«El Acha ya está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no da fruto, será cortado y arrojado al fuego» Mt. 3,10. El alma no puede salvarse y llegar a la gloria eterna, sino produce frutos. Los frutos del Espíritu Santo.

«El Acha ya está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no da fruto, será cortado y arrojado al fuego» Mt. 3,10. El alma no puede salvarse y llegar a la gloria eterna, sino produce frutos. Los frutos del Espíritu Santo.

«El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no da buen fruto, será cortado y arrojado al fuego.” Mt. 3.10

 

 El alma no puede salvarse y llegar a la gloria eterna, sino produce frutos sobrenaturales de virtud. Sólo podemos con la gracia del Espíritu Santo, él nos regala sus dones que producen frutos en nosotros.

 El fruto puede ser silvestre o no. El silvestre es el natural que da la planta, el otro se forma injertando la planta. El injerto es una vida en otra vida, que da a la planta una fuerza capaz de sacar del suelo compuestos más selectos y que producen mejores frutos.

También nosotros injertados en Jesucristo con el Bautismo y vivificados por el Espíritu Santo, que es como el sol que nos fecunda y el agua que nos nutre y desarrolla, debemos dar frutos sobrenaturales.

Si actuamos solo humanamente como hombres en virtud de la recta razón, nuestras acciones, aún siendo buenas según la naturaleza humana pueden ser consideradas como frutos silvestres, que en nada aprovechan para la vida eterna, porque no tienen nada de naturaleza divina.

 Puede ser una disposición remota de la gracia, como el árbol silvestre que da buenos frutos y que puede ser injertado más fácilmente por el agricultor, pero de por sí no podría dar frutos capaces de lavarse hasta la unión con Dios.

 En cambio somos fecundos, trabajamos, en virtud de la gracia santificante, o sea, después del injerto de las virtudes y de los dones hechos por el Espíritu Santo en nosotros por los méritos de Jesucristo al cual nos injerta, entonces nuestros frutos se vuelven frutos de una belleza y bondad divina, es decir, sobrenaturales y de vida eterna. Ellos son llamados justamente frutos del Espíritu Santo, porque proceden más bien de él que de nosotros y son más suyos que de nosotros. Se debería por consiguiente atribuir a Él, la propiedad y a nosotros su goce.

Nosotros nos dejamos fascinar fácilmente por las virtudes naturales que no eran extrañas a los paganos.Creemos que el que da con generosidad, el altruista que se afana por el bien de los demás, el hombre cortés y gentil que es incapaz de una acción vulgar, el filósofo verdadero que juzgando con la recta razón de las cosas temporales, las desprecia y no se apega a ella, son verdaderamente y sobrenaturalmente virtuosos; eso lo creemos equivocadamente.

Lo creemos que preferimos estas virtudes aparentes que son sólo de la naturaleza humana, a las virtudes verdaderas que están en el fondo del alma y germinan por medio de la gracia de Dios, vemos a veces, con mayor simpatía a las personas virtuosas según la naturaleza y que son árboles llenos de frutos silvestres, antes que a las personas virtuosas según la gracia de Dios que son árboles injertados , cuyo fruto por la humana fragilidad y miseria podría estar externamente malo, pero que permanece siempre como un fruto dulce, maduro y saludable para la vida del alma.

 Nosotros siempre nos sorprendemos ante las virtudes naturales de la gente. Nos escandalizamos por los defectos y las manchitas en las virtudes de los católicos, porque consideramos bueno el árbol y queremos verlo completamente perfecto.

 El alma que corresponde fielmente a las gracias actuales que Dios le da, y pone en actividad las virtudes infusas recibidas en el bautismo, y los dones del Espíritu Santo recibidos en la confirmación, produce actos de virtud, imperfectos al principio, debido a los obstáculos de su naturaleza herida. Luego mejorarán , con el aumento de la gracia y con la actividad de los dones del Espíritu Santo. Estos frutos son como la maduración de los primeros actos de virtud, frutos aún poco desarrollados y amargos; dan al alma alegría y gozos profundos, es como gustar la dulzura del fruto maduro, y constituyen los frutos del Espíritu Santo, los cuales por ello se definen en actos virtuosos, que unidos a una cierta perfección, llenan el alma de gozo.

