EL ORDEN SACERDOTAL, SACRAMENTO DE CRISTO

EL ORDEN SACERDOTAL, SACRAMENTO DE CRISTO

En este artículo Pedro Herrasti MS, explica de manera amplia el sacramento del sacerdocio de Cristo Jesús y el orden sacerdotal, la Iglesia  donde actual el sacerdote y la importancia de la vida sacerdotal en la comunidad, detalla como Jesús en el encargo dado a los apóstoles da  un aspecto intransmisible: ser los testigos elegidos de la Resurrección del Señor y los fundamentos de su Iglesia. Pero hay también el aspecto de la permanencia de su misión ya que Jesús les prometió permanecer con ellos hasta el fin de los tiempos (mt. 28,20).

EL ORDEN SACERDOTAL, SACRAMENTO DE CRISTO

Por Pedro Herrasti SM

Su institución.

Ya desde el principio de su vida pública, Nuestro Señor Jesucristo anunció a sus Apóstoles el hecho de que los llamaba para un ministerio muy especial, pues de pescadores de peces, los convertiría en «pescadores de hombres» (Mt.4,1 g).

«Llamó a los que El quiso y vinieron donde El. Instituyó doce para que estuvieran con El para enviarlos a predicar» (Me.3, 13-14)

Cumpliendo su promesa, en la ultima cena les confiere el prodigioso poder de transubstanciar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre al decirles «Haced esto en memoria mía» (Lc.22,1 g).

Con esas mismas palabras les ordena ofrecer por la redención del mundo el sacrificio de su Cuerpo y Sangre, como El mismo acababa de hacer. Tres días después, una vez resucitado, confiere a sus Apóstoles la altísima misión de perdonar los pecados: «Como el Padre me envió, así también yo os envío. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados, a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» Jn.20, 21-22).

Les dio finalmente el poder y la misión de enseñar, de bautizar, de gobernar al pueblo cristiano con este explícito lenguaje: «A mí se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra, id pues y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que yoos he mandado» (Mt.28, 18-20).

Estos tres actos solemnísimos confieren a los Apóstoles la plenitud del sacerdocio, que no quedaría restringida a ellos si no que debería extenderse y prolongarse a todo el mundo y por todas las generaciones: «He aquí que yo estaré con vosotros, todos los días, hasta la consumación de los siglos» (Mt.28,20)

Por eso los Apóstoles, después de haber orado y ayunado, impusieron las manos a otros elegidos constituyéndolos como ministros de los sagrados misterios, sucesores apostólicos hasta nuestros días.(Hech.6,6; 14,22; 1 Tim.4,14, 11 Tim.1,6).

Esos doce elegidos son los que llamarnos Apóstoles y que es la palabra griega para designar a los «enviados». «Corno el Padre me envió, también yo os envío» (Jn.20,21). Por lo tanto su ministerio esla continuación de la misión del mismo Cristo. «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe» (Mt. 1 0,40)

Jesucristo tuvo miles de seguidores, muchos discípulos y de entre todos ellos eligió tan sólo a los Doce. Jesús mismo pues, establece una jerarquía y coloca a los Apóstoles en un rango distinto, dándolesuna misión especial. Los Apóstoles son conscientes de que están calificados por Dios como «ministros de una nueva alianza» (2 Cor.3,6), «ministros de Dios» (2 Cor.6,4), «embajadores de Cristo» (2 Cor. 5,20), «servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Cor.4,1).

Transmisión del Orden Sacerdotal.

En el encargo dado a los Apóstoles hay un aspecto intransmisible: ser los testigos elegidos de la Resurrección del Señor y los fundamentos de su Iglesia. Pero hay también el aspecto de la permanencia de sumisión ya que Jesús les prometió permanecer con ellos hasta el fin de los tiempos (mt. 28,20). Siendo mortales los Apóstoles, esta misión divina tenía que perdurar por medio de sucesores y así lo hicieron por medio de la imposición de las manos. San Pablo, el Apóstol por excelencia, no era de los Doce pero fue incorporado al orden apostólico por dicha imposición. Así como permanece el ministerio confiado personalmente a San Pedro, como Jefe de la Iglesia, ministerio que debía ser transmitidos sus sucesores, de la misma manera permanece el ministerio de los Apóstoles que debe ser ejercido por el orden sagrado de los obispos.

El Catecismo de la Iglesia Católica define el Sacramento del Orden con las siguientes palabras: «El Orden es el Sacramento gracias al cual la misión confiada por Cristo a sus apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos, es pues el Sacramento del ministerio apostólico». Comprende tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado».

El nombre del Sacramento del Orden.

Por la imposición de las manos del Obispo, el cristiano es integrado a un cuerpo o grupo especial, estableciendo en el orden de aquellos que tienen a partir de ese momento el poder del Espíritu Santo para consagrar, perdonar, bendecir, etc. La ordenación es un acto sacramento que va más allá de una simple designación o delegación. No es la comunidad la que «ordena» y la que comunica los poderes sagrados, sino el Obispo por medio de este Sacramento. El sacerdocio solo puede venir de Jesucristo a través de la Iglesia. La imposición de las manos del Obispo, con la oración consecratoria, constituye el signo visible de esta consagración.

El Sacerdocio del Antiguo Testamento.

