San Pío X, Vida      «Humilis Corde»

San Pío X, Vida «Humilis Corde»

 San Pío X, Vida

“Humilis Corde”

Si el santo, en cualquier momento de su vida, desde los primeros años de su adolescencia hasta los honores de la purpura, tuvo siempre una humildad espontanea y directa que excluía toda sobra de orgullo y señal de vanagloria, sobre el trono de Pedro,  esta virtud tuvo en él un esplendor tan luminoso que suscitó la admiración universal.

 

Aquel Papa maravilloso, que gustaba descender al mayor templo de la cristiandad rodeado por la majestad del silencio, en la gloria y en medio de los honores que lo acompañaron en las diversas fases de su existencia, no conoció jamás las fáciles inclinaciones de la vanidad, porque no olvido jamás, ni perdió nunca de vista el ejemplo y la amonestación del Maestro Divino: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”.

 

“En el siervo de Dios – así declaraba bajo juramento su cardenal secretario de Estado – la virtud de la humildad me ha parecido  verdaderamente heroica, admirable y jamás desmentida. No había visto cosa  igual y me parecía que en el formase una segunda naturaleza.”

 

Esta declaración se halla confirmada por una serie casi interminable de otros testigos y de otros documentos.

 

El santo –se ha dicho- sentía indiferencia de sí mismo. No se daba ninguna importancia, huía de cualquier ostentación, de cualquier manifestación de superioridad: no se imponía con preceptos de obediencia. “Hacia sentir la propia autoridad tan solo cuando era necesario.”

 

“El Padre Santo – escribía el 31 de mayo de 1905 – no ha querido nunca imponerse a sus sacerdotes con el precepto de la obediencia, ni lo hará como Papa.” “El Papa – volvía a escribir el 15 de diciembre de 1909- no quiere imponerse, ni exige sacrificios insoportables; gozara tan solo si puede satisfacer su deseo.” Y en otra carta del 9 de noviembre de 1911, decía: “Huyo aún del pensamiento de imponer a alguien nuevas cargas y nuevos sacrificios.”

 

No hablaba nunca de sí mismo, no se jactaba de sus méritos.  Si alguna vez hablaba de sí mismo, lo hacía con mucha sencillez y hablando tal vez de cosas que otros hubieran callado por orgullo, como el origen humilde de su nacimiento, las estrecheces de la pobreza en que había crecido cuando niño o la falta de títulos académicos. No vacilaba en hablar de ello, incluso en las audiencias.

 

A la muerte del cardenal Celesia, arzobispo de Palermo (14 de abril de 1904) una comisión de eminentes palermitanos se había trasladado a Roma para pedir al Papa que en el nombramiento del nuevo arzobispo se tuvieran en cuenta sus tradiciones, nombrando a un arzobispo que fuese de linaje noble y además doctor en teología.

 

El santo, escuchando el deseo de aquellos nobles de Palermo y acordándose de su pequeña Riese y de su casita humilde, respondió:

“Se que hubo un sacerdote que n o era ni noble, ni doctor en Teología, que fue elegido párroco; de párroco, ni noble ni doctor, fue nombrado canónigo; de canónigo, ni noble ni doctor en Teología, fue nombrado obispo; de obispo, ni noble ni doctor en Teología, fue hecho cardenal; de cardenal, ni noble, ni doctor de Teología, fue elegido Papa. Y es el Papa que ahora os habla.”

 

Así era el Papa que se complacía a menudo en volver con el pensamiento a su pequeña Riese, recordando aquella incomparable mujer que fue su madre, evocaba conmovido las largas caminatas, a menudo descalzo, para trasladarse a la escuela de Castelfranco Veneto, las cenas frugales alumbradas por el pálido candil y el blanco santuario de “Santa María delle Cendrole” perdido entre arboles y arroyuelos, meta de sus peregrinaciones infantiles.

 

Unas veces se declaraba indigno de los beneficios que había recibido del Señor; otras se maravillaba de las altas dignidades a que había ascendido y otras, con marcadas expresiones, se complacía en manifestar el desprecio que de si mismo sentía.