Los frutos se distinguen de las virtudes infusas y de los dones, como se distingue el acto de la potencia. No son capacidades inherentes al alma, son actos, acciones derivadas de las capacidades santas del Espíritu Santo da al alma, que van acompañados de cierta suavidad espiritual, que invade al alma cuando la gracia del Espíritu Santo y la docilidad que le da, realiza con amor y generosidad, el acto de la virtud. Si lo realiza imperfectamente, ya que por falta de correspondencia a la internas solicitaciones de la gracia o por realizarlo mezclado con motivos humanos y naturales, esto no puede considerarse un fruto del Espíritu Santo.

La perfección mas alta de los frutos esta en las bienaventuranzas, o sea en el heroísmo de las virtudes fundamentales de la vida totalmente sobrenatural; las bienaventuranzas son el preludio de la vida eterna.

 No hay intermedios o producimos frutos de vida eterna o bien producimos frutos de la carne que dan a la muerte eterna.

“Yo soy la vid verdadera -dice El- y mi Padre es el viñador, todos los sarmientos que en mí no lleven frutos, los arrancara y a todos aquellos que llevan fruto los podara para que fructifiquen aun mas… Permanezcan en mí y yo en ustedes, así como el sarmiento no puede por sí mismo dar fruto si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en mi… Porque sin mí no pueden hacer nada”. Juan 15, 1-5

 Jesús maldice a la higuera estéril, en la cual solo encontró hojas y después de su maldición, la higuera inmediatamente se seco. Mt. 21,11

 El exige de nosotros, frutos en proporción a las gracias que hemos recibido. Viene a observan nuestra alma así como observo a la higuera, y si la encuentra cubierta de hojas de aparente virtuosidad, y pobre de verdaderos frutos, nos puede decir con razón, -te he dado con el bautismo la inocencia, donde está el fruto de las virtudes que allí infundio el Espíritu Santo. Te di al mismo Espíritu Santo, para que vivieses en la justicia, Y estos frutos de justicia donde están . Derrame en tu alma la gracia de la conversión, para que pudieras arrepentirte, y donde está tu correspondencia donde está tu generosidad. Sobre tu alma he acumulado tesoros de misericordia, y donde están tus frutos de misericordia.

 Las obras de la carne se hacen visibles con : adulterio, fornicación, impureza, lujuria, idolatría, magia, enemistades, peleas, rivalidades, iras, discordias, envidias, homicidios, borracheras, orgias y cosas semejantes.

 “Frutos del Espíritu es: caridad, la alegría, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la longanimidad, la mansedumbre, la fidelidad, la modestia, la continencia, la castidad”. Ga. 5, 19-23

Caridad, gozo y paz, conciernen a las relaciones con Dios mismo.

 Caridad:

Fundamento y raíz de todos los demás. Siendo el infinita caridad, o sea el amor infinito. Comunica al alma su llama haciéndolo amar a Dios de todo corazón, con todas sus fuerzas y con toda su mente y al prójimo por amor a Dios.

Alegría:

Es el fruto que emana de la caridad. como perfume de flor, la luz del sol, el calor del fuego, da al alma un gozo profundo, producto de la satisfacción que tiene de la victoria lograda sobre sí mismo, y de haber hecho el bien.

 El gozo del Espíritu Santo no se apaga en las tribulaciones, incluso crece en medio de ellas.

 “Yo sobreabundo de alegría en las tribulaciones” 2 Cor. 7,4

 La alegría del Espíritu Santo es muy diferente de la que el mundo dice tener en sus distracciones.

