San Pío X, Vida “Dulcísima Bondad”

San Pío X, Vida “Dulcísima Bondad”

San Pío X, Vida

“Dulcísima Bondad”

 

Una de las notas características –tal vez la más bella y la mas armoniosa- del alma de Pío X, fue su bondad.

 

Una bondad heredada de su ambiente familiar,  rico en honestidad humana y, poco a poco, robustecida por un profundo espíritu cristiano.

 

En el Vaticano todos lo consideraban  como “Un buen padre». Lo llamaban “nuestro padre” el “padre de cada uno y de todos”.

 

Si en las grandes cuestiones que interesaban al gobierno  de la Iglesia desplegaba una energía y un vigor apostólico que sorprendían, en los casos particulares, cuando tenía que llamar al orden a alguien o tomaba alguna decisión dolorosa, “el primero en sufrir era él, puesto que tenia lastima por los culpables”

 

Entonces pasaba días tristes y noches de insomnio y “en sus ojos, llenos de dulce tristeza y como velados por una sombra, parecía leerse la angustia de su alma, como si dijese: “¡Yo sufro…, yo…, el Padre de todos! ¡Pero esto es el deber de mi misión, deber sagrado, imperioso, ineludible!”

 

Por ello, testigos de indudable autoridad han destacado que “Su severidad iba siempre acompañada por la delicadeza de su paternal  afecto” puesto que en el fondo de su alma llevaba él- como con justicia observaba el gran cardenal Mercier- “una maravillosa fusión de ternura paterna y de fortaleza de carácter, la cual mientras confería a su alma la firmeza del equilibrio, esparcía sobre su fisonomía una armonía de solemnidad, de bondad y de alegría, de la cual personas  de todas las clases sociales experimentaron vivamente el indescriptible encanto.”

 

“Recuerdo –testimoniaba así  su cardenal secretario de Estado –que una mañana encontré al Siervo de Dios muy triste y apesadumbrado. Me dijo que no había descansado por la noche, pensando que al día siguiente tenía que llamar al orden a un pobre desgraciado.»

 

-Eminencia – me dijo despidiéndome- rece un Avemaría para que el Señor bendiga mis palabras y aquel pobrecito no me obligue a ir más lejos.

 

Pocas horas después, el Padre Santo estaba radiante de gozo. “Todo ha ido bien- me aseguro con una sonrisa- puesto que aquel pobre hombre ha terminado por reconocer sus propias faltas. Yo no le he excusado, mas él se ha sometido y ahora debemos hacer cuanto sea posible para ayudarlo”.

 

Estaba lleno de indulgente compasión para las fragilidades humanas, mientras “cuidaba atenuarlas con interpretaciones benignas”.

 

Cuando se le daba cuenta de algún escándalo, contestaba:

“Todos somos de carne y hueso, todos somos pecadores; todos podemos faltar.”

 

Si le decían que aquí o allí hablaban mal de él, interrumpía la conversación diciendo: “A nosotros no nos corresponde juzgar. Quien juzga es solamente el Señor”.

 

No sabía pensar ni decir mal de nadie: hablaba siempre bien de todos, preocupándose de que en las conversaciones no se murmurase de nadie. Así pues, si alguien decía que era tolerable una ligera murmuración, añadía: “El mal es siempre el mal, y no se debe hacer ni pequeño ni grande” y, con sus bromas, desviaba en seguida la conversación.

 

Frente a las ofensas e injurias, a las afrentas y a los insultos, su corazón, siempre magnánimo y generoso, se abría con prontitud admirable al perdón cristiano, olvidándolo todo por amor de Dios.

 

Cuando algún confidente le informaba que espíritus protervos, en voz alta o a media voz lo llamaban por escarnio y mofa con el apodo de “campesino de Riese” o con apodos denigrantes, tranquilo y sereno le invitaba a rogar por quienes le ofendían.

 

En una ocasión le fue presentado un pliego de cartas que contenían feroces críticas y acres censuras a su Pontificado. No quiso verlas y, haciendo el signo de la cruz, exclamo: “¡Parce sepultis!”

 

Los conmovedores episodios de que dan fe estos testimonios son abundantes.

 

Pero basta uno solo para todos.

 

En los comienzos de su Pontificado, un día el santo se disponía a recibir un grupo de peregrinos. Un obispo le informo que,  entre ellos, se encontraba cierto comendador que, en Venecia, cuando él era patriarca, se le había manifestado siempre hostil.