 

Cuando alguien le refería que dentro y fuera del Vaticano se criticaba su política y era considerado como  un “buen cura de aldea” con la cara iluminada por la sonrisa contestaba: “Lo sé que no soy un político, sino un pobre obispo.” “Lo sé qué dicen que no entiendo nada, que soy un sencillo labrador. No me importa. Solo tengo un camino y un punto de vista: el Crucifijo”

 

Nunca se le oyó atribuir algún éxito a sus iniciativas, a la propia habilidad o a la experiencia propia.

 

Escondía sus envidiables dotes de mente y de corazón que “no eran pocas y eran en verdad extraordinarias” dotes que –como afirmaba un eminente ministro del Gobierno de Italia –“lo colocaban con justicia entre los más grandes Papas de la Iglesia Católica” y procuraba que pasara inobservada su profunda cultura en cualquier ramo de las ciencias sagradas o profanas. De su perfecto conocimiento de los problemas humanos y de los de las naciones, que sombraba a los as eminentes estadistas, decía que eran “viejas reminiscencias de la escuela o bien cosas oídas a otros” “no mostrando nunca que supiera algo más que quien estaba presente.”

 

A este propósito, no podemos dejar de recordar lo que escribía su cardenal  secretario de Estado, testigo de su vida cotidiana:

 

“El príncipe de Bulow –decía el Emmo. Purpurado- sentía una ilimitada admiración hacia Pío X, que le asombraba con la agudeza de sus observaciones y con su certero juicio sobre los hombres y las cosas. Hablándome de su audiencia con Pío X me decía: “He tratado a muchos soberanos y gobernantes, pero raramente he observado en ninguno de ellos una tan clara penetración de la naturaleza humana y un conocimiento tan completo, como lo posee Su Santidad, de las fuerzas que gobiernan el mundo y la sociedad moderna”.

 

El conde Golochowski, el conde Sturza, sir Eilfrid Laurier, mister John Redmond, así como otros eminentes hombres de Estado, no fueron menos explícitos al formular una opinión semejante sobre las cualidades y el carácter del Papa Pío X”.

 

Sagrada Escritura, Teología e Historia parecían  ser sus temas preferidos, y aun en medio de las ocupaciones diarias del trabajo incesante de su alto ministerio, conseguía –como puede constatar yo mismo – leer muchos volúmenes y estar al corriente del pensamiento moderno.

 

A menudo quedaba sorprendido de su perfecto conocimiento de las naciones y de los pueblos, de sus tradiciones, costumbres y de su particular  carácter.

 

De ahí la facilidad con que podía juzgar de una situación y apreciar puntos de vista y sentimientos predominantes en países  tan diversos del suyo y que él nunca había visitado.”

Enemigo de las adulaciones, los agradecimientos demasiado efusivos le embarazaban y cualquier asomo de alabanza le entristecía. Por esto, si se le alababa, bromeaba contestando: “¡Tonterías, tonterías!”… “Lo que se copia no vale la pena” erra su rápida respuesta a los parabienes que le hacían a menudo por sus discursos y por sus inspiradas alocuciones.

 

A un canónigo de Treviso que le había pedido publicar alguno de sus escritos, respondía: “Si pudiera aún encontrar esos escritos, se avergonzarían de comparecer en medio de tantos trabajos doctos que tratan las mismas cuestiones”. Rogando una vez más con insistencia para que publicara algunos de sus discursos, volvió a contestar: “No puedo ofrecer nada que merezca ser publicado”.

 

No toleraba que de él se hablase, como tampoco de los dones sobrenaturales con los cuales el Señor le había distinguido.

 

Cuando en las grandes audiencias, al contacto de sus milagrosas manos,  producían sé maravillas y surgía el prodigio, imponía seguidamente el silencio y se apresuraba a exclamar: “Es el poder de las llaves. Yo no soy nada. Es la bendición del Papa.  Es la fe de quien pide la gracia”. Mientras otras veces,  bromeando amablemente, exclamaba: “¿Quieren un milagro? ¿No sabéis que no hago más milagros?”

 

Así, cuando le llamaban el “Papa Santo” respondía con gracia y agudeza: “Os equivocáis en una consonante: YO soy el Papa Sarto”.