Los placeres del mundo esclavizan, el gozo del Espíritu Santo es libertad de espíritu con respecto a los sentidos, el alma respira en la atmosfera de lo divino, experimenta la alegría plena y total.

Paz:

 La verdadera alegría lleva a la paz en si la paz que es la perfección. La paz del Señor que supera los sentidos, supera todo goce fundado en la carne o con las cosas materiales.

 Paciencia:

 Hay paciencia natural, que hace soportar las cosas adversas por diplomacia, optimismo, prudencia de la carne o porque son inevitables e invencibles; hay paciencia sobrenatural, que hace soportar las adversidades por amor a Dios o por profunda caridad para con el prójimo.

En las humillaciones el alma entra en un profundo silencio interior, cuando humillada por los hombres, se humilla así misma ante Dios, en las injurias se tiene flagelada en el espíritu, permanece como Jesús en los escarnios de la Pasión y experimenta la ternura inefable, pensando que solo Dios la juzga y la juzgara.

 En la adversidad, se recoge en los brazos de la bondad y providencia de Dios, y se alegra al crecer con firme esperanza que el proveerá. Ruge la tempestad en torno a ella y ni se siente sacudida, ni sufre porque navega con Jesús, que duerme en su barca, lo despierta con cariñosas plegarias y tiene fe, de que se levantara y calmara la tempestad.

Rasgos de la paciencia, frutos;

-Gracia habitual, Carácter sereno, que mueve a aceptar las penas por amor a Dios.

 -de la fe que nos hace ver a Dios en todos.

 -de la esperanza nos hace abundarnos en El.

 -de la caridad nos hace amarlo con todo el corazón.

-de la justicia hace que nos reconozcamos pecadores, dignos de expiación.

 -de la fortaleza nos mantiene firmes en la adversidad y nos sostiene en ella.

-de la prudencia evita roces y enfrentamientos.

 -de la templanza nos modera y frena las reacciones que podríamos tener.

Benignidad:

La paciencia encuentra su perfección en la benignidad, o sea, disposición constante a la indulgencia y a la afabilidad en el hablar, en el responder y en el actuar. La benignidad vuelve sociable y dulce en las palabras y en el tratar, a pesar de la rudeza y aspereza de los demás. Es una gran señal de santidad de un alma y de la acción en ella del Espíritu Santo.

”Es Espíritu de inteligencia, santo, único, múltiple, sutil, elocuente, pronto, incontaminado, infalible, suave, amante del bien, penetrante, irresistible, benéfico, amante de los hombres, benigno, constante, seguro, y tranquilo”. Sabiduría 7,22-23

Bondad:

 La bondad, efecto de la unión del alma con Dios, bondad infinita, infunde el espíritu cristiano sobre el prójimo, haciendo el bien sanándolo a imitación de Jesucristo. La bondad que hace el bien con amor, es la nota característica con la cual San Pedro anuncio a Jesucristo, al centurión Cornelio y a los que estaban con él: ustedes saben –dijo san Pedro- como Dios ungió con el Espíritu Santo y con virtud a Jesús de Nazaret, el cual paso haciendo el bien Hechos 10,37-38.

 Longanimidad:

Confiere al alma una amplitud de vista y de generosidad, por los cuales, esta sabe esperar la hora de la divina providencia, cuando ve que se retrasa el cumplimiento de sus designios y sabe tener bondad y paciencia con el prójimo, sin cansarse por su resistencia y su oposición.

Longanimidad es lo mismo que gran coraje, y gran animo en las dificultades que se oponen al bien, es un ánimo sobrenatural grande en concebir y ejecutar las obras de la verdad. No tiene longanimidad el que es tacaño, mezquino, poco confiado en el Señor, quien no ayuda al prójimo.