 

Este conmovedor, siendo secretario de la Congregación Municipal de Caridad y partidario del anticlericalismo, cada vez que caía en sus manos una solicitud avalada y recomendada por el cardenal Sarto, la mandaba inexorablemente al “cesto de los papeles”.

 

Al oír que se encontraba entre los peregrinos, el Papa pareció rejuvenecer y, dirigiéndose al obispo, le dijo: “Tráigame en seguida una de aquellas coronas de oro que hay en el cofrecito secreto.”

 

Llegado el momento de la audiencia, Pío X, entro en la gran sala con su habitual  sonrisa. Para todos los peregrinos hubo una palabra y una bendición, pero cuando se hallo delante de su antiguo adversario: “¡Oh! ¡Muy bien! –exclamo_ ¡Muy bien! ¡Que visita más agradable! ¿Cómo esta su madre? ¿Todos estáis bien en Venecia? Aquí tiene esta corona de oro –prosiguió con acento suave- la entregara a su madre y le dirá que la bendigo de corazón, puesto que el Papa ha querido siempre a su familia”.

 

Aquel señor se deshizo en llanto, humedeciendo con sus lagrimas la mano de Pío X, y, bajando las escaleras, a alguien que le preguntaba por qué estaba tan conmovido, contesto: “El Papa Sarto es un santo. No creía que tan pronto hubiese olvidado tantas afrentas y disgustos como le di cuando era patriarca en Venecia.”

 

Cuando era patriarca de Venecia había conocido a un sacerdote que, en cuanto al poder temporal de los Papas, disentía del sentimiento católico y había suscrito también la famosa “petición” del P. Passaglia.

 

Era, este, canciller de la Curia Episcopal de Belluno. Su obispo, Mons. Renier, lo quería mucho y había intentado por todos los medios hacerle volver a pareceres más prudentes, pero todo en vano, ya  que su canciller, un buen día, cansado de amonestaciones y quejas, se había marchado de la diócesis y había establecido sus reales en Turín.

 

Admitido en 1862 como profesor en el Real Liceo de Faenza, se convirtió en seguida en portaestandarte del Partido Liberal Nacional, escribiendo y divulgando un opúsculo titulado: “La cuestión romana y el clero véneto” en el cual sostenía que Italia tena derecho a Roma. Ester opúsculo le sirvió para que el Gobierno italiano lo nombrara rector de la Junta Nacional de Santa  Catalina –actualmente “Marco Foscarini” – de Venecia.

 

Allí se presento al patriarca trevisano, quien le intimo a retractarse de su opúsculo. Pero, obstinado en sus ideas, contesto con una negativa y, vencido por su propio orgullo, abandono el hábito sacerdotal, conservando, sin embargo, su antigua rigidez de costumbres.

 

El Emmo. Sarto, a quien disgustaba mucho ver en su diócesis a un sacerdote reducido a aquel estado por sus sentimientos contaminados de liberalismo, desde los primeros días de su patriarcado, hizo cuanto pudo para conducirlo de nuevo por el camino de la dignidad sacerdotal. Sin embargo, todos sus esfuerzos fueron en vano.

 

Elegido papa, intento él mismo resolver este caso que se prolongaba en demasía con tan poca ejemplaridad para el clero veneciano. Un día invito a su presencia a Volpe, el cual alentado por la bondad del Santo y obedeciendo a un sentimiento intimo de su conciencia, no tardo en subir las escaleras del Vaticano.

 

Cuando Pío X, se encontró  ante el obstinado sacerdote, con aquella simpatía que conquistaba a los hombres, entrando seguidamente en materia, le dijo:

-Don Ángel, arreglemos este asunto.

-no deseo otra cosa desde hace cuarenta años –replico Volpe.

-¡Una retractacioncilla! –añadió sonriente el Papa.

 

Al oír estas palabras, don Ángel Volpe se turbo, y casi con cólera contesto:

-lo lamento, pero no  puedo retractar nada. Hace cuarenta años que dije, y  de ello estoy todavía convencido, que la Providencia ha querido la caída del poder temporal.

 

El santo lo miro con una sonrisa llena de compasión y lanzo una frase de salvación:

-digamos que la Providencia ha tolerado.

 

Acogido de este modo a la palabra “tolerado” en vez de  “querido” don Ángel Volpe se sometía y dejaba en las manos del Papa una declaración solemne, con la cual se retractaba de cuanto hasta entonces había sostenido.

 

Algunos días después, arrepentido de su largo error, se presentaba al obispo de su diócesis llevando de nuevo al Altar aquellas irreprensibles costumbres  que siempre había tenido en el pasado.

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