 

Siempre, “deferente a los consejos que pedía aun a personas inferiores, “No tenía inconveniente en declarar  que si alguna vez se había equivocado, estaba dispuesto a reconocerlo y a proceder con justicia a la reparación”

 

“Acogía con ponderada reflexión observaciones y sugerencias, aunque estuvieran en desacuerdo con algunos de sus particulares puntos de vista, y, de considerarlas justas, no vacilaba en renunciar a sus propias opiniones.”

 

Un día cierto prelado, en una audiencia, se permitió criticar abiertamente una opinión del Papa acerca de una cuestión muy importante.

 

El santo escucho con ánimo tranquilo y, después de un momento de reflexión, alzando los ojos hacia el prelado:

“Monseñor –contesto-, su Ilma. Tiene verdaderamente razón”

 

Aquel prelado quedo con la boca abierta, admirado de la profunda humildad del Papa Santo.

 

Algunas veces pedía el parecer de sus secretarios particulares sobre borradores de cartas que había escrito, induciéndoles a corregirlas libremente, y lo mismo que, siendo obispo, al componer una homilía, la leía a algún sacerdote de su confianza, pidiéndole con sencillez su parecer y aceptando sus observaciones, así también, siendo ya Papa.  “A menudo, después de haber ponderado y preparado largamente el esquema de un documento, lo sometía al examen de su secretario de Estado, y, con la pluma en la mano, corregía, borraba  o añadía, sin la mas mínima vacilación, siempre dispuesto, en su admirable humildad, a arrojarlo al  cesto de los papeles – si se hubiera  presentado el caso – sin el mas mínimo disgusto. Finalmente, si en alguna cuestión dudosa o discutible no se decidía a tomar una resolución inmediata, concluía: “Esto lo haremos examinar por otros  que saben más que yo”.

 

Así era nuestro santo. Él no fue de aquellos que, una vez expuestas sus propias ideas, rechazan conocer el parecer de otros, porque se sienten seguros de no equivocarse y “creen verlo o quieren verlo por si solos” –como el mismo sinceramente advertía cuando, escribiendo el 15 de diciembre de 1886 a un amigo suyo de Treviso, decía:

“Para muchos existe una falta de proceder y de tacto practico,  por lo que, aun sin quererlo, se encuentran a cada paso con nuevos obstáculos aun allí donde el camino es llano. Ven o quieren ver por si  solos y creen ver bien aun cuando solo vislumbran; y a estos hay que compadecerlos.”

 

¡Cuánta delicadeza y cuantas atenciones con sus cardenales, con los obispos, con sus mismos colaboradores!

 

Si tenía que hacer esperar a algún cardenal antes de recibirlo en audiencia, por estar ocupado con otros, se apresuraba a pedirle excusas.

 

Cuando los obispos, ya en su presencia, se movían como para arrodillarse: “No se arrodillen, monseñores – les decía- yo soy el último de los sacerdotes de Dios.”

 

Con cuánto dolor les rogaba que le recordaran en sus oraciones, para que el Señor, “perdonándole misericordiosamente sus culpas –son sus palabras- le concediese la gracia de poder trabajar a mayor gloria de Dios y para la salvación de las almas.”

 

Así mismo, ¡con cuánto ardor les suplicaba que le ayudasen! “Si los mejores –escribía al obispo de Macerata –no me ayudan a llevar la cruz que el Señor me ha permitido pusieran sobre mis hombros, ¿Cómo podre  yo llegar hasta el Calvario?” “Haga esta limosna a quien con insistencia le pide” –imploraba al arzobispo de Gorizia. “Si Vuestra Ilustrísima no me ayuda –así se expresaba con el obispo de Catanzaro- ¿qué es lo que puedo hacer yo aquí, encerrado en el Vaticano?”

 

Cuando tenía necesidad de consultar a su cardenal secretario de Estado, para que no se molestar trasladándose hasta él, le enviaba notas que escribía durante las audiencias, y, a fin de que sus colaboradores no estuvieran sobrecargados de trabajo, no ahorraba sacrificio, sometiéndose a una excesiva fatiga y no interrumpiendo su trabajo ni aun cuando se encontraba indispuesto.