 Mansedumbre:

 La mansedumbre se opone a la ira y al rencor; como Jesús fue manso cordero y nos invito a aprender esta virtud de Él; aprender de mi que soy manso y humilde de corazón. La mansedumbre es un fruto que debe ser cultivado habitualmente a no obrar con violencia, incluso cuando se encuentran obstáculos en el trabajo material, con el prójimo, se necesita humildad, compasión y paciencia, y con las cosas materiales se necesita calma constancia y paciencia.

Fidelidad:

Es también llamado como fe, en el sentido propio de fidelidad, San Anselmo la define como veracidad en ls promesas, que se opone al engaño y a la mentira. Nos hace mantener la palabra dada, los compromisos asumidos, nos impide sospechar del prójimo siendo mal pensados, incrédulos a cualquier cosa que se diga.

 Modestia:

 Es una virtud que ordena y dispone bien todo nuestro exterior, o sea todos los miembros puestos por Dios para el servicio del alma, de modo que reflejan lo mejor posible el orden interno y la belleza espiritual.

Regula la manera apropiada y conveniente, en el vestir, en el hablar, en el caminar, en el reír, en el jugar, como reflejo del alma interior, mantiene nuestros ojos para que no se fijen en las cosas vulgares e indecorosas, reflejando en ellos la pureza del alma, armoniza nuestros labios, uniendo a la sonrisa la simplicidad y la caridad, excluyendo de todo ello lo áspero y mal educado.

 San Anselmo: por los actos exteriores se valora al hombre escondido en nuestro corazón, si es superficial, orgulloso, constante, puro y maduro.

San Agustín: Nada haya en nuestros movimientos que pueda ofender la mirada de alguien.

Continencia:

La modestia no es verdadera virtud si no contiene el fundamento en el interior y si no es el reflejo de una vida moderada. La continencia mantiene el orden en el interior del hombre, contiene en los justos limites la concupiscencia, no solo en lo que atañe a los placeres sensuales, sino también en lo que concierne, al beber, al dormir, al divertirse, en los otros placeres de la vida material.

 En el sentido más restringido, por continencia se entiende la lucha interna que con la gracia de Dios, da el dominio sobre las pasiones impuras.

Castidad:

 La continencia está en la lucha la castidad en la paz. La castidad es la victoria conseguida sobre la carne y que hace del cristiano templo vivo del Espíritu Santo.

 El alma casta, ya sea virgen o casada, reina sobre su cuerpo, en gran paz y siente en ella, la inefable alegría de la intima amistad de Dios.

 Felices los puros de corazón porque ellos verán a Dios.

Es una alma en la cual el Espíritu Santo puede actuar en ella libremente, porque rechazando las inclinaciones de la carne, a las otras pasiones se doman más fácilmente es un alma que puede ascender a gran santidad, cuya voz de oración penetra los cielos y es escuchada fácilmente por Dios.

 El Espíritu Santo la centinela, la enriquece, la enjoya, le abre los horizontes amplísimos de contemplación y se sirve de ella para las santas obras de la Iglesia, y puede enriquecerla con sus carismas.

P. Dolindo Ruotolo.

 

Veni Creador Spiritus

 

Ven, Espíritu Creador, visita las almas de los tuyos,

 Llena de tu gracia divina los corazones que Tu creaste,

Tú que eres llamado Paráclito, don del Altísimo Dios,

 Fuente viva, fuego, amor y unción del Espíritu.

Tu el de los siete dones, el dedo de la diestra del Padre,

La solemne promesa del Padre,

 Que dota de palabra las gargantas.

 Enciende la luz en los espíritus, infunde tu amor en los corazones,

 Confortando con tu auxilio continuo la flaqueza de nuestra carne.

Aleja mas y mas a nuestro enemigo y danos pronto la paz,

 Para que así, guiándonos Tu, evitemos todo mal.

Haz que por ti conozcamos al Padre, y que conozcamos al hijo,

 Y que creamos siempre en ti Espíritu Santo, que procede de ambos

Gloria sea dada a Dios Padre y al Hijo, que resucito,

 y al Paráclito, por los siglos de los siglos. Amén.

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