San Pío X, Vida «Nada para si»

San Pío X, Vida «Nada para si»

San Pío X, Vida

Nada para si

 

 

Siempre, en todo tiempo y lugar, donde quiera, el Papa Santo conservo inalterable aquel espíritu de cristiana pobreza en que había nacido y crecido. Así, llegado al final de sus días terrenales, podía escribir en su admirable testamento, con mano firme y corazón sincero: “He nacido pobre, he vivido pobre y estoy seguro de morir pobrísimo.”

 

En su corazón no hubo deseo alguno de riquezas terrenales, sino mas bien el más absoluto  desprecio por las cosas efímeras: absoluto su despego al dinero, tan absoluto que desde los primeros momentos de su Pontificado no olvido amonestar severamente a sus dos secretarios particulares, que había traído consigo de Venecia, para que no se aprovecharan de su posición  dentro del vaticano para lograr dinero: de lo contrario, les despreciaría inmediatamente.

 

Nada despertaba en él estremecimientos de indignación como el apego al dinero.

 

Cuando oía que eclesiásticos, nacidos de familias muy pobres, al llegar su muerte, habían dejado a sus parientes alguna fortuna, prorrumpía en palabras de indignación.

 

Por sus manos pasaron millones y millones de liras, mas todas fueron escrupulosamente gastadas, hasta el último céntimo, por la gloria de Dios, por la Iglesia y por la salvación de las almas.

 

Los esplendores de oro y la magnificencia real de la Corte vaticana, eran para el Sumo Pontífice: para él, hijo del pobre alguacil de Riese, lo estrictamente necesario, porque él amaba la pobreza como el seráfico pobrecito de Dios.

 

Sencilla y frugal su mesa: tan sencilla y frugal que muchas veces  se contaba con un poco de queso y algunas nueces.

 

Y, cuando le presentaban algún  requisito, lo rechazaba diciendo: “Esto es para los señores”

 

Sus habitaciones privadas estaban desprovistas de todo lujo. Los que las han visto atestiguan que en ellas se notaba la máxima sencillez: “pocos muebles y sencillos”. En su dormitorio, el único ornato señorial era una piel de zorro azul, de la que se justificaba diciendo: “Es un regalo hecho a la santa memoria de León XIII. Si dispusiera otra cosa, ¡quien sabe cuánto se querría  gastar para el Papa! Mejor dejar  las cosas tal como están”.

 

Su ropa interior era sencillísima, como la que siempre había usado en su casita de Riese y en el palacio  patriarcal de Venecia: pañuelos de algodón basto; los mismos gemelos, muy sencillos, atados a un cordoncito negro; el mismo “proverbial” reloj de Tómbolo;  el mismo viejo monedero; la misma modesta cruz pectoral y el mismo anillo de los primeros días del Pontificado.

 

Los objetos preciosos no eran para el más que cosas de valor que no le interesaban.

 

El mismo día en que había sido elegido Papa, un joyero le presento una cruz pectoral de oro con una cadena de fino trabajo. La acepto creyendo pertenecía al tesoro pontificio. Pero cuando pocos días después supo que debía pagarse: “¡Ah! ¡No! –Exclamo, moviendo lentamente la cabeza- no crea que yo estoy dispuesto a gastar todo este dinero por una cruz que debo llevar yo. El ultimo Papa dejo muchas cruces, y yo estoy contento con la que  me he traído de Venecia” y, sin más, se la quito, ordenando la devolvieran al joyero.

 

Para el todo era superfluo, todo era demasiado. “Usaba las cosas como un pobre: con parsimonia suma” no podía tolerar que  se gastase dinero para él, aun cuando se tratara de su salud y era preciso luchar mucho para inducirle a que aceptara cualquier pequeña comodidad. “Se tranquilizaba tan solo cuando se le decía que aquella comodidad serviría para su sucesor” y todo esto, porque al disponer del dinero de la Iglesia sentía una delicadeza que rayaba en el escrúpulo. Para él era: dinero sagrado del que se consideraba no dueño, sino simple administrados”.

 

Poseía un libro de las dimensiones de un grueso cuaderno, en donde, día a día, registraba puntualmente cualquier cantidad que recibiera, bien fuera grande o pequeña y nada podía inducirle a emplear el dinero en beneficio de una obra diversa de aquella para la que había sido entregado.

 

Después del terrible terremoto que devasto Sicilia y Calabria, se le pidió una pequeña parte de dinero recogido en aquella luctuosa ocasión, para socorrer una obra piadosa.

 

Ni  tan solo un céntimo de los que los fieles me han entregado para las víctimas del terremoto podrá gastarse para cualquier otro fin, aunque lo mereciera su interés” –fue su respuesta.

 

De este modo, a un obispo que un día le pidió una cantidad para reparar un error propio, contesto: “No quiero que el dinero de la Iglesia vaya a cubrir los errores ajenos”.

 

Otro día, a quien le sugería se entregaran cantidades a ciertos periódicos, para que se mantuvieran en un tono más respetuoso hacia la Iglesia, replico: “No quiero dar el dinero de la Iglesia para estos fines.”

 

Nadie  más pobre que él. Sin embargo, al fin de sus días tuvo la dicha de “dejar la administración del patrimonio de la Iglesia en condiciones mejores de las que se encontraba cuando su elección al Pontificado.”

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