 

“Una mañana, a primera hora – testimoniaba un monseñor, -note que el Siervo de Dios había escrito ya unas quince cartas a varios obispos. Me permití recomendarle confidencialmente que no se cansara demasiado “¡Oh! ¡No es nada, no es nada! – me contesto sonriente- escribo yo mismo para no dar demasiado trabajo a los de arriba” indicando a sus colaboradores de la Secretaria de Estado.”

 

Su humildad hacia muy dulce, por su delicadeza y amabilidad, el trato con sus familiares.

 

Para no molestar a sus ayudantes de cámara,  se arreglaba él mismo algunas de sus pequeñas cosas. Cuando hospedaba a su querido sobrino, Mons. Bautista Parolin, si el ayudante de cámara tardaba en llegar,  él mismo le ayudaba la misa, y, para no molestar a nadie – ¡cosa casi increíble!- se abstenía incluso de pedir un vaso de agua cuando lo necesitaba.

 

En una tarde bochornosa de verano, estando conversando en su biblioteca privada con su sobrino  Mons. Juan Bautista Parolin, de pronto exclamo:” ¡Tengo tanta sed…!”

 

El sobrino se levanto en seguida y llamo al ayudante de cámara. Pero el Siervo de Dios lo retuvo, diciendo: “No distraigamos a los camareros. Por un poco de sed no es prudente hacer tanto ruido.”

 

Y no fue la última vez. Hasta tal punto, que uno de sus capellanes secretos ha podido declarar que el santo “no pedía nunca nada y convenía que sus mas íntimos familiares estuvieran atentos a sus necesidades, porque de lo contrario hubiera prescindido de todo.”

 

“Ser servido y dar molestias a los demás –decía uno de sus maestros de cámara- era para él un sacrificio.”

 

Cuando disponía alguna cosa no lo ordenaba, sino que empleaba la frase: “Hágame la caridad” y cuando sus familiares le preguntaban en que podían servirle, contestaba sonriente: “¡que queréis que os mande!  Yo estoy aquí para servir, no para ser servido. Soy el siervo de los siervos de Dios. No necesito nada. He nacido pobre, he vivido pobre y moriré pobre”.

 

Daba gracias, repetidamente, aun por los más pequeños que daba y a veces demostraba su gratitud con algún pequeño obsequio.

 

¡Humildad sincera, humildad profunda, humildad maravillosa, nunca desmentida!

 

En su jubileo sacerdotal (1908) y episcopal (1909) no busco aplausos, ni quiso demostraciones que constituyeran el reconocimiento del alto valor de su obra pontifical. Pidió tan solo oraciones, comuniones, actos de piedad y de caridad.

 

No ambiciono lapidas o monumentos que perpetuaran su nombre.

 

“El Papa se disgustaría mucho – escribía el 23 de diciembre de 1908 al capítulo canonical de San Marcos en Venecia- si no se renunciase al proyecto  de perpetuar su memoria con una lapida. Está convencido de lo mucho que le quieren los venecianos, sin necesidad de tales demostraciones.”

 

Recuérdense –decía el 25 de abril de 1909 al arcipreste de su pueblo natal – que prohíbo absolutamente que se ponga de piedra o lapida algún en el baptisterio en que fui bautizado, o en el santuario “delle Cendrole”

 

“Si los Rudos, canónigos de la catedral de Treviso- escribía el 14 de enero de 1914 –desean hacer un obsequio al Padre Santo, acuérdense de él particularmente en la santa Misa; pero abandonen el pensamiento de lapidarlo.”

 

¡Graciosa ocurrencia, la de esta vez, que escondía la más sincera humildad!

 

Sintió desdén por la gloria, y la gloria lo rodeo con su aureola. Huyo de los honores como de una tremenda tentación y, sin embargo, los tuvo todos.

 

Acepto las dignidades de  la Iglesia como un sacrificio y como una dura obediencia. El Señor lo hizo el primero entre los príncipes de su pueblo.

En él se realizo una vez más el oráculo divino: “Quien se humilla será ensalzado.”

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