San Pío X, Vida “El Pontífice Bondadoso”

San Pío X, Vida “El Pontífice Bondadoso”

San Pío X, Vida

“El Pontífice Bondadoso”

 

Nada de penitencias severas, nada de austeridades de anacoreta, nada de mortificaciones espectaculares en la vida de Pío X.

 

Los procesos callan. Pero se asegura que “fue continuada su mortificación interior y continuada así mismo la renuncia a su propia voluntad” – la penitencia más ardua y difícil- y amplios testimonios nos atestiguan que toda  su vida no fue otra cosa que un ininterrumpido ejercicio de fortaleza cristiana, una lucha continua, sin tregua, sin claudicaciones y sin descanso, a fin de conquistar el completo dominio de sí mismo.

 

Poseía la suavidad del corazón. Pero aquella suavidad la había conquistado combatiendo, aunque sin crucificar su carne.

 

La naturaleza le había dado un carácter ardiente: la firmeza heroica de la voluntad le dio esa suavidad maravillosa que lo ha hecho pasar a la historia con la aureola de “Papa bondadosísimo.”

 

Un día, uno de sus secretarios particulares le pregunto cómo hacia para dominarse en medio de tantas contradicciones y disgustos gravísimos. “¡Oh Esto!  – respondió- se adquiere con los años.” Respuesta sencilla, reveladora de largas batallas ignoradas y de secretas victorias.

 

Nadie, ni tan solo sus más íntimos familiares, lo vieron nunca alterado, turbado o enojado, no tan solo en los pequeños e inevitables contratiempos de cada día,  sino ni siquiera en medio de las contradicciones o frente a las provocaciones audaces e irreverentes.

 

“Puedo decir –aseguraba su cardenal secretario de estado- que nunca pude  notar en él un arrebato, ni tan solo en aquellas cosas que le producían disgustos.”

 

Por eso, cuando el deber le obligaba a corregir o a regañar a alguien o aun mas cuando hablaba de cosas por las que había  sufrido mucho, completamente dueño de su, se expresaba con mucha calma, con suavidad y caridad paterna. Se encendía en santa indignación solo cuando tenía noticia de que se había ofendido gravemente al Señor o de que se había ultrajado a la Iglesia, movido únicamente por el odio al mal.

 

Cierto día su médico –el ilustre profesor Marchiafava –lo encontró fuera de sí debido a una oleada masónica de calumnias desvergonzadas y de vituperios vergonzosos contra la Iglesia y, con voz excitada, le oyó exclamar: “¡Ha sido  una verdadera tempestad de infamias y de calumnias contra la Iglesia.”

 

Santa indignación: indignación que en las almas excelsas es manifestación indudable de “convencimiento profundo, de ánimo fuerte y de corazón magnánimo.»

 

Tranquilo y confiado en la asistencia perenne de Jesucristo a su Iglesia, durante once años de  su azaroso Pontificado no abandono jamás la sonrisa de su imperturbable benignidad, ni aminoro nunca la infatigable energía con que incitaba a la esperanza. No cejaba aunque se desencadenara contra él, enfurecida, la incomprensión humana: sus fatigas, sus sudores y sus luchas por restaurarlo todo en Cristo, eran sistemáticamente criticadas, hostilizadas, combatidas, desfiguradas aún, por quienes menos se habría imaginado.

 

Historia  dolorosa esta, aunque solo para recordarla a distancia. Sin embargo, nunca un resentimiento en sus labios,  una palabra amarga, una recriminación, jamás un signo de preocupación dolorosa. Tan solo, alguna que otra vez, en momentos de profunda tristeza, al ver que en torno al Papa se hacía al vacio, su afligido lamento paterno: “De gentibus non est vir mecum.”

 

No raras veces la prensa advertía, la de las personas que se llamaban cultas y la del populacho, entendiendo mal adrede su corazón, su mente y su acción, se unieron para abofetearle  con la insinuación maligna, la censura calumniosa o la contumelia vulgar. Pero él, sereno e imperturbable, callo como Jesucristo ante los cobardes que dividían su conciencia entre el Cesar romano y la plebe, mientras los poderosos de la tierra lo traicionaban.

 

Tan solo una vez, cuando el alcalde de Roma –un hebreo extranjero y masón- el 20 de noviembre de 1910, tuvo el incalificable atrevimiento de pronunciar,  en medio de la indignación del mundo civilizado, palabras de blasfemia contra la Iglesia y su Cabeza suprema, el bondadoso Papa hablo severísimamente de la verdad traicionada, escribiendo dos días después su cardenal vicario  aquella carta  que empezaba: “Una circunstancia de excepcional gravedad” la cual, una vez más, revelaba en el al fortísimo vindicador del honor de la Iglesia y de la sagrada majestad del Vicario de Cristo.  

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