San Pío X «Un triunfo Eucarístico»

San Pío X «Un triunfo Eucarístico»

San Pío X

«Un triunfo Eucarístico»

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El futuro Pío X, sentía hondamente el amor a Jesús vivo en el inefable misterio de la Eucaristía, y tan inmensamente le alborozaban los triunfos Eucarísticos como le herían y afligían los ultrajes al Santísimo Sacramento.

El 6 de abril de 1895 una mano sacrílega, sustrajo de la Iglesia de los Carmelitas Descalzos el Sagrado Copón, esparciendo las Sagradas Formas por la vía pública.

Es imposible declarar la conmoción de Venecia apenas se supo el horrendo sacrilegio, y todavía más expresar el dolor del patriarca, que, con una carta temblorosa de llanto, invitó a su pueblo a reparar la horrible profanación, anunciando un solemne triduo de oraciones.

El último día llevó él mismo, en procesión solemnísima, el Santísimo Sacramento, y habló a su pueblo con tales sentimientos de fe y de humildad que conmovió hasta el llanto.

Así salió de su corazón, más que de su mente, organizar un solemne Congreso Eucarístico, que anunció a sus venecianos el 1° de noviembre de 1895, con una carta que era un himno vibrante de fe y de amor a la divina realeza de Jesucristo. Fijó la fecha, y, sin perder tiempo, meditó la manera de celebrarlo con la grandeza oportuna.

Un trabajo enorme de preparación, estudiado, ordenado y dirigido por él en sus más mínimos detalles, sacrificando muchas horas de la noche, interviniendo activamente en todas las reuniones de las varias comisiones organizadoras del Congreso, promoviendo conferencias, solemnes predicaciones al pueblo y adoraciones Eucarísticas de día y de noche. A ellas, sin atender a sacrificios ni a fatigas, no faltaba nunca para unirse a su clero y a su pueblo en la oración y en la adoración a Jesús Sacramentado.

En la mañana del 9 de agosto de 1897 –una mañana llena de luz- en el templo monumental de San Juan y San Pablo, la Iglesia mayor de Venecia, el Emmo. Sarto, rodeado de otros tres Eminentísimos Príncipes de la Iglesia, de una soberbia corona de treinta y dos obispos, de la flor del clero y de los católicos de Italia, “sin estrépito de batalla – son sus palabras- y sin ostentaciones de fuerza y de seguridad” inauguraba la grandiosa SESIÓN Eucarística, con un valiente discurso, lleno de doctrina, en el que proclamaba que el hombre y la sociedad deben inclinarse a Cristo, Señor supremo del pensamiento y de la historia humana.

Y, explicando el fin que se proponía con el Congreso, añadía:
“uno sólo es el fin del Congreso: hacer un acto de reparación a Jesús Sacramentado, por el mundo que lo desconoce y ultraja, y ayudar a que su doctrina esté en nuestras inteligencias, su moral en nuestras costumbres, su caridad en las instituciones, su justicia en las leyes, su acción en la historia, su culto en la religión, su vida en nuestra vida.”

“Venecia – concluía- que, recordando con noble orgullo las gestas gloriosas de sus santos y de sus Dux, recuerda las fiestas grandiosas de su fe, no puede y no quiere negar su homenaje a Jesús Sacramentado, porque no es solamente en la plaza de San Pedro en Roma, sino en todos los lugares del mundo, en todos los instantes del tiempo, en todas las vicisitudes de la humanidad, que la historia reclama la cumplida victoria del reinado de Jesucristo: Christus regnat, Christus imperat et regni eius non erit finis.”

La nobilísima ciudad, reina de los mares, escuchó la voz gloriosa de su patriarca y durante cuatro días apareció como transformada en una inmensa llama de fe y de religiosa piedad.

Por eso, al cerrar el Congreso, el Emmo. Sarto pudo exclamar, en el espíritu de su alegría:
“era conmovedor ver en estos días las innumerables multitudes que se acercaban a la mesa Eucarística, asistían a las sagradas funciones y a cualquier hora del día hacían guardia de honor a Jesucristo, expuesto sobre nuestros altares, y, aún en el corazón de la noche, llenaban las Iglesias para adorar a Jesús Sacramentado.”

Fue un espectáculo impresionante y un consuelo para el patriarca de Venecia, pero también un triunfo del gran amor que sentía por la salvación de las almas.
León XIII, que se interesaba por cuanto se refería al cardenal Sarto y había seguido atentamente el Congreso Eucarístico, recibió en audiencia, por aquellos días, a un sacerdote veneciano, y no pudo menos que decirle: “Es un acontecimiento que honra a vuestro cardenal.”

El cardenal Sarto había añadido a su corona patriarcal una nueva gema y un nuevo timbre luminoso.

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