inesperado, en la vida de Alforso de Ligorio. Pasando por encima de sus resistencias, en Papa Gregorio Xlll le nombra Obispo de Santa Agata de los Godos, pequeña diócesis de cuarenta mil almas entre Benevento y Capua, dotada de un numeroso clero secular y regular, pero afligida por los abusos, las rutinas, la ignorancia y los vicios, tanto en los clérigos como en los laicos. Se necesitaba allí un pastor tan firme en los principios como misericordioso en los méritos. El Papa había sabido escoger.

Pero el nuevo Obispo tiene ya 66 años; le acosan las enfermedades. A pesar de prodigios de energía, el reumatismo, la ciática, una desviación de la columna vertebral lo convieten en un viejo semiparalítico, de cuerpo deformado, con la cabeza caída sobre el pecho, según lo representa la mayor parte de las estampas. Desde su recámara gobierna todavía su diócesis y su congregación. Por fin, en l775, después de haberla presentado varias veces es aceptada su renuncia. Se retira entre sus religiosos en Nocera; tiene cerca de 80 añas..

Pero este retiro no fue de ninguna manera el reposo. Hacia l780, malentendidos, ambiciosas y envidiosas revalidades de ciertos religiosos arrojaron la perturbación y la discordia en la Congregación. La obra se vio amenazada de rompimiento; las casas erigidas fuera de los estados pontificios trataron de separarse; el santo fundador mismo vino a ser sospechoso, se le acusó y se le descartó. La prueba ensombreció de manera singular los últimos años de Alfonso de Ligorio. El apaciguamiento no se hizo sino casi cerca de l787, como paraproporcionarle a este viejo de 9l años el supremo consuelo de morir con toda serenidad, rodeado de la veneración de sus hermanos y enriquecido con la bendición del Soberano Pontífice.

Proclamada por la voz popular, aun en vida, la santidad de Alfonso de Ligorio no tardó en ser ratificada por la Iglesia. Reducuiendo en su favor las dilaciones legales, el Papa Pío Vll lo beatificó en l8l6. En l839 fue canonizado; y en l87l Pío lX hacía de él el Xl Xdoctor de la Iglesia, inmediatamente despuéss de Santo Tomás de Aquino y de Buenaventura.

OBRAS

San Alfonso de Ligorio había hecho voto de “jamás perder el tiempo”, voto heroico, al que fue estrictamentefiel, porque, no contento con “orar sin cesar”, según el precepto evangélico, pasaba sin interrupción de la cátedra al confesionario, o viceversa. Y el resto del tiempo, en su celda, se “crucificaba a su pluma” (Lacordaire).

Gracias a esta asiduidad en el trabajo, tanto como por la grandeza de su espíritu y por la intensidad de su vida interior, le dejó a la posteridad una obra inmensa y de valor de primera clase”.

Las “Actas del Doctorado” (Documentos pontificios que motivan la elevación de Doctor de la Iglesia) citan l60 obtras ascéticas: con las obras apologéticas y moraales , luego los cánticos espirituales, y en fin tres volúmenes de cartas, todo esto viene siendo una biblioteca de ciencias religiosas de más de 200 libros u opúsculos que se debe a la pluma de San Alfonso de Ligorio. Biblioteca popular sobre todo, pues el autor se expresa habitualmente en italiano, accesible al gran público, aparte de algunos tratados de Teología escritos en latín escolástico.

Apenas ordenado sacerdote (l728), Alfonso escribía ya las “Máximas eternas”, pequeño conjunto de meditaciones sobre las grandes verdades reveladas. Algunos años más tarde, los “Canticos espirituales en honor de Jesús y de María”.

En apologética, su obra más importante es la “Admirable conducta de la Divina Providencia en la obra de la Redención” (l773).

En dogmática, el “Triunfo de la Iglesia” y la “Defensa de los Dogmas” rechazan los ataques protestantres y establecen la autoridad de la Iglesia, el Primado del Soberano Pontífice, la doctrina católica de las postrimerías. Estosd libros serían reedictados en l870, con ocasión de la proclamación del dogma de la infalibilidad pontificia, bajo el título de El Papa y el Concilio. Sin embargo, la “Teología Moral” es lo que constituye la obra capital de San Alfonso de Ligorio. A sus misioneros encargados de instruir a los ignorantes y muy a menudo de combatir errores y prejuicios, les hace falta, claro está, una sólida formación teológica. Ahora bien, en su época casi no había obras que formaran un cuerpo de doctrina a la vez segura y práctica, que pudiese ser puesto en las manos de clérigos jóvenes y adaptado a las exigencias de la reforma de las costumbres en los medios populares. Por lo cual, Alfonso de Ligorio se dedicó a componer una Teología moral, para uso de sus Redentoristas, sin sospechar, evidentemente, que la obra se propagaría en todo el mundo eclesiástico y religioso, para pasar luego a la posteridad, al grado de que todavía ahora sigue siendo clásica en los seminarios y noviciados. Las Actas del Doctorado de San Alfonso citan 50 ediciones de esta obra.