En todas las culturas y en todos los tiempos de la historia, los hombres han tratado de comunicarse con Dios o sus divinidades por medio de sacerdotes, gurus, brujos, chamanes, videntes, etc… Hombres o mujeres expertos en toda clase de ritos que incluyen desde amuletos hasta danzas y signos secretos. El sacerdocio en el pueblo de Israel se da de un modo completamente distinto: es Dios mismo el que toma la iniciativa y de entre las doce tribus escogió la de Leví para el servicio litúrgico: «No pases revista a la tribu de Leví ni hagas su padrón entre los demás Israelitas. Alista tu mismo a los levitas para el servicio de la morada de testimonio» (Núm.1,49). Los levitas no tuvieron tierra en posesión para poderse dedicar por completo al culto y las demás tribus les daban el diezmo de sus cosechas y animales. Como dice la carta a los hebreos, fueron establecidos para intervenir en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios,» para ofrecer dones y sacrificios por los pecados» (Hb.5,1) Este sacerdocio de la antigua alianza era sin embargo incapaz de realizar la salvación, por lo cual tenían necesidad de repetir sin cesar los sacrificios sin alcanzar la santificación definitiva, que sólo podría ser lograda por el sacrificio de Cristo. (Hb.5,3; 7,27; 10, 1-4). Era prefiguración del sacerdocio de Cristo, comunicado a los hombres por el Sacramento del Orden

.El Sacerdocio de Cristo.

Jesús es «el único mediador entre Dios y los hombres» (1 Tim.2,5). Toda la carta a los hebreos tiene como fin el demostrar que Jesús es el «Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec» (Hb.10,5), que «mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados» (Hb.10,14). «Así es el Sumo Sacerdote que nos convenía: santo, inocente, incontaminado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos, que no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados propios como aquellos sumos sacerdotes, luego por los del pueblo; esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo» (Heb.7,26-27).

Todos los sacrificios de la antigua alianza, pasan a ser tan solo figuras o anuncios del único sacrificio capaz de redimir a la humanidad, el de Dios hecho hombre en Jesucristo. La única Sangre eficazmente redentora es la de Cristo que por ser Dios, «una sola gota bastaba para perdonar todos los pecados de la humanidad entera» según nos dice Sto. Tomás de Aquino en su hermosísimo himno «Adoro te Devote». El sacrificio redentor de Cristo es único, realizado de una vez por todas y no hace falta repetirlo. Pero Cristo murió hace 2000 años en un país particular, rodeado de un puñado de personas bien reducido. Para actualizar su sacrificio en todas las edades y en todos los lugaresdel mundo, instituyó la Eucaristía que no repite sino prolonga, actualiza, el Calvario en el mundo entero. La Santa Misa no vuelve a crucificar al Señor Jesús, sino que hace presente su crucifixión en el tiempo, hasta el fin del mundo. Jesucristo es el Sumo y Eterno Sacerdote; los demás son ministrossuyos. Los sacerdotes católicos hacen posible, en la Santa Misa, que la redención efectuada por Jesucristo en el Calvario, se extienda a los cuatro puntos cardinales todos los días, hasta que el Señor vuelva ensu gloria a recoger los frutos de su sacrificio. «in persona Christi Capitis»

Al tratar los Sacramentos de iniciación ya se mencionó el hecho de que realmente la persona del sacerdote es muy secundaria en la celebración de los sacramentos. En realidad es Cristo mismo el Sumo Sacerdote, pastor de su rebaño, quien está actuando como cabeza de la Iglesia. Por eso decimos que el sacerdote actúa «en persona de Cristo Cabeza». Pío XII en su encíclica «Mediator Dei» nos dice que «por la consagración recibida en el Sacramento del Orden el sacerdote goza de la facultad de actuar por el poder del mismo Cristo a quien representa». Los poderes sacerdotales, no son del sacerdote sino de Cristo y los recibe no para sí mismo sino para la santificación de los fieles. Es por eso que el sacerdocio es llamado «Sacramento de servicio». Esta referido a Cristo y a los hombres. Depende totalmente de Cristo. Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese automáticamente exento de todas las flaquezas humanas. El sacerdote sigue siendo hombre de carne y hueso y sufre todas las tentaciones de los hombres: afán de poder, de riquezas, de pasiones ramales, tal como Cristo mismo aceptó sufrir en el desierto. No todos los actos del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo. En los Sacramentos esta garantía es absoluta de tal manera que ni el pecado del ministro merma el fruto de la gracia. Pero en otras áreas del trabajo sacerdotal, la condición humana del sacerdote puede dañar, a veces gravemente, la fecundidad apostólica de la Iglesia. Si todo bautizado está llamado a la santidad, el sacerdote debe con más razón ser santo. Son de hecho innumerables los sacerdotes que han sido y son ejemplo de santidad en la Iglesia, a Dios gracias. Pero también se sabe, no sin pena, de ministros que dejan mucho que desear. ¿En qué medida la comunidad eclesial pudo haber propiciado errores o pecados? malas compañías, soledad, mujeres sin escrúpulos, incomprensiones, ataques de diversas clases, exigencias indebidas, etc. pueden orillar al sacerdote a cometer errores que luego son acerbamente criticados y ampliamente difundidos. A los medios de comunicación les encanta el escándalo porque un sacerdote caído es siempre morbosa noticia. Del árbol caído todos hacen leña. Siendo el sacerdote el eje del apostolado en la comunidad la parroquia debe acompañarlo, auxiliarlo, corregirlo si es necesario,pero no hundirlo con maledicencias nefastas.

La Iglesia, con gran sabiduría, afirma lo siguiente en el derecho canónico No 212, 3 «Los fieles… tienen el derecho y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los pastores y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas».

«En nombre de toda la Iglesia»

El sacerdote es el hombre que habla de Dios a los hombres y a Dios de los hombres. Como Cristo, en cuyo nombre actúa, es el puente entre Dios y los hombres. No es la comunidad la que delega al sacerdote: es Cristo el que constituye a un hombre en el orden del sacerdocio, por la imposición de las manos del obispo; pero si «el Cristo total» es Jesús de Nazaret y su cuerpo místico que es la Iglesia,cuando el sacerdote

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