Simples notas primeramente sobre la Medulla theologiae moralis del Jesuita Hermann Busembaum; luego las notas zse amplian en verdaderas disertaciones, se convierten en tratados, cuyo carácter personal y cuya amplitud hacen del comentarista un autor original para quien el texto primitivo de Busembaum no sirve sino de hilo conductor.

El propio autor se tomó el trabajo de resumirla y de hacerla más fácilmente apicable, en dos obras: La instrucción práctica del confesor (l757), cuya traducción latina Homo apostolicus (l759) es también de San Alfonso, así como “El confesor de campesinos” (l764).

Completando la Teología Moral vienen varias Disertaciones: “Sobre el Escándalo”, “Sobre la cooperación”; “Sobre la Penitencia”; “Sobre la justicia”; “Sobre la práctica abusiva de maldecir a los muertos”; Sobre las sentencias concernientes a la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen”; “Sobre la legitimidad de prohibir y destruir los libros cuya lectura es nefasta”; “Sobre los honorarios de Misas”.

Para uso de todos los cristianos deseosos de mantener y desenvolver su vida sobrenatural nos dejó “Las visitas al Santísimo Sacramento y a la Santísima Virgen para todos los días del mes” (l768); “Las glorias de María” (l750), que dio un impulso extraordinario a la devoción mariana y al que se refiere siempren los escritos que quieren abordar esta materia; “El Gran Medio de la Oración” (l759), verdadera innovación o más bien un retorno al verdadero espíritu del Evangelio, para la orientación de la piedad; la “Preparación para la muerte” (l758), cuya publicación, al decir de un contemporáneo, “produjo mayor efecto en Nápoles que una misión general”; “El camino de la salvación”, y el “Reglamento de vida para un cristiano” (l767), resúmenes escritos de predicaciones durante misiones populares; una “Novena de Navidad” u una Novena del Sagrado Corazón” (l758): La “Práctica del amor a Jesucristo”.

Destinados más especialmente a sacerdotes y almas consagradas: “Selva, conjunto de notas para retiros eclesiásticos”; “La verdadera esposa de Cristo o la Religiosa santificada” (l760); “El Breviario de la perfección sacado de los escritos de Santa Teresa” (l743); “Carta a un religioso sobre la manerade predicar con simplicidad apostólica, evitando el estilo elevado y florido” (l76l).

Por incompleta que sea, esta enumeración permite emitir un juicio: San Alfonso de Ligorio, a quien la universalidad de su genio hubiese permitido abordar muchas otras cuestiones, aunque se ciñó sistemáticamente al estudio y la difusión de la verdad religiosa y cristiana, en este dominio restringido cuanto menos manejó todos los géneros. Agregaremos que sobresalió en todos.

Algunos teólogos reprochan al gran moralista que fue San Alfonso de Ligorio sus meticulosos análisis de los estados de almas, sus direcciones de los actos humanos, cosas todas conocidas en los manuales bajo los nombres de “probabilismo, equiprobabilismo, probabiliorismo, tuciorismo, etc.”. Aunque se encuentran, en efecto, estas nociones y estos términos en la “Teología Moral”, manifiestan una alma no solamente escrupulosa consigo misma, sino sobre todo cuidadosa de establecer a las otras almas en una paz auténtica, fundada en la Verdad integral, tal alejada de la indulgencia ilusoria como del temor injustificado.

Desde l749 Alfonso de Ligorio escribía una “Disertación escolástico-moral para echar mano moderadamente de una opinión probable si está en concurrencia con una opinión más problable”;luego, diez y veinte años más tarde, nuevas “Disertaciones sobre el uso moderado de la opinión probable”. Con este motivo fue objeto de violentas críticas de teólogos anónimos, pero sobre todo el domingo Patuzzi. Un libero intitulado “La causa del probabilismo puesta sobre el tapete por Mons. De Ligorio y de nuevo convicta de falsedad por Adelfo Desiteo” (el seudónimo de Patuzzi) provocó de parte de Alfonso una respuesta: “Apología en defensa de la disertación sobre el uso de la opinión probable, contra los ataques de cierto Padre lector que toma el nombre de Adelfo Dositeo”. Aquí establecía claramente el Santo Doctor “que una ley no podría tener fuerza obligatoria si su existencia no estaba establecida de manera convincente, o al menos más probable que la opinión contraria”, y luego “que una ley incierta no podría imponer una obligacón cierta”.

Poe lo demás, aun en el fuego de la discusión el Santo Doctor guardaba una inperturbable serenidad: “Cuando tengo a mi favor una razón convincente —–decía él—–me preocupan poco las autoridades contrarias”. Tenía razón, puesto que tra de Clemente Xlll la Sagradra Congregación de la Penitenciaría ratificó las tesis del Santo, declarando que podían seguirse con toda seguridad (5 de julio de l83l).

La primera iniciación de Alfonso en la Teología, en la escuela del Canónigo Torni, le había hecho respirar durante tres años una atmósfera de rigorismo, derivada del Jansenismo. Pero su gran buen sentido y su esclarecida fe no tardaron en hacerle discernir el error y la inconveniencia de esa doctrina tan inhumana como antievangélica. Reaccionó entonces vigorosamente. Ora trate de la conducta moral, ora de la frecuentación de los sacramentos, ya del culto mariano, ya de los estados de perfección, sus obras están siempre marcadas en el troquel de la sabiduría, de la ponderación del “justo medio” en el que reside la virtud, tan alejada del Jansenismo como del laxismo y del quietismo. ¿No se le llamó “el martilo del Jansenismo”? En Francia, de manera especial, durante el desorden que siguió a la tormenta de la Revolución, la influencia de San Alfonso sobre el clero, en los seminarios y en las Ordenes religiosas, y mediante ellos mismos sobre los fieles, contribuyó poderosamente a reavivar la piedad de los católicos.

Alfonso de Ligorio sostuvo otras polémicas. En su época el conjunto de dogma católico era combatido por las filosofías de Hobbes y de Locke, por el panteísmo de Spinoza, el especticimoo de Voltaire, el estatismo de los príncipes. Con vigorosa pluma escribió el valiente apologista “Disertación contra los errores de los incrédulos modernos”, “Reflexiones sobre la Verdad de la Revelación Divina” “Verdad de la Fe”, en que se refura, uno a uno, a los materialistas negadores de la existencia de Dios, a los deístas que niegan la Revelación, a los herejes y cismáticos que no reconocen a la verdadera Iglesia. Estos libros se propagaron mucho en Italia y en gran parte contribuyeron a preservar a este país del filosofismo y del ateísmo propagados por la Enciclopedia.

Luego, tratados domáticos más particualres: sobre la divinidad de la Iglesia, «Admirable conducta de la Divina Providencia en la obra de la Redención de los hombres»; sobre la supremacía de la Santa Sede, «La autoridad del Pontífice de Roma por encima del concilio Ecueménico y su infalibilidad en las cuestiones de Fe», obra que ejerció una considerable influencia para la definición dogmática de la infalibilidapontificia en el Concilio Vaticano I en 1870.

El «Tratado Dogmático contra los pretendidos reformados» es una exposición de las grandes definiciones del Concilio de Trento y una refutación de los errores protestantes. Esta obra se reforzóo con otra: «Triunfo de la Iglesia o historia y refutación de las herejías». Una y otra se completan con el opúsculo «Modo de operación de la Gracia», en el que eleváandose por encima de las querellas entre tomistas y moninistas, San Alfonso estudia los medios prácticos de obtener la Gracia, en particular los Sacramentos y la Oración.

En cuanto a la multitud de sus tratados de ascesis y de espiritualidad, su carácter general lo puso de relieve un piadoso prelado, Mons gaume de Selva: «No estáa aquí el pensamiento de un hombre que se os dé como regla del vuestro, sino que es el pensamiento de los siglos. No es el obispo de Santa Agata de los godos, es la tradición entera la que predica, instruye, ordena, anima y conmueve. Estos libros son como una tribuna sagrada desde cuya altura hablan alternativamente los profetas, los apóstoles, los hombres apostólicos, los mártires, los solitarios, los más ilustres pontífices del Oriente yd el Occidente, los maestros más hábiles, en una palabra la Antigüedad, la Edad Media, los itempos modernos». ¿Precisamente por esto se le ha reprochado a San Alfonso el carecer de originalidad, el plagiar a los autores anteriores? Innegable es que San Alfosno toma muchos materiales de Lorenzo Scupoli, autor del Combate Espiritual, de San Felipe Neri, de San Francisco de Sales, a quien conoció sobre todo a través de San Vicente de Paul, de Santa Teresa de Avila, de San Ignacio de Loyola. Pero ¿para qué se habían acumulado en la Iglesia estos tesoros si no se tenía el derecho a recurrir a ellos?.

El medio de llegar a ser «maestro» ¿no es primeramente el hacerse discípulo?. Lo normal es que un nuevo Doctor sea el heredero de los Doctores precedentes. Y la misión de todos no consiste en inventar, sino en repetir la Verdad eterna e inutable.

Además, sería un ainjusticia ver en San alfosno un simple compilador. Lo que toma de otros lo asimila perfectamente, lo hace suyo, y sabre presentarlo bajo una forma personalísima?. ¿Su originalidad?… Está en la síntesis de variadas enseñanzas provenientes de fuentes tandiversas: «Tras de haber consumado la derrota de la teología jansenista, en sus obras entrega la suma de lo que desde hacía dos siglos se había impuesto al pensamiento y a la devoción de los católicos» (Christus, p. 216).

Seguramente que algunos de sus tratados han envejecido; fueron escritos para su tiempo, en atención a necesidades o dificultades que han cambiado. Tales cuales tienen todavía un interés histórico y nos ilustran sobre la casuística de la época. Por último, los principios morales que exponen o defiende son siempre válidos